En la pequeña localidad de Urbiés, en Asturias, un queso artesanal elaborado por solo tres mujeres enfrenta un futuro incierto. Con una producción anual de apenas 70 kilos y una comercialización limitada a un único día al año, esta especialidad tradicional se ha convertido en uno de los alimentos más amenazados de España. Su singular método de elaboración, ligado a las fases de la luna, y la falta de relevo generacional ponen en riesgo una práctica transmitida durante generaciones.
Según informó El País, el queso de Urbiés se produce en una aldea de apenas 273 habitantes ubicada en la cuenca minera asturiana. Cada año, su venta queda concentrada en el certamen que se realiza el primer domingo de junio, una excepción autorizada para evitar la desaparición definitiva de este producto.
Lo que distingue a este queso no es solo su escasa producción. También destaca por su particular proceso de elaboración. La leche cruda se deja cuajar de manera natural, sin agregar cuajo ni otros aditivos. Luego se escurre en telas y comienza una etapa clave donde interviene la tradición lunar.

Según explicó Ángeles Crespo, una de las elaboradoras, la mezcla debe removerse durante la luna menguante para garantizar su correcta evolución. "No hay mejor menguante que la luna entrante", afirmó. La productora recordó que una vez intentó realizar el proceso durante la luna creciente y el queso terminó estropeándose.
Las responsables de mantener viva esta tradición son Ángeles Crespo, Consuelo Noval y Luisa Fidalgo, consideradas las últimas guardianas de una técnica centenaria. Según informó El País, años atrás existían al menos 14 queseras en la zona, pero el paso del tiempo y la despoblación rural redujeron drásticamente el número de elaboradoras.
Luisa Fidalgo aprendió el oficio de sus abuelas y reconoce que el futuro es incierto. "Yo lo sigo haciendo porque la leche viene de las vacas de mi fíu. Él no quiere saber nada; es taxista. Así que, cuando nosotras no estemos, esto muere", expresó.

El queso de Urbiés también presenta una característica productiva poco habitual. Mientras muchos quesos de vaca requieren entre seis y doce litros de leche para obtener un kilo de producto final, esta variedad necesita cerca de 30 litros de leche por kilo, lo que reduce considerablemente su rendimiento y encarece el proceso.
El resultado es un queso de untar, sin corteza, de sabor intenso y picante. Su personalidad gastronómica divide opiniones entre quienes lo prueban, pero también ha logrado construir una comunidad de seguidores que cada año acude a la aldea para adquirir algunos de los escasos tarros disponibles.
Según informó El País, el producto se comercializa en envases de 200 y 400 gramos durante la jornada especial de venta. La iniciativa es impulsada por la asociación Guardianes del Queso de Urbiés junto con el Ayuntamiento de Mieres, que buscan preservar una tradición profundamente ligada a la identidad local.

Más allá de su valor gastronómico, el queso representa un patrimonio cultural transmitido de generación en generación. Sin embargo, la falta de jóvenes interesados en continuar la actividad y la baja densidad poblacional de la zona complican cualquier intento de continuidad.
La historia del queso de Urbiés refleja una problemática que afecta a muchas producciones artesanales rurales: la dificultad para garantizar el relevo generacional. En este caso, apenas 70 kilos de producción anual separan a una tradición centenaria de su desaparición definitiva.
