La producción de lúpulo en Argentina atraviesa un proceso de transformación con epicentro en la Comarca Andina del Paralelo 42, donde se genera el 77% del total nacional, mientras el sector analiza costos de inversión, rentabilidad y avanza en la obtención de un sello de Identificación Geográfica para posicionar la marca “Patagonia”. El escenario fue expuesto por la Redacción de +P en el marco de la 48ª Fiesta Nacional del Lúpulo, celebrada entre el 19 y el 22 de febrero en El Bolsón.
Actualmente, el cultivo ocupa unas 160 hectáreas en el país, de las cuales 120 hectáreas se concentran en la Comarca Andina, que incluye localidades como Lago Puelo, El Hoyo y Epuyén. Si se incorpora la superficie de grandes empresas cerveceras, el total asciende a 215 hectáreas.

Sin embargo, la estructura productiva enfrenta una brecha estructural: la demanda interna ronda las 1.000 toneladas anuales, mientras que la cosecha local promedia apenas 300 toneladas, lo que obliga a importar cerca del 80% del insumo, principalmente desde Estados Unidos y Alemania. Reducir esa dependencia es uno de los objetivos estratégicos del sector.
Más allá del abastecimiento cervecero, el lúpulo patagónico encontró un nicho de alto valor en la gastronomía internacional. Los brotes jóvenes, conocidos como “espárragos del lúpulo”, alcanzan en mercados europeos precios de hasta US$ 1.200 por kilo, lo que abre oportunidades para la exportación gourmet.
Investigaciones del IPATEC (CONICET-UNCO) confirman que variedades cultivadas en la región, como Cascade y Nugget, presentan niveles de alfa y beta ácidos comparables con estándares internacionales. En el caso de Cascade, los valores de alfa ácidos rondan el 9%, con un Índice de Almacenamiento (HSI) inferior a 0,25, indicador de alta frescura.
Este respaldo científico impulsa la búsqueda de un sello de Identificación Geográfica, herramienta que permitiría diferenciar el origen y agregar valor a la producción regional bajo la marca Patagonia.
El desarrollo de un lupular exige una inversión significativa y planificación de largo plazo. Según el análisis difundido por +P, un establecimiento de 10 hectáreas netas requiere una inversión inicial de US$ 609.420 en el primer año. El equipamiento en maquinaria de campo demanda alrededor de US$ 167.706, mientras que la infraestructura de secado, trillado y prensa suma US$ 245.000. A ello se agregan costos vinculados a la estructura de soporte y el sistema de fertirriego.
En términos productivos, el cultivo alcanza su rendimiento pleno hacia el cuarto año, con un promedio estimado de 1.800 kilos por hectárea de flor seca. Bajo estas condiciones, el proyecto arroja una Tasa Interna de Retorno (TIR) del 14% y recupera el capital invertido entre el octavo y noveno año.
Además del componente económico, la actividad genera impacto social directo. Se estiman 150 jornales anuales por hectárea, lo que convierte al lúpulo en un motor de empleo rural en la región andina.
El ciclo productivo encuentra su expresión cultural en la Fiesta Nacional del Lúpulo, que cada verano convoca a productores, cerveceros y turistas. En su edición número 48, el evento registró niveles de ocupación hotelera cercanos al 90%, consolidando su rol como dinamizador del turismo regional.
La celebración incluye patio cervecero y feria productiva, espacios que ponen en valor el trabajo de unos 400 apicultores y productores forrajeros de la zona. Durante 2025, estos sectores recibieron financiamiento superior a $280 millones para fortalecer sus cadenas de valor.
Con una base científica consolidada, condiciones agroecológicas favorables y una creciente demanda de cervezas artesanales y productos gourmet, el lúpulo patagónico busca consolidar su perfil exportador y reducir la dependencia de importaciones. La combinación de inversión, diferenciación por origen y expansión de superficie aparece como el camino para que el denominado “oro verde” afiance su lugar estratégico dentro de las economías regionales argentinas.