El uso de contratos de corto plazo para arrendar tierras agrícolas se ha convertido en una práctica extendida en la agricultura argentina. La ley de arrendamientos agrícolas vigente (1948 y modificatorias) contempla el uso de dichos contratos pero en forma excepcional, bajo la figura de contratos accidentales. La generalización de esta práctica contractual en las últimas décadas plantea interrogantes acerca de sus efectos sobre la sustentabilidad ambiental de la agricultura argentina, especialmente en términos de contribuir, junto a otros factores, al fenómeno del monocultivo de soja.
Algunos académicos plantean que el hecho de que los productores maximicen ingresos a lo largo del tiempo (optimización intertemporal) garantiza que los dueños de la tierra no sean miopes en términos del impacto de las prácticas del arrendatario. Es decir, esta visión asume que los dueños de la tierra van a ser diligentes en exigir un uso sostenible del suelo dado que en caso contrario su corriente futura de ingresos va a ser afectada. Este razonamiento, si bien atractivo, requiere un par de cualificaciones.
En primer lugar, se está asumiendo que el mercado de tierras funciona de tal manera que el precio de la tierra va a reflejar automáticamente cualquier cambio en la capacidad productiva del suelo. En casos donde el daño sobre el campo es evidente esto podría ser cierto pero no así donde existe incertidumbre acerca de la real relación entre una práctica productiva y la sostenibilidad del recurso o en casos donde el efecto sobre el recurso sea difuso.
En segundo lugar, hay que recordar que optimización intertemporal no es equivalente a optimización intergeneracional. Si la externalidad ambiental es intergeneracional, es decir, parte de los efectos van a ser soportados por generaciones futuras, y las generaciones actuales valoran más su propio bienestar que el de las generaciones futuras, la solución de equilibrio competitivo va a diferir de la solución que maximiza el bienestar social, aun cuando el mercado de tierras ajuste automáticamente.
Los contratos plurianuales favorecen la rotación de cultivos y, por ende, contribuyen a la sustentabilidad ambiental en la medida que estimulan la adopción de prácticas que disminuyen la erosión del suelo y permiten la reposición de nutrientes. Tener el campo varios años le permite al arrendatario fertilizar una rotación y no un cultivo y realizar una planificación diferente. Esto es especialmente importante debido a la creciente resistencia a los herbicidas que se está evidenciando en los campos argentinos y a la polémica actual que subyace a la potencial relación que existiría entre el monocultivo de soja y las inundaciones.
Es importante remarcar que el problema del monocultivo de soja está vinculado a las ventajas excepcionales en términos de rentabilidad, riesgo e inversión de capital en el corto plazo que ésta ofrece actualmente en comparación al resto de los cultivos y actividades. En campos donde la tierra es flexible para la producción, los arrendamientos reflejan la capacidad de pago de la actividad más rentable (corregido por riesgo), vale decir la soja, haciendo poco atractiva la inversión en actividades alternativas.
Así, para ser viables, los arrendamientos en contratos plurianuales deberían reflejar la rentabilidad económica de los esquemas de rotación y no del cultivo más rentable.
Por último, debido a que los contratos de corto plazo ofrecen una ventaja relativa respecto de los plurianuales en un contexto de volatilidad en el precio de las commodities, debido a que permite capturar el valor de la opción de espera en la decisión de producir, la ley de arrendamientos debería prever mecanismos razonables de renegociación de los contratos en situaciones de alta volatilidad en los mercados.
La promoción del uso de contratos plurianuales que estimulen la rotación de gramíneas oleaginosas, vía el cumplimiento de la actual de arrendamientos agrícolas, y el acompañamiento con políticas que alteren la ecuación riesgo-rendimiento de la soja, pueden constituirse en herramientas valiosas en pos de una agricultura con más capacidad de adaptación al cambio climático y más sustentable en el tiempo.
Por Diego Gauna
Economista