El Gran Chaco Austral alberga algunos de los ecosistemas más valiosos de Argentina, aunque también figura entre las regiones más afectadas por la deforestación. En ese escenario, los Parques Nacionales Copo y Río Pilcomayo representan dos áreas protegidas fundamentales para conservar bosques, sabanas, humedales y una gran diversidad de especies animales y vegetales que encuentran allí uno de sus últimos refugios.
Ubicado en el noroeste de Santiago del Estero, el Parque Nacional Copo protege unas 118.000 hectáreas de bosque chaqueño desde su creación en el año 2000. El área conserva extensos montes de quebracho colorado, quebracho blanco, algarrobos y mistoles, especies que durante décadas fueron explotadas por la industria maderera y la producción de tanino.
Además de su riqueza forestal, el parque alberga una importante fauna nativa integrada por tatú carreta, oso hormiguero gigante, monos y numerosas especies de aves, entre ellas tucanes. Una de sus particularidades geográficas es que se trata del único parque nacional argentino que no posee ríos permanentes, aunque conserva antiguos cauces del río Juramento que hoy conforman ambientes de sabanas y pastizales.

En el extremo opuesto del Gran Chaco, en el noreste de Formosa y sobre el límite con Paraguay, el Parque Nacional Río Pilcomayo protege alrededor de 52.000 hectáreas de humedales, selvas en galería, lagunas y pastizales. Gracias a la abundancia de agua y a un régimen de lluvias superior a los 1.000 milímetros anuales, concentra una de las mayores biodiversidades del país.
Entre sus especies más representativas se encuentran los carayás, considerados los primates de mayor tamaño de Argentina. También habitan una gran cantidad de mamíferos, reptiles, anfibios y unas 325 especies de aves registradas, lo que convierte al parque en uno de los más importantes del sistema nacional de áreas protegidas.
Estos ecosistemas desarrollaron durante miles de años mecanismos naturales para adaptarse a las prolongadas sequías y a las fuertes variaciones climáticas propias del Chaco. Sin embargo, esas estrategias no fueron suficientes frente al impacto provocado por la expansión de la frontera agropecuaria, la tala intensiva de bosques y la explotación forestal desarrollada durante gran parte del siglo XX.
La historia de esa transformación todavía puede recorrerse a través de la denominada Ruta de La Forestal, en el norte de Santa Fe, donde permanecen en pie antiguas instalaciones industriales que recuerdan el período en que la empresa británica explotó masivamente los quebrachales para la extracción de tanino. Localidades como Villa Ana y Villa Guillermina conservan chimeneas, edificios y estructuras que testimonian una actividad que modificó profundamente el paisaje chaqueño.
La degradación ambiental también impactó sobre las comunidades originarias que históricamente habitaron la región, entre ellas los pueblos Qom, Wichí, Mocoví y Pilagá, cuya forma de vida dependía directamente de los recursos que ofrecían estos bosques.
Hoy, los parques nacionales cumplen un papel central en la conservación de ese patrimonio natural. Además de proteger especies amenazadas y ecosistemas únicos, permiten conocer una parte esencial de la historia ambiental argentina y promueven un turismo basado en el respeto por la naturaleza y la preservación de uno de los territorios con mayor riqueza biológica de Sudamérica.