La remolacha forrajera se consolidó en la Argentina como un recurso productivo disruptivo para la ganadería, con resultados que ya alcanzan hasta 4.000 kilos de carne por hectárea. El cultivo desembarcó en la Patagonia en 2017, impulsado por la iniciativa de la ingeniera agrónoma Verónica Favere, y hoy se expande en distintas regiones del país, especialmente en los valles irrigados de la Norpatagonia, donde encuentra condiciones excepcionales. La historia, reconstruida a partir de una investigación publicada, fue difundida por el Diario Río Negro.
El ingreso de la remolacha forrajera al sistema ganadero argentino no respondió a un plan corporativo ni a una política pública específica, sino al ímpetu profesional y la curiosidad técnica de Favere, actual jefa de la Agencia de Extensión del INTA Valle Medio, quien junto a Juan José Gallego y Gabriela Garcilazo trabaja en el área de ganadería del organismo. El punto de partida fue un viaje técnico a Nueva Zelanda y Australia en 2016, organizado junto a otros profesionales y productores, con el objetivo de conocer sistemas ganaderos en latitudes comparables a las de la Patagonia.
Durante esa recorrida, el grupo tomó contacto por primera vez con la remolacha forrajera. En Palmerston North, un productor neozelandés, Brent Fisher, mostró el cultivo y su uso directo en pastoreo. Favere recordó que ese fue “el primer contacto de Argentina con la remolacha”, y que la curiosidad técnica llevó a profundizar el intercambio. Antes de finalizar la visita, Fisher mencionó que trabajaba junto a Jim Gibbs, de la Universidad de Lincoln, un dato que resultaría clave para el futuro del cultivo en el país
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De regreso en Luis Beltrán, Río Negro, Favere elaboró el informe técnico del viaje y buscó más información. Contactó por correo electrónico a Gibbs, quien respondió de inmediato y, meses después, viajó a la Argentina. El 20 de junio de 2017, el especialista visitó el Valle Medio y recorrió la chacra La Alameda, de la familia Murray, donde luego se realizaría la primera siembra de remolacha forrajera en el país. Al conocer el lugar, Gibbs afirmó: “Nunca vi un lugar así, es espectacular para hacer remolacha forrajera, tienen excelentes condiciones”, según relató Favere al diario Río Negro.
La comparación con Oceanía fue determinante. En Nueva Zelanda, la remolacha lograba entre 20 y 22 toneladas de materia seca por hectárea, con precipitaciones anuales de alrededor de 600 milímetros. En el Valle Medio de Río Negro, en cambio, el riego controlado, la ausencia de barro y las condiciones climáticas permitían proyectar rendimientos superiores y un sistema de pastoreo con menor estrés animal. Esa diferencia explicaría los resultados que llegarían años después.
La primera prueba, iniciada en noviembre de 2017, no fue exitosa desde el punto de vista agronómico. Sin embargo, el escaso volumen producido alcanzó para realizar un ensayo con animales, que arrojó excelentes ganancias de peso. Ese dato fue suficiente para sostener el proyecto. En los ciclos siguientes, el equipo del INTA identificó problemas sanitarios —como la marchitez amarilla, asociada a fitoplasmas— y articuló con especialistas del Instituto de Patología Vegetal (IPAVE) de INTA Córdoba, entre ellos Luis Conci, para ajustar el manejo del cultivo. A la par, se avanzó en mejoras de fechas de siembra, fertilización y control de malezas.
Uno de los principales obstáculos fue la falta de herbicidas registrados para la remolacha forrajera en la Argentina. Durante los primeros años, el Senasa otorgó autorizaciones extraordinarias para importar semillas y productos asociados a superficies muy limitadas. Con el acompañamiento técnico del INTA y el trabajo conjunto con empresas del sector, se logró finalmente el registro de un herbicida en un plazo inusual: un año. Según Favere, la inscripción se concretó hace dos años y desde entonces el cultivo puede escalar sin esa restricción.

Los resultados productivos comenzaron a marcar hitos. En 2025, un productor del Valle Medio alcanzó 3.980 kilos de carne por hectárea y más de 40 toneladas de materia seca, cifras que posicionan a la remolacha forrajera entre los cultivos forrajeros más eficientes del país. Favere definió el proceso como “un hallazgo impensado” y subrayó que, si bien el desarrollo aún es incipiente, el potencial es elevado, especialmente para productores pequeños y medianos.
La experiencia internacional también aportó aprendizajes clave en nutrición animal. En los inicios del uso de la remolacha forrajera en Oceanía se registraron muertes de animales, lo que llevó a estudiar las causas. Se descartó la toxicidad por oxalatos y se identificó la acidosis aguda provocada por la rápida fermentación de los azúcares de la raíz en el rumen. La solución fue implementar protocolos de acostumbramiento, similares a los utilizados en dietas con grano. Una vez adaptado, el animal procesa la remolacha con un ambiente ruminal comparable al de una pastura, lo que permite su uso en distintas categorías.
Ese conocimiento facilitó el paso del sistema lechero al cárnico. En Nueva Zelanda, la incorporación de remolacha permitió acortar un año el ciclo ganadero, al lograr que los animales alcanzaran condición de faena en la primera primavera posterior al destete. En la Patagonia, el impacto es similar: mayor eficiencia temporal, alta producción por hectárea y mejores márgenes económicos.

Nueve años después de su llegada, la remolacha forrajera suma más productores y más superficie. Para la campaña en curso se estiman 2.500 hectáreas en todo el país, de las cuales cerca de 200 hectáreas se concentran en los valles irrigados de la Norpatagonia, el núcleo donde se originó el “Big Bang” del cultivo. Favere remarcó que, a diferencia de otros cultivos que tardaron décadas en consolidarse, la remolacha avanzó con rapidez gracias a la articulación público-privada, el aprendizaje colectivo y la validación productiva en campo.
Desde el INTA, el equipo técnico sostiene que aún quedan desafíos por delante —variedades, manejo fino y escalabilidad—, pero coincide en que el cultivo ofrece una alternativa concreta para mejorar la rentabilidad ganadera en regiones con riego. En un contexto de presión sobre los sistemas productivos, la remolacha forrajera se perfila como una herramienta capaz de transformar biomasa en carne con niveles de eficiencia inéditos para la Argentina.