La incorporación de colza, carinata y camelina a las rotaciones agrícolas aparece como una alternativa para intensificar y diversificar los sistemas productivos en distintas regiones argentinas, según los ensayos y análisis presentados por Leonardo Coll, especialista del INTA Paraná, el 21 de septiembre de 2026. La inclusión de estas especies como cultivos de invierno puede mejorar la infiltración de agua, la disponibilidad de nutrientes y la oportunidad de siembra de los cultivos de segunda, además de contribuir a distribuir los riesgos climáticos y ambientales de las campañas.
El planteo parte de una transformación que ya atraviesan distintos sistemas agrícolas argentinos: la búsqueda de esquemas más intensivos que permitan obtener una mayor producción anual por superficie, pero que al mismo tiempo reduzcan la dependencia de una única secuencia de cultivos.
En ese contexto, las brasicáceas o crucíferas —grupo al que pertenecen la colza, la carinata y la camelina— aparecen como alternativas para diversificar los cultivos de invierno y modificar la relación entre las distintas etapas de la rotación.
Durante su análisis, Coll destacó que la intensificación agrícola debe complementarse con una mayor diversidad de especies. Según explicó el especialista del INTA Paraná, el objetivo no es considerar cada cultivo de manera aislada, sino evaluar el comportamiento de la secuencia completa y sus efectos sobre el resultado productivo anual.
Uno de los cambios observados en algunas zonas agrícolas es la reducción de la participación de la soja de primera, que en determinados sistemas pasó de ocupar una proporción mayoritaria a representar aproximadamente entre el 20% y el 25% de la superficie, de acuerdo con los datos expuestos por Coll.
En paralelo, crecieron las alternativas que combinan cultivos de invierno con soja de segunda, una estrategia que permite intensificar el uso de la tierra y aprovechar diferentes momentos de la campaña.
Para el especialista, este proceso de intensificación debe ir acompañado por una diversificación de las especies que forman parte de las rotaciones. En ese sentido, planteó la necesidad de “la importancia de la intensificación para construir rotaciones estables y productivas, pero también es importante la diversificación de esa secuencia”, según expresó Coll durante su exposición.
La incorporación de crucíferas modifica además el calendario de los cultivos. Sus períodos críticos de desarrollo no coinciden necesariamente con los del trigo, lo que permite distribuir la exposición de la producción a determinados eventos climáticos.
En regiones como Entre Ríos, el período crítico del trigo suele ubicarse entre mediados de septiembre y comienzos de octubre. En cambio, la colza y la carinata presentan una dinámica diferente, con una menor superposición de esos momentos sensibles.
Esta diferencia puede ayudar a distribuir el impacto potencial de sequías, bajas condiciones de radiación o heladas tardías, al evitar que distintos cultivos enfrenten simultáneamente sus etapas más determinantes.
El especialista sostuvo que esta característica permite “diversificar los riesgos frente a estreses ambientales”, de acuerdo con lo señalado por Coll.
Uno de los aspectos destacados en los ensayos está relacionado con la estructura física del suelo. Las raíces de las crucíferas pueden generar canales que atraviesan sectores compactados y favorecen una descompactación biológica.
Estos canales naturales contribuyen a mejorar la circulación del agua dentro del perfil y pueden incrementar la infiltración, una variable especialmente importante en sistemas agrícolas donde el manejo del agua determina buena parte del resultado productivo.
El efecto no se limita al cultivo que se encuentra implantado. La estructura generada por las raíces puede beneficiar a los cultivos posteriores, al modificar las condiciones físicas que encuentran sus raíces.
Este aspecto adquiere especial relevancia cuando las rotaciones deben enfrentar períodos de lluvias intensas seguidos por momentos de déficit hídrico. Una mayor capacidad del suelo para infiltrar y almacenar agua puede contribuir a mejorar el aprovechamiento de las precipitaciones.
La incorporación de diferentes especies también puede producir efectos sobre otros componentes del sistema, como la dinámica de malezas y determinadas enfermedades.
En regiones de Santa Fe, Entre Ríos y el norte de Buenos Aires, las crucíferas comenzaron a incorporarse con mayor presencia dentro de las alternativas de invierno, de acuerdo con el panorama presentado durante la exposición.
El comportamiento de los residuos vegetales constituye otro de los factores analizados.
Los rastrojos de trigo presentan una relación carbono-nitrógeno más elevada, lo que puede favorecer una mayor inmovilización temporal de nutrientes. En las brasicáceas, en cambio, esa relación es menor.
Coll señaló que “un rastrojo de trigo produce una inmovilización mucho más marcada que el rastrojo de una brasicácea”, una diferencia que puede favorecer la disponibilidad de nutrientes para el cultivo siguiente.
La consecuencia adquiere importancia cuando la secuencia incluye maíz de segunda o soja de segunda, ya que la disponibilidad de nutrientes durante las primeras etapas del cultivo puede incidir sobre su desarrollo y sobre la eficiencia con la que utiliza los recursos disponibles.
Según la explicación presentada por el especialista, los residuos de las crucíferas permiten una disponibilidad más rápida de determinados nutrientes. Esto puede contribuir a mejorar la eficiencia de utilización de los recursos dentro de la rotación.
Por lo tanto, el análisis no se limita al rendimiento obtenido por la colza, la carinata o la camelina. El efecto sobre el cultivo posterior forma parte de la evaluación del sistema productivo.
Los ensayos realizados en redes de evaluación permitieron comparar diferentes secuencias agrícolas y observar el comportamiento de los cultivos posteriores.
De acuerdo con los resultados expuestos por Coll, los rendimientos de maíz de segunda y soja de segunda implantados después de colza u otras brasicáceas fueron superiores a los registrados cuando esos cultivos sucedieron a trigo.
La explicación combina distintos factores. Por un lado, aparece la mayor eficiencia en el uso del agua asociada a las condiciones del suelo. Por otro, la cosecha anticipada de algunas crucíferas puede permitir liberar antes los lotes y ampliar las posibilidades de ingresar a la ventana óptima de siembra.
Este último aspecto tiene una importancia particular para la soja de segunda. Cuanto más se demora la implantación, mayor puede ser la posibilidad de que el cultivo quede fuera de las condiciones consideradas óptimas para expresar su potencial.
Coll explicó que “es mucho más fácil sembrar soja dentro de la ventana óptima si sembramos antes una brasicáceas que si sembramos sobre un trigo”, según la exposición citada.
La fecha de cosecha del cultivo de invierno, por lo tanto, no constituye únicamente una cuestión logística. También puede modificar el resultado productivo del cultivo que le sigue.
A pesar de las ventajas observadas en los ensayos, la incorporación de nuevas especies a las rotaciones enfrenta un desafío central: la adopción por parte de los productores.
La decisión de incorporar colza, carinata o camelina no depende solamente del rendimiento individual del cultivo. También requiere considerar los mercados disponibles, la logística, el manejo agronómico, la maquinaria y el comportamiento de toda la secuencia.
En ese sentido, Coll planteó que el análisis debe superar una mirada centrada exclusivamente en el resultado de cada cultivo por separado.
“Hay que ver el sistema en sí y no tratar a los cultivos de manera individual”, sostuvo el especialista del INTA Paraná.
Desde esa perspectiva, una crucífera puede aportar valor no solo por el ingreso generado por su propia cosecha, sino también por las condiciones que deja para el cultivo siguiente y por la forma en que modifica la distribución de las tareas agrícolas.
La diversificación puede contribuir además a reducir riesgos ambientales y mejorar la utilización de la maquinaria, al distribuir las operaciones a lo largo de la campaña.
El desafío, entonces, consiste en evaluar la rentabilidad de la secuencia completa y no únicamente el margen de un cultivo aislado.
Las experiencias analizadas por el INTA muestran que las crucíferas pueden convertirse en una herramienta para construir rotaciones más diversas, especialmente en regiones donde la agricultura de invierno y los cultivos de segunda tienen un papel creciente.
La colza, la carinata y la camelina ofrecen así una alternativa para combinar intensificación y diversificación, con posibles beneficios sobre el suelo, el agua, los nutrientes, la logística y el rendimiento de los cultivos posteriores.
El planteo no implica reemplazar automáticamente al trigo, sino ampliar las posibilidades de diseño de las rotaciones. La evaluación de cada sistema deberá contemplar las condiciones productivas, ambientales y comerciales de cada región.
Como resumió Coll al referirse al desafío de adopción, las crucíferas pueden aportar no solo rentabilidad propia, sino también una mejora en el resultado global de la campaña, junto con una reducción de los riesgos y una utilización más eficiente de los recursos productivos.