La pera del Valle bate récords industriales y profundiza la crisis del productor

En la campaña 2025, el 33% de la producción de Río Negro y Neuquén terminó en la industria, con ingresos que no compensan los costos

La pera del Valle bate récords industriales y profundiza la crisis del productor
jueves 01 de enero de 2026

 

La cosecha de pera 2025 dejó un dato contundente en el Valle de Río Negro y Neuquén: más de 214.000 toneladas tuvieron como destino la industria, marcando un récord histórico y confirmando una tendencia que crece año tras año. El fenómeno, que se explica por problemas de calidad, saturación de mercados y limitaciones estructurales del sector, impacta de lleno en la rentabilidad del productor, que asume todos los costos productivos pero vende una porción creciente de su fruta a valores muy por debajo del mercado en fresco.

Durante los primeros once meses del año, el volumen de pera industrializada superó las 214.300 toneladas, con un crecimiento interanual del 11% y un salto del 17% frente al promedio de las últimas cinco temporadas. Las proyecciones indican que, al cierre de la campaña, se alcanzará el mayor registro de la última década, un dato que refleja más un problema estructural que un logro productivo.

En términos relativos, el dato es aún más elocuente: el 33% de toda la pera comercializada en la temporada 2025 fue destinada directamente a la industria. En la práctica, esto significa que una de cada tres peras no accedió a los mercados más rentables —ni al interno ni a la exportación— y se vendió a precios que, en muchos casos, representan menos del 20% del valor que podría haberse obtenido como fruta fresca.

El costo oculto del descarte

El impacto económico de este fenómeno es profundo. El productor afronta el 100% de los costos por hectárea —mano de obra, insumos, riego, energía, mantenimiento del monte frutal— sobre un volumen de fruta que, en una proporción cada vez mayor, se comercializa a valores que apenas cubren una fracción mínima de esos gastos. La consecuencia directa es una rentabilidad prácticamente inexistente para amplios segmentos del sector.

Especialistas del ámbito frutícola coinciden en que la elevada proporción de fruta que termina en la industria se ha convertido en una de las principales variables estructurales que explican la crisis persistente de la actividad. La menor rentabilidad reduce la capacidad de reinversión, limita la adopción de tecnología, deteriora la competitividad y pone en riesgo la continuidad de numerosos productores, en especial los pequeños y medianos.

El problema no se limita a una campaña puntual. La tendencia se repite desde hace varios años y se profundiza en contextos de alta producción, cuando los mercados en fresco no logran absorber la oferta disponible o cuando la fruta no alcanza los estándares de calidad exigidos.

La pera del Valle bate récords industriales y profundiza la crisis del productor

Una brecha que expone desigualdades

El destino industrial de la fruta no afecta a todos por igual. Operadores del mercado señalan que los mayores porcentajes de descarte se concentran en productores no integrados, con menores niveles de inversión y mayores dificultades para cumplir con los requisitos de calidad, calibre y presentación que demandan los mercados más rentables.

En contraste, las grandes empresas integradas —que concentran producción, empaque y comercialización— muestran niveles sensiblemente menores de fruta enviada a la industria. En muchos casos, esos porcentajes se ubican por debajo del 25%, lo que vuelve a poner en evidencia la brecha estructural dentro de la cadena frutícola, asociada a la escala, el acceso a financiamiento y la incorporación de tecnología.

Esta desigualdad no solo impacta en los ingresos, sino también en la sustentabilidad del sistema productivo. A mayor proporción de fruta industrial, menor margen para sostener inversiones, renovar montes y mejorar prácticas de manejo, lo que a su vez retroalimenta los problemas de calidad en el mediano plazo.

La manzana, un espejo del problema

La situación de la pera no es un caso aislado. La manzana, otro cultivo emblemático del Valle, atraviesa una dinámica similar. En la temporada 2025, alrededor del 40% del total producido fue destinado a la industria, con retornos igualmente bajos en comparación con el mercado interno y la exportación.

Este comportamiento refuerza la idea de que la fruticultura regional enfrenta un problema estructural más amplio, vinculado a la capacidad de absorción de los mercados, la falta de diferenciación, la presión de los costos y un modelo productivo que muestra señales de agotamiento.

Menos fruta en el mercado interno

A pesar del elevado volumen destinado a la industria, durante gran parte del año se observó una mayor orientación de la pera hacia el mercado interno. Sin embargo, esta tendencia se quebró de forma abrupta en noviembre, cuando los despachos cayeron con fuerza.

Ese mes, salieron de los galpones de empaque poco más de 4.560 toneladas con destino al consumo local, lo que implicó una caída interanual del 28% y una baja del 40% respecto de octubre. Si bien la disminución estacional de la oferta es habitual hacia fin de año, la magnitud del retroceso resultó llamativa: en 2024, la diferencia entre octubre y noviembre había sido de apenas el 8%.

El dato revela una escasa disponibilidad de fruta en cámaras frigoríficas y un problema adicional: una parte relevante de la pera almacenada no presenta la calidad necesaria para venderse con retornos aceptables, ni en el mercado interno ni en el externo.

En el acumulado de los primeros once meses del año, los envíos al mercado interno alcanzaron 98.100 toneladas, con un crecimiento del 3% interanual. Sin embargo, el fuerte quiebre de noviembre marcó un cambio brusco en la dinámica de oferta y anticipó un cierre de campaña con menor disponibilidad.

La pera del Valle bate récords industriales y profundiza la crisis del productor

Precios en alza, pero sin alivio

La escasez de fruta tuvo un impacto inmediato en los precios. Durante diciembre, la continuidad de la caída de volúmenes se reflejó tanto en los mercados mayoristas como en los minoristas. En los principales centros de referencia del país, los valores de la pera mostraron subas interanuales muy significativas.

Hacia fines de diciembre de 2025, el precio máximo por kilo se ubicó cerca de los 3.000 pesos, con incrementos superiores al 70% frente al mismo período del año anterior. El valor mínimo también registró subas por encima del 80%, mientras que el precio promedio rondó los 1.700 pesos por kilo, casi un 90% más que en 2024.

Sin embargo, este aumento no se traduce necesariamente en una mejora para el productor. La mayor parte de la fruta ya fue comercializada meses antes, muchas veces a precios bajos o directamente destinada a la industria. En este contexto, la suba responde más a la falta de oferta que a un crecimiento genuino de la demanda.

Un balance que reabre el debate

La campaña 2025 deja así un saldo complejo para la fruticultura del Valle: récords históricos de pera destinada a la industria, dificultades persistentes para los productores y un mercado que ajusta precios por escasez más que por dinamismo del consumo.

El escenario vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de discutir cambios de fondo en el modelo productivo y comercial de la región. Sin mejoras en la rentabilidad del eslabón primario, mayor integración, acceso a tecnología y estrategias que reduzcan el descarte, el crecimiento de los volúmenes industriales seguirá siendo, para muchos productores, el lado B de la cosecha.



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