Por Agustín Carrozzino | Director de Relaciones Gubernamentales de Agroempresario.com
Cuando un embajador se vincula con un medio de comunicación agroindustrial, algo ha cambiado en el mundo. Y cuando ese vínculo se multiplica y se sostiene —con representantes de Malasia, India, Japón, Israel, Polonia, Indonesia, la Unión Europea y decenas de países más—, lo que se está señalando no es una curiosidad diplomática: es una tendencia.
La alimentación ya no es solo política social. Es geopolítica. Los países que pueden garantizar el acceso a proteínas, aceites, fibras y energía renovable se convirtieron en actores estratégicos en el nuevo orden mundial. Y los gobiernos de todo el planeta lo saben. Por eso sus representantes no buscan solo hablar con ministerios o cancillerías: buscan entender el territorio productivo real, conectarse con los actores que mueven las cadenas de valor, construir puentes con quienes tienen la capacidad de abastecer al mundo.
Desde el área de relaciones gubernamentales de Agroempresario.com hemos sido testigos —y parte— de ese proceso. Las conversaciones que mantenemos con embajadas y organismos multilaterales no son ceremoniales: son conversaciones de negocios. Se habla de acceso a mercados, de protocolos sanitarios, de inversiones, de tecnología dual que puede aplicarse tanto en campos argentinos como en suelos africanos o asiáticos. Se habla de la posibilidad de que Argentina sea no solo proveedora de alimentos sino socia en el desarrollo agroproductivo de regiones que hoy dependen de importaciones para alimentar a su población.
Esa es la diplomacia agroindustrial: la que ocurre no en los salones de Cancillería sino en los campos, en las plantas procesadoras, en los congresos del sector, en las pantallas donde un productor de Entre Ríos puede conectarse con un comprador de Seúl. Es una diplomacia descentralizada, técnica, basada en la realidad productiva y no en el protocolo formal.
Argentina tiene una ventaja histórica que no siempre supo aprovechar: su agroindustria es percibida en el exterior como confiable, innovadora y con escala. Los embajadores con quienes nos vinculamos lo dicen sin rodeos: el problema no es la oferta argentina, es la previsibilidad del marco en el que opera. La pregunta que hacen, sistemáticamente, es: ¿puedo firmar un contrato de largo plazo y saber que las reglas no van a cambiar?
Esa pregunta no la responde solo el Poder Ejecutivo. La responden las instituciones del sector, los gobiernos provinciales, los actores privados que construyen reputación con cada tonelada que exportan, con cada compromiso que cumplen, con cada inversión que deciden hacer en Argentina cuando podrían hacerla en otro lugar.
El vínculo entre la política y el agro en Argentina tuvo históricamente más tensión que colaboración. Pero ese paradigma está cambiando. Gobernadores que antes miraban el agro como fuente de recaudación hoy lo miran como motor de desarrollo territorial. Municipios que dependían de un solo cultivo están diversificando hacia la agroindustria y el agroturismo. Los mejores embajadores comerciales no son los diplomáticos de carrera: son los agroempresarios que llenan contenedores.
La diplomacia agroindustrial es la nueva frontera de la política exterior argentina. Y para recorrerla con éxito, el Estado y el sector privado van a tener que aprender a caminar juntos. Desde este medio, seguimos construyendo ese puente.