Uruguay avanza en una estrategia sostenida para reducir la dependencia del dólar estadounidense y fortalecer el rol del peso uruguayo en el sistema financiero, una política que busca ganar autonomía monetaria, mejorar la estabilidad macroeconómica y reposicionar a su moneda en un contexto global marcado por tensiones cambiarias y redefiniciones geopolíticas. La iniciativa, impulsada desde el Banco Central del Uruguay (BCU), no apunta a una ruptura abrupta con el dólar, sino a un proceso gradual de desdolarización que permita equilibrar el uso de monedas en la economía.
La decisión adquiere relevancia regional en un momento en que varias economías emergentes revisan su exposición a la moneda estadounidense, especialmente frente a los efectos de la política monetaria de la Reserva Federal, las subas de tasas y la volatilidad financiera internacional. En ese escenario, Uruguay busca diferenciarse con un camino propio, apoyado en la estabilidad institucional, la baja inflación relativa y la previsibilidad de su política económica.
Durante décadas, el dólar ocupó un lugar central en la economía uruguaya. Más del 70% de los depósitos bancarios llegaron a estar denominados en moneda estadounidense, al igual que una porción significativa del crédito, los ahorros y las transacciones de alto valor. Esa dinámica reflejaba una preferencia histórica por el dólar como refugio frente a crisis regionales y episodios de inestabilidad macroeconómica.

Sin embargo, en los últimos años el BCU comenzó a desplegar una batería de herramientas para revertir gradualmente esa tendencia. Entre ellas se destacan los incentivos para operar en pesos uruguayos y en Unidades Indexadas (UI), instrumentos ajustados por inflación que buscan preservar el poder adquisitivo y ofrecer una alternativa confiable al dólar como reserva de valor.
Uno de los pilares de la estrategia es el desarrollo de un mercado financiero en moneda local más profundo y atractivo. El Estado y el sistema bancario ofrecen rendimientos competitivos en depósitos, letras y bonos en pesos, al tiempo que se promueve una mayor participación de inversores institucionales en instrumentos nominados en moneda nacional. El objetivo es generar volumen, liquidez y confianza, condiciones necesarias para que el peso gane protagonismo.
En paralelo, se analizan cambios regulatorios que permitirían expresar precios de bienes durables y de alto valor —como inmuebles o automóviles— en pesos uruguayos, una práctica que históricamente estuvo asociada al dólar. Aunque estas medidas avanzan con cautela, marcan un cambio cultural significativo en una economía acostumbrada a dolarizar decisiones clave.
Desde el punto de vista macroeconómico, la desdolarización ofrece ventajas estratégicas. Reducir la exposición al dólar permite mitigar el impacto de shocks externos, como subas abruptas de tasas en Estados Unidos o movimientos bruscos del tipo de cambio global. Al mismo tiempo, fortalece la política monetaria, ya que el Banco Central gana margen para ajustar tasas y herramientas según las necesidades internas, sin quedar atado a la dinámica del dólar.

El proceso también apunta a mejorar la transmisión de la política monetaria a la economía real. En sistemas altamente dolarizados, las decisiones del banco central suelen tener un efecto limitado sobre el crédito y el consumo. Al ampliar el uso del peso, las señales de política monetaria se vuelven más efectivas, lo que contribuye a una mayor estabilidad de precios y previsibilidad para empresas y hogares.
No obstante, el camino hacia la desdolarización no está exento de desafíos. Cambiar hábitos arraigados durante décadas requiere tiempo, consistencia y credibilidad. La confianza en la moneda local depende, en gran medida, de la capacidad del Estado para sostener una inflación baja y estable, disciplina fiscal y reglas claras para el funcionamiento del mercado financiero.
En ese sentido, Uruguay parte de una posición relativamente sólida en comparación con otros países de la región. Su historial de cumplimiento de contratos, la independencia del Banco Central y un marco institucional robusto funcionan como activos clave para sostener la transición. Aun así, las autoridades reconocen que el proceso será gradual y que el dólar seguirá ocupando un rol relevante en el corto y mediano plazo.
A diferencia de otros debates regionales, la estrategia uruguaya no se presenta como un gesto de confrontación con Estados Unidos ni como un cuestionamiento ideológico al dólar como moneda global. Se trata, más bien, de una redefinición pragmática de la relación con la divisa dominante, orientada a reducir vulnerabilidades y fortalecer la soberanía económica.

En un mundo donde el comercio internacional, las finanzas y las cadenas de valor atraviesan un proceso de reconfiguración, Uruguay busca posicionarse como una economía pequeña pero resiliente, capaz de absorber shocks externos sin trasladar volatilidad a su sistema productivo. La apuesta por el peso uruguayo se inscribe en esa lógica: construir estabilidad desde adentro para integrarse al mundo en mejores condiciones.
El avance de la desdolarización será, en última instancia, una prueba de confianza mutua entre el Estado, el sistema financiero y la sociedad. Si el peso logra consolidarse como una herramienta eficiente para ahorrar, invertir y fijar precios, Uruguay podría sentar un precedente relevante para otras economías de América Latina que observan con atención el resultado de esta experiencia.