La agronomía, históricamente asociada a la producción de alimentos y al desarrollo rural, atraviesa un proceso de transformación silencioso pero sostenido. En los últimos años, el conocimiento técnico vinculado al manejo de suelos, riego, fertilización y control vegetal comenzó a ganar protagonismo en ámbitos impensados décadas atrás, como el diseño, la construcción y el mantenimiento de canchas deportivas. Desde campos de golf hasta estadios de fútbol profesional, el rol del ingeniero agrónomo se vuelve cada vez más relevante para garantizar superficies de alto rendimiento, seguras y sustentables.
Ese cambio de paradigma se refleja en trayectorias profesionales como la de Marilú White, ingeniera agrónoma egresada de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (UNLZ), que logró construir una carrera sólida fuera del agro tradicional. Con experiencia en Argentina y en el exterior, su recorrido da cuenta de un nicho laboral en crecimiento, impulsado por la demanda de infraestructura deportiva de calidad y por la necesidad de profesionalizar el manejo del césped en escenarios de alta exigencia.

White se recibió a fines de los años noventa y, desde entonces, mantuvo un vínculo activo con la universidad. Su perfil profesional comenzó a delinearse incluso antes de obtener el título, cuando realizó una pasantía vinculada al golf, un deporte que conocía desde su entorno familiar. Esa combinación entre vocación, formación académica y experiencia temprana terminó de definir un camino que la alejó del esquema clásico de la agronomía y la acercó a un ámbito tan específico como el de las canchas deportivas.
“La agronomía es mucho más amplia de lo que se suele pensar”, suele remarcar White al referirse a la diversidad de salidas laborales que ofrece la carrera. En su caso, el interés por la maquinaria agrícola y por el funcionamiento de los equipos fue una herramienta clave para desenvolverse en un sector donde el movimiento de suelos, el drenaje y la nivelación son etapas determinantes. La capacidad de dialogar con técnicos, operarios y mecánicos, y de comprender el funcionamiento integral de cada sistema, se convirtió en una ventaja competitiva dentro de un rubro altamente especializado.

El trabajo en canchas de golf fue el primer escalón. Allí, el diseño del terreno no solo responde a criterios estéticos o deportivos, sino también a variables agronómicas como el tipo de suelo, la pendiente, la forestación existente y la disponibilidad de agua. Cada proyecto implica un análisis integral del ambiente, donde se combinan conocimientos de edafología, hidráulica, fisiología vegetal y manejo del césped. “No es lo mismo construir una cancha en Buenos Aires que hacerlo en Córdoba o en Tandil”, explica White, al señalar que el clima, el régimen de lluvias y la calidad del agua condicionan las decisiones técnicas.
Con el paso del tiempo, su experiencia se amplió hacia el mantenimiento, una etapa tan crítica como el diseño inicial. Alturas de corte, planes de fertilización, control de malezas y plagas, y uso eficiente del riego forman parte de una tarea cotidiana que requiere planificación y monitoreo permanente. En ese proceso, la tendencia global apunta a reducir el uso de productos químicos, priorizando prácticas más sustentables y un manejo integrado del sistema.

El ingreso al mundo del fútbol representó un nuevo desafío. A diferencia del golf, donde el uso del campo suele ser más previsible, los estadios de fútbol enfrentan una exigencia constante, con partidos frecuentes, entrenamientos y eventos adicionales. Ese nivel de presión sobre el césped obliga a tomar decisiones precisas para evitar el deterioro del campo de juego y garantizar condiciones adecuadas para la competencia profesional.
Según White, en Argentina todavía persiste una brecha en este aspecto. Si bien existen canchas de muy buen nivel, comparables con las del exterior, las limitaciones presupuestarias, la falta de maquinaria adecuada y la escasez de personal especializado suelen ser obstáculos recurrentes. Además, en muchos clubes continúa predominando la figura tradicional del canchero, sin formación agronómica específica. “Recién en los últimos años algunos clubes grandes empezaron a incorporar ingenieros agrónomos, porque somos quienes podemos optimizar recursos y tomar decisiones técnicas basadas en datos”, sostiene.
Uno de los puntos críticos es el sobreuso del césped. Para enfrentar ese problema, comenzaron a adoptarse canchas híbridas, que combinan césped natural con fibras sintéticas. Esta tecnología permite una mayor resistencia al desgaste, pero también introduce nuevos desafíos de manejo. “Es un avance importante, aunque todavía se está aprendiendo a utilizarlas correctamente”, advierte la especialista.
Más allá del fútbol profesional, el campo de acción para los agrónomos vinculados al deporte se expande hacia clubes sociales, barrios cerrados, complejos recreativos y centros de entrenamiento, donde la demanda por espacios verdes de calidad crece de manera sostenida. En muchos casos, persiste la idea de que el mantenimiento se limita a cortar el pasto, cuando en realidad involucra decisiones complejas sobre suelos, drenajes, riego y planificación a largo plazo.

La experiencia de White también pone en evidencia otro aspecto relevante: el rol de la mujer en un ámbito históricamente dominado por hombres. El trabajo con maquinaria pesada, tanto en el campo como en las canchas, sigue siendo percibido como un espacio masculino. Sin embargo, la profesional destaca que el respeto se construye a partir del conocimiento y del trabajo cotidiano. “Al principio cuesta un poco más, pero cuando ven que manejás equipos y resolvés problemas técnicos, las barreras se caen”, señala.
Desde una mirada más amplia, el crecimiento de este nicho laboral responde a cambios estructurales. El deporte profesional exige superficies cada vez más controladas, mientras que el desarrollo urbano impulsa la creación de espacios verdes de alto estándar. En ambos casos, el conocimiento agronómico se vuelve indispensable para lograr eficiencia, reducir costos y mejorar la sustentabilidad de los sistemas.
Para quienes hoy estudian Ciencias Agrarias, el mensaje es claro: el campo profesional no se agota en el modelo tradicional. Existen múltiples caminos posibles, algunos de ellos poco visibles al inicio de la carrera. La agronomía aplicada al deporte es uno de esos ejemplos, donde la combinación de ciencia, técnica y gestión abre oportunidades en un mercado en expansión.
Así, lejos de limitarse al ámbito rural, la agronomía encuentra nuevas formas de aportar valor en escenarios urbanos y deportivos. El recorrido de profesionales como Marilú White muestra que, con formación sólida y visión amplia, es posible redefinir los límites de la profesión y construir trayectorias innovadoras en sectores donde el césped, la tierra y el conocimiento técnico son protagonistas silenciosos del espectáculo.