El director ejecutivo para América Latina de Eurasia Group, Daniel Kerner, afirmó que al presidente Javier Milei “le vendría bien ser más abierto, más negociador y menos hegemónico” para consolidar su proyecto político y reducir riesgos de gobernabilidad, en un contexto global marcado por la incertidumbre, el repliegue del orden internacional y una mayor fragmentación geopolítica. El análisis fue realizado en diálogo con El Economista, desde Washington, donde Kerner reside desde hace más de una década y sigue de cerca la relación entre la política argentina y los centros de poder global.
Kerner, uno de los analistas de riesgo político más influyentes sobre la región, evaluó el presente del Gobierno argentino a partir de un enfoque que combina economía, política y gobernabilidad. Según explicó, Milei comprendió desde el inicio que sin atender esos tres planos en simultáneo era imposible avanzar. Sin embargo, advirtió que el estilo confrontativo del Presidente puede transformarse en un obstáculo en una etapa donde la construcción de alianzas resulta clave.
Desde la capital estadounidense, y en medio de un clima político internacional que describió como “menos previsible y más volátil”, Kerner sostuvo que el liderazgo de Milei logró sostener niveles de apoyo social más altos de lo esperado, aun en un contexto de ajuste severo. No obstante, señaló que ese respaldo no es ilimitado y depende de que la estabilidad económica se traduzca en crecimiento y mejoras concretas.
Para el analista, uno de los principales desafíos del oficialismo es evitar que el éxito en la baja de la inflación se convierta en un techo político. “Cuando la economía deja de crecer o el empleo se estanca, aparecen nuevas demandas”, explicó, y agregó que la capacidad de adaptación suele ser una prueba difícil para cualquier dirigente.

En ese sentido, Kerner trazó un paralelismo con los años noventa y con la figura de Carlos Menem, una comparación que desarrolla junto a Marina Dal Poggetto en el libro Back to the 90s. Allí sostienen que, al igual que el expresidente riojano, Milei entendió el clima social de época, marcado por el cansancio con la dirigencia tradicional y el deseo de orden. La diferencia central, según Kerner, es que Menem contaba con una mayor habilidad para incorporar actores diversos a su proyecto.
“Menem era más flexible, menos excluyente y más pragmático en el armado político”, afirmó. En contraste, consideró que Milei exige lealtades más rígidas y mantiene un trato más confrontativo con potenciales aliados, lo que dificulta la construcción de consensos amplios, especialmente en el plano territorial y legislativo.
El analista destacó, de todos modos, que el Presidente mostró una capacidad inesperada para separar su discurso ideológico de las decisiones concretas de gobierno. Promesas como la dolarización o el cierre del Banco Central quedaron relegadas frente a un enfoque más gradual y pragmático, orientado a estabilizar las cuentas públicas y contener la inflación. Esa flexibilidad, explicó Kerner, fue clave para sostener la gobernabilidad en el primer tramo de gestión.
Sin embargo, advirtió que la fragilidad estructural de la economía argentina sigue presente. Recordó que, antes de las elecciones nacionales de 2025, el esquema económico estuvo cerca de descarrilar y requirió un respaldo externo inédito, con intervención directa del Tesoro de Estados Unidos en el mercado cambiario. Para Kerner, ese episodio reflejó tanto la vulnerabilidad del modelo como el peso de los apoyos internacionales circunstanciales.
En ese punto, analizó la relación entre Milei y el presidente estadounidense Donald Trump, a quien describió como un actor impredecible, con decisiones marcadas por la coyuntura y el personalismo. Según explicó, el alineamiento ideológico y cultural del Gobierno argentino con la administración republicana facilitó un respaldo político y financiero clave en momentos críticos.
“Es razonable pensar que, si Milei vuelve a necesitar ese apoyo, lo va a tener”, sostuvo Kerner, aunque aclaró que se trata de un respaldo circunstancial y no estructural. En su visión, la política exterior estadounidense responde cada vez más a intereses de corto plazo, lo que limita la previsibilidad para países como la Argentina.
Kerner también se refirió al posible impacto de las elecciones legislativas de medio término en Estados Unidos, previstas para 2026. Consideró probable que Trump enfrente un escenario más adverso en el Congreso, lo que podría reducir su margen de maniobra y desplazar el foco de la política exterior. Aun así, estimó que el efecto sobre la Argentina sería limitado, dado que el Poder Ejecutivo estadounidense conserva amplias facultades en materia internacional.
Más allá de la coyuntura bilateral, el analista puso el foco en un cambio de época a nivel global. Según explicó, el mundo atraviesa un proceso de retracción del orden liberal que predominó durante décadas, con mayor proteccionismo, regionalización y tensiones entre potencias. En ese escenario, atraer inversiones y definir estrategias de largo plazo se vuelve más complejo para economías periféricas.
“La Argentina queda en una posición incómoda”, afirmó Kerner, al señalar que ya no resulta evidente hacia dónde alinearse. Mientras que en los años noventa la hoja de ruta parecía clara —apertura, privatizaciones y alineamiento con Estados Unidos—, hoy las ventajas de ese camino no son tan evidentes. Incluso sugirió que, desde una lógica estrictamente económica, profundizar los vínculos con China podría ofrecer oportunidades que el vínculo con Washington no garantiza.
En este contexto de mayor volatilidad, Kerner remarcó que la gobernabilidad interna adquiere un peso aún mayor. Para Milei, el desafío no pasa solo por sostener el ajuste fiscal o la estabilidad macroeconómica, sino por ampliar su base política y construir consensos que le permitan atravesar un escenario internacional menos favorable.
Desde Washington, donde el clima invernal acompaña la sensación de rigidez institucional, Kerner observa a la Argentina con una mezcla de cercanía y distancia. Su diagnóstico combina el conocimiento técnico con una lectura histórica que advierte sobre los límites de los ciclos de entusiasmo. En un mundo más fragmentado y menos previsible, concluye, el margen de error es cada vez más estrecho y la política, más que nunca, exige negociación, según consignó El Economista.