Desde hace diez años, cuando se reglamentó el corte obligatorio de gasoil con biodiesel, la industria del biocombustible se ha mantenido en crecimiento, con un alto nivel de producción y de exportación. Sin embargo, con el cierre del mercado estadounidense las cosas comenzaron a cambiar.
Si bien la Unión Europea redujo el derecho de antidumping, beneficiando al biodiesel argentino, el mercado europeo no llega a reemplazar al estadounidense: ni en volumen ni en precio.
Debido a la falta de mercados alternativos que logren hacer frente al espacio vacío que dejó el país del norte, la industria está con una capacidad ociosa que ronda el 70%.
La Argentina tiene un esquema productivo eficiente, concentrando a todas las productoras en 35 kilómetros a la orilla del río Paraná. La producción nacional es de 4,5 millones de toneladas, de las cuales 1 millón son absorbidas por el mercado interno y 1,5 millones se exportan; el resto queda como capacidad ociosa.
Estos datos presentan un gran desafío para el sector hacia el 2018. Aunque el biocombustible representa menos del 20% de la facturación total de las empresas de cereales, igualmente impacta sobre la harina, lo cual deteriora toda la cadena porque representa el 80% del negocio de las cerealeras: para que la harina se haga eficientemente, hay que vender el aceite, que es el subproducto; para venderlo, sin depreciarlo en el mercado internacional, se tiene que transformar en biodiesel.