La pitahaya, también conocida como fruta del dragón, comienza a consolidarse como una alternativa productiva en el norte argentino. Especialistas trabajan en la evaluación de variedades y técnicas de manejo para mejorar el rendimiento del cultivo, que ya suma experiencias comerciales en provincias como Jujuy, Salta, Formosa, Misiones, Corrientes y Entre Ríos.
La pitahaya pertenece a la familia de las cactáceas y se caracteriza por ser un cultivo perenne, rústico y con capacidad de adaptación a distintos ambientes. Sin embargo, alcanzar buenos niveles de producción requiere condiciones específicas de temperatura, humedad y luminosidad.
"Es una planta que pertenece a las cactáceas, además se trata de un cultivo perenne que se caracteriza por su rusticidad y su capacidad de adaptación a diferentes ambientes. Aunque para lograr buenos rendimientos requiere determinadas condiciones de manejo", explicó Carina Armella.

La especialista agregó que "a pesar de ser un cactus que tolera la sequía, para producir necesita calor, humedad y alta luminosidad. Si no tiene esas condiciones puede sobrevivir, pero no florece ni produce frutos".
El interés por este cultivo creció en los últimos años junto con el aumento de la demanda en el mercado interno. Si bien inicialmente el consumo se concentraba principalmente en Buenos Aires, donde la fruta era conocida por las comunidades asiáticas, actualmente productores de distintas provincias comenzaron a incorporarla como una alternativa de diversificación.
"Hoy ya hay productores de Jujuy que están comercializando pitahaya y también hay cada vez más interesados en incorporar esta especie y sus diferentes variedades para ampliar la diversidad y extender la época de cosecha", destacó Armella.
Uno de los principales trabajos consiste en evaluar 12 variedades pertenecientes a cuatro especies del género Selenicereus: Selenicereus monocanthus, Selenicereus undathus, Selenicereus megalathus y Selenicereus purpusi. Entre ellas se encuentran materiales de pulpa blanca, roja, fucsia y amarilla, cada uno con diferentes características de calidad, rendimiento y adaptación.
Los estudios también analizan el comportamiento reproductivo de cada variedad. Algunas plantas requieren obligatoriamente polinización cruzada para producir frutos, mientras que otras presentan distintos grados de autofertilidad.
"Las variedades que son completamente autofértiles presentan mayor porcentaje de cuajado de frutos y, con menor dependencia de polinización manual, la autofertilidad es heredable pero compleja y varía en la misma especie", explicó Armella. Además, señaló que "existen variedades autofértiles e incompatibles dentro de la misma especie".

La identificación de estas características resulta fundamental antes de iniciar una plantación, ya que muchas diferencias entre variedades no pueden detectarse únicamente mediante la observación de la planta. Por ese motivo, los especialistas recomiendan adquirir material vegetal certificado y conocer previamente el comportamiento de cada clon.
"Todas estas características se están evaluando desde su biología floral, el comportamiento frente a los cruzamientos y la calidad de las frutas que producen", indicó la investigadora.
Otro aspecto que concentra los ensayos es el efecto de la luz sobre la producción. Al tratarse de una especie tropical, la pitahaya necesita aproximadamente 12 horas de luz diaria, temperaturas cercanas a 30 °C durante el día y alrededor de 20 °C por la noche para inducir la floración.
Con el objetivo de extender el período productivo, algunos estudios incorporan iluminación artificial mediante luces LED, lo que permite prolongar la floración durante parte del otoño hasta que las temperaturas descienden por debajo de los 15 °C, momento en que la planta reduce su actividad fisiológica.
"En Jujuy estas condiciones se dan principalmente durante la primavera y el verano. Cuando disminuyen las horas de luz, la planta deja de florecer", concluyó Armella.