La cosecha de colza comenzó en Pozo del Mortero, Formosa, con rindes estimados de entre 15 y 17 quintales por hectárea, en una experiencia productiva desarrollada por la empresa AgroCotton para evaluar el comportamiento del cultivo en una región caracterizada por altas temperaturas y restricciones de agua. El resultado despertó expectativas dentro de la firma, aunque sus técnicos consideran que todavía es necesario acumular más campañas para determinar el verdadero potencial de esta alternativa en el norte argentino. El ensayo también mostró un dato relevante: uno de los lotes recibió apenas 20 milímetros de lluvia durante todo el ciclo y, según la empresa, presentó un comportamiento similar al lote bajo riego.
La experiencia fue seguida de cerca por el ingeniero Miguel Kolar, técnico de AgroCotton, quien destacó la adaptación que mostró la colza durante las distintas etapas de desarrollo. El cultivo fue sembrado el 2 de mayo y llegó a la etapa de cosecha después de atravesar un ciclo con temperaturas elevadas y una disponibilidad de agua limitada.
La colza es un cultivo destinado principalmente a la producción de aceite vegetal, tanto para usos alimenticios como industriales. También constituye una materia prima para la elaboración de biocombustibles y puede incorporarse a las rotaciones agrícolas como una alternativa para diversificar los sistemas productivos.
El ensayo de Formosa adquiere interés precisamente porque busca determinar si el cultivo puede desarrollarse en una región que no constituye uno de los principales núcleos tradicionales de producción de colza de la Argentina.
Kolar explicó a AgroPerfiles que el comportamiento observado durante el ciclo superó las expectativas iniciales del equipo. “La verdad que estamos sorprendidos todos con el cultivo de colza”, señaló el técnico al describir los resultados obtenidos en el lote.
La evolución del cultivo fue registrada desde las primeras etapas. Durante el período vegetativo, la planta desarrolló una importante masa foliar. Kolar recordó que en esa etapa el lote presentaba un aspecto particular: “Cuando estaba en vegetativo parecía un campo sembrado con acelga, hojas grandes, hermosas, o sea, verde”, relató a AgroPerfiles.
Con el avance del ciclo, la colza completó su etapa reproductiva y desarrolló una importante cantidad de estructuras destinadas a contener las semillas.
Esas estructuras reciben el nombre de silicuas y constituyen una de las características visibles del cultivo cuando se acerca el momento de la cosecha. Según explicó el técnico, la cantidad observada en el lote fue uno de los aspectos que más llamó la atención durante el ensayo.
“La siliqua se llama, las estructuras reproductivas, tipo las chauchitas serían, digamos. La verdad que la densidad que tiene es impresionante”, explicó Kolar a AgroPerfiles.
El volumen de estructuras reproductivas es relevante porque en ellas se encuentran las semillas que posteriormente serán recolectadas y que constituyen el principal producto comercial del cultivo.
La cosecha que comenzó en Pozo del Mortero permitirá ahora determinar con mayor precisión los resultados finales del ensayo y contrastarlos con las estimaciones realizadas previamente.
Además del comportamiento agronómico, la experiencia permitió realizar una primera aproximación sobre la rentabilidad potencial de la colza en la zona.
Kolar recordó que el lote fue sembrado el 2 de mayo, cuando el precio de referencia en Rosario se ubicaba en US$ 566 por tonelada. A partir de ese valor, el técnico calculó el ingreso potencial que podría generar un rendimiento de alrededor de 1,5 toneladas por hectárea.
“Este lote lo sembramos el 2 de mayo y en ese entonces, estaba 566 dólares la tonelada en Rosario, pero con un rinde de 1.5 tn/ha te deja más de 400 dólares por hectárea”, explicó a AgroPerfiles.
El cálculo funciona como una primera referencia para evaluar la alternativa económica, aunque el resultado final dependerá de los costos de implantación, manejo, cosecha, comercialización y transporte, además de las condiciones de mercado al momento de vender la producción.
Por eso, el equipo técnico evita tomar esta primera experiencia como una conclusión definitiva sobre la viabilidad del cultivo en Formosa.
La particularidad de la campaña también obliga a mantener cierta cautela.
Uno de los aspectos más llamativos del ensayo fue la comparación entre dos lotes: uno recibió riego y otro se desarrolló prácticamente bajo condiciones de secano.
De acuerdo con Kolar, el lote bajo riego recibió aportes de agua principalmente para atenuar el efecto de las temperaturas elevadas, mientras que el objetivo no fue compensar un déficit extremo de humedad en el suelo.
“Lo bueno de todo esto es que se hace con 250 mm de agua”, remarcó el técnico en declaraciones a AgroPerfiles.
La empresa realizó controles de humedad del suelo durante el ciclo para determinar las condiciones en las que se encontraba el cultivo. A partir de esas mediciones, los responsables del ensayo decidieron los momentos en los que realizarían los aportes de agua.
La comparación con el lote sin riego aportó uno de los datos que más interés generó.
“El lote sin riego le cayeron 20 mm en todo el ciclo y está igual”, afirmó Kolar a AgroPerfiles.
Según explicó, el lote con riego fue manejado con aportes destinados principalmente a moderar el impacto de las altas temperaturas. “Nosotros hacíamos este muestreo de suelo y el suelo tenía humedad. Regábamos más que nada para evitar el calor, tratar de compensar”, señaló.
El comportamiento observado abre una pregunta productiva relevante: si la colza puede mantener rendimientos competitivos con una disponibilidad hídrica limitada, podría convertirse en una alternativa para diversificar los planteos agrícolas de regiones donde el agua representa una restricción.
Sin embargo, esa posibilidad todavía requiere más información.
El propio Kolar planteó la necesidad de analizar los resultados con prudencia antes de proyectar el comportamiento del cultivo hacia otras campañas.
La razón está relacionada con las condiciones climáticas particulares del año. “Tampoco es un año como para tomar decisiones porque estamos en un año Niño y el año Niño es particularmente cálido”, sostuvo el técnico, según AgroPerfiles.
La advertencia es importante para interpretar los resultados. Un solo ciclo productivo no alcanza para establecer el comportamiento promedio de una especie en una determinada región.
La respuesta de la colza frente a diferentes niveles de temperatura, precipitaciones y disponibilidad de agua deberá ser evaluada durante varias campañas antes de determinar si puede incorporarse de manera estable a los sistemas productivos de la zona.
La experiencia también tiene un antecedente regional. Kolar señaló que el cultivo se desarrolla en Paraguay, especialmente en la región oriental, aunque bajo condiciones de mayores precipitaciones y temperaturas elevadas.
El interés por la colza en el norte argentino se relaciona, en parte, con la búsqueda de nuevas alternativas para los productores y con la necesidad de diversificar los sistemas agrícolas.
La colza presenta distintos usos que pueden ampliar sus posibilidades comerciales. Su semilla permite obtener aceite vegetal para consumo humano, productos destinados a usos industriales y materia prima para biocombustibles.
Desde el punto de vista agronómico, además, su incorporación puede contribuir a diversificar las rotaciones, alternando cultivos de características diferentes y ampliando las opciones disponibles para los productores.
En el caso de Formosa, el interés está puesto especialmente en comprobar si la especie puede adaptarse a condiciones de temperaturas elevadas y disponibilidad hídrica limitada sin perder capacidad productiva.
Los primeros resultados del ensayo de AgroCotton son alentadores en ese sentido, con una estimación de entre 15 y 17 quintales por hectárea y una diferencia aparentemente limitada entre el lote bajo riego y el lote que recibió muy poca agua.
La cosecha permitirá ahora pasar de las observaciones de campo a los resultados concretos y conocer el rendimiento efectivo obtenido en cada lote.
Por el momento, la experiencia de Pozo del Mortero aporta un dato para seguir analizando: la colza logró completar su ciclo y alcanzar la cosecha en condiciones climáticas exigentes, con un consumo de agua relativamente bajo según las mediciones realizadas por la empresa.
El próximo paso será repetir la experiencia en otras campañas para comprobar si los resultados se mantienen y determinar cuáles son las condiciones de manejo que permiten obtener los mejores rindes.
Más que una confirmación definitiva, el ensayo abre una nueva línea de evaluación para la agricultura formoseña. Si los buenos resultados se repiten, la colza podría incorporarse como una alternativa dentro de una estrategia de diversificación productiva, con potencial para sumar una nueva opción agrícola a una región que busca ampliar su matriz de cultivos.