Los silos desempeñan un papel fundamental en la alimentación de los animales de campo. Debido a esto, es preciso que a la hora de tratarlos se invierta en estrategias de producción que aspiren a aumentar los rendimientos y reducir las pérdidas que normalmente se generan con este tipo de almacenajes.
Una buena parte de los silos que se elaboran en la Argentina son de clase aérea (bunker, puente o torta); siendo así, es bastante habitual que muchos no los tapen. “Hace cuarenta años que hago silos y nunca los tapé” o “solo se pierde esa pequeña capa negra que se genera en la superficie”, son algunos de los argumentos con los que se explican los productores. Sin embargo, el prejuicio es muchísimo mayor.
Según un trabajo publicado por un grupo de investigadores de la Universidad de Kansas (Estados Unidos), cada centímetro de esa capa negra que se encuentra en el silaje representa tres centímetros del material original. Esto se relaciona con que, por medio de los procesos respiratorios que suceden ante la presencia de oxígeno, la materia seca digestible del forraje se transforma en dióxido de carbono y agua, dejando entrar un residuo indigestible, que no aporta nada desde el punto de vista nutricional y produce un impacto negativo en el consumo de las vacas cuando se añade a sus dietas. En resumen, los animales terminan consumiendo menos alimento del habitual, mientras pueden desarrollarse colonias de hongos durante los procesos respiratorios, que aumentan la cantidad de microtoxinas en el silaje.
Tomando como ejemplo un kilogramo de maíz, cuyo costo por tonelada es igual a 480 pesos y rara vez supera los 500 kilos por metro cúbico (kg/m3) de densidad en el último metro, por cada centímetro que se avance en profundidad hacia el interior del silo desde la última capa debería haber 5 kilos de silaje por metro cuadrado. Como normalmente aparece esta capa negra, con relación de 3 a 1, cada centímetro equivalente a 15 kilos del silaje tendría un costo de siete pesos.
Muchos pueden alegar que las pérdidas son mínimas en relación a las ganancias. No obstante, para tener una dimensión real de lo que representan esos pesos, hay que pensar en grande y suponer, por ejemplo, que un silo de 20 metros de ancho por 60 de largo con una capa negra de veinte centímetros tendría un costo final de 168 mil pesos.
En este sentido, dependiendo del tipo de estrategia que se elija, se podrá reducir la formación de la capa negra o hacer que desaparezca. Para lo primero, es necesario realizar un tapado con mantas de polietileno de 150 micrones; en tanto que para lo segundo se debería incorporar al tapado un Film de Barrera al Oxígeno (FBO), con el que la permeabilidad al paso del oxígeno se reduce hasta cien veces. En cualquier caso, las alternativas de cobertura terminarán siendo mucho más económicas que las pérdidas mencionadas con anterioridad.
Por otra parte, se podría afirmar que es imposible seguir desarrollando las mismas estrategias que se llevaban a cabo hace más de cuarenta años, ya que al comparar el costo final (incluyendo las pérdidas) de cada tonelada de materia seca (ton MS) de la última capa, los números son reveladores: si bien un tapado convencional y un sistema con FBO son un poco más costosos que un silo al descubierto, las pérdidas de materia seca se reducen en hasta un 60%. Además, los rendimientos generales son casi un 80% superiores, mientras que los costos monetarios terminan siendo muchísimo más bajos.
La decisión de invertir en el tapado de silajes tiene un alto impacto en las pérdidas de materia seca, afectando la calidad de lo que queda. En este contexto, se puede confirmar que si solo se analizan estrategias para reducir gastos, los costos finales serán mayores.
No hay que olvidarse que en los sistemas de producción actual lograr buenos índices de rentabilidad es cada vez más difícil, por lo que es necesario ejecutar medidas que aspiren a reducir los costos. En muchas oportunidades, el desembolso de capital puede ser un poco más, aunque a la larga permite obtener mejores rendimientos. Asimismo, con estas tecnologías es posible aumentar la cantidad y calidad del alimento que se dispone para los animales.