La materia seca aparece como una de las variables centrales para mejorar la conservación de la alfalfa destinada a la alimentación animal, según explicó el ingeniero agrónomo Fernando Clemente durante el Congreso de Forrajes realizado en Córdoba. El especialista llegó a esa conclusión después de analizar más de 6.000 muestras de silajes de alfalfa recolectadas durante cuatro años en distintas regiones de la Argentina, un trabajo que permitió identificar diferencias entre la calidad del cultivo cosechado y la que finalmente llega al comedero.
El planteo parte de una cuestión básica para la producción ganadera: una alfalfa puede presentar buenos niveles de proteína al momento de la cosecha, pero parte de ese potencial puede perderse durante el proceso de conservación. Por eso, el manejo del material antes y durante el ensilado resulta determinante para preservar los nutrientes y lograr que el alimento mantenga sus características hasta el momento de ser suministrado a los animales.
Durante su exposición, Clemente comparó el proceso de ensilado con una conserva de alimentos. El objetivo es generar las condiciones necesarias para que se produzca una fermentación adecuada y se reduzca el pH del material. En ese proceso participan bacterias que utilizan los azúcares solubles presentes en la planta y producen ácido láctico, que contribuye a limitar la actividad de otros microorganismos.
Cuando esa fermentación ocurre de manera eficiente, el forraje puede conservarse durante meses y mantener buena parte de los nutrientes obtenidos en el lote.
“Lo que buscamos es la eficiencia de la conservación, para que los nutrientes que yo coseché en el campo en un momento óptimo puedan almacenarse y conservarse a lo largo del tiempo”, explicó Clemente a Bichos de Campo durante el encuentro realizado en Córdoba.
Uno de los resultados que surge del análisis de las muestras es que la proteína de la alfalfa presenta valores elevados y relativamente estables. El promedio observado por Clemente se ubicó cerca del 21%.
Sin embargo, el contenido de proteína por sí solo no alcanza para determinar la calidad final del alimento. Al analizar otros parámetros aparecen aspectos que pueden limitar el aprovechamiento del forraje.
Entre ellos se encuentra la digestibilidad de la fibra, que según el especialista se encuentra por debajo de los niveles deseables para aprovechar mejor el alimento.
Otro indicador que llamó la atención fue el contenido de cenizas, que se ubicó en torno al 12% en las muestras analizadas. Para Clemente, ese nivel debería ser considerablemente menor.
Las cenizas representan la fracción mineral que queda después de la combustión de una muestra. En el caso de los forrajes, un nivel elevado puede estar asociado, entre otras causas, con la incorporación de tierra durante las tareas de corte, recolección y confección de las reservas.
La consecuencia es directa: una parte del material que termina dentro del silo no corresponde a nutrientes aprovechables por el animal.
“Son alimentos que están en el piso. Si uno no los cuida bien, la vaca come tierra”, señaló Clemente durante su análisis.
El problema no se limita a una cuestión de eficiencia productiva. La presencia de tierra también puede afectar la conservación del forraje y modificar las características del material almacenado.
El principal punto señalado por el especialista aparece en el momento de decidir cuándo ingresar la alfalfa al silo.
Si el material se conserva con un contenido de humedad demasiado elevado, aumenta el riesgo de que se desarrollen fermentaciones no deseadas. Ese proceso puede modificar el perfil de ácidos producido durante la conservación y favorecer pérdidas de nutrientes.
Uno de los efectos que puede generarse está relacionado con la proteína. La planta puede presentar un contenido elevado al momento de ser cosechada, pero una parte de ese nutriente puede sufrir transformaciones durante una conservación deficiente y disminuir su disponibilidad para el animal.
De esta manera, existe una diferencia entre la calidad potencial de la alfalfa producida en el lote y la calidad efectiva del alimento que recibe el ganado.
“Hiciste un forraje de muy buen contenido de proteína, pero no le llega al animal como debería”, explicó Clemente.
El concepto es particularmente relevante para los sistemas de producción de leche y carne que dependen de reservas forrajeras de alta calidad. Cuando el alimento pierde nutrientes durante el almacenamiento, el productor debe compensar esa deficiencia mediante mayores cantidades de forraje, suplementos o modificaciones en la dieta.
Según el especialista, uno de los factores que pueden haber contribuido a estos problemas es la expansión del corte directo de alfalfa.
En sistemas tradicionales de confección de reservas, después del corte se deja transcurrir un período en el campo para permitir que la planta pierda parte de su humedad antes de ingresar al proceso de ensilado.
El corte directo modifica esa dinámica. Si no existe un control adecuado del contenido de materia seca, el material puede llegar al silo con un exceso de agua.
La diferencia no depende solamente del sistema utilizado, sino de las condiciones concretas en las que se realiza la cosecha. El clima, el momento del corte, la estructura del cultivo y el tiempo transcurrido hasta la confección pueden modificar el contenido de humedad.
Por eso, Clemente planteó que las decisiones deben basarse en mediciones concretas y no únicamente en la apariencia del material.
El objetivo es alcanzar un nivel de materia seca que permita una fermentación adecuada y reduzca el riesgo de pérdidas durante la conservación.
La disponibilidad de herramientas de análisis cambió las posibilidades de los productores y asesores para controlar la calidad de los silajes.
Actualmente existen métodos que permiten determinar con mayor precisión el contenido de materia seca del forraje antes de tomar la decisión de confeccionar la reserva. También es posible analizar posteriormente diferentes parámetros para conocer qué ocurrió durante el proceso de conservación.
Para Clemente, esa información debería incorporarse de manera sistemática al manejo de los establecimientos.
La lógica es sencilla: si un análisis permite detectar que el material ingresó al silo con una humedad inadecuada o que la reserva terminó con determinados indicadores fuera de los valores buscados, esa información puede utilizarse para modificar el procedimiento en la siguiente campaña.
En ese sentido, el análisis deja de ser una herramienta utilizada únicamente para describir un alimento terminado y pasa a formar parte del proceso de toma de decisiones productivas.
El seguimiento de los parámetros también permite comparar lotes, campañas y métodos de confección. Con una base de datos suficientemente amplia, el productor puede identificar cuáles son los factores que generan mejores resultados bajo sus propias condiciones.
El desafío adquiere mayor importancia a medida que los sistemas ganaderos avanzan en productividad.
La selección genética permitió disponer de animales con mayor potencial para producir leche y carne, pero ese potencial necesita estar acompañado por una alimentación adecuada.
Un animal de alta producción requiere una dieta capaz de aportar energía, proteína, fibra y otros nutrientes en cantidades suficientes. Si una parte de esos componentes se pierde antes de llegar al comedero, la calidad de la reserva deja de acompañar el potencial productivo del rodeo.
Por esa razón, la conservación debe considerarse como una etapa más dentro del proceso de producción de forraje y no como una instancia secundaria posterior a la cosecha.
El objetivo es que el esfuerzo realizado durante todo el ciclo del cultivo —desde la implantación hasta el corte— se traduzca en un alimento que mantenga sus características durante el almacenamiento.
En el caso de la alfalfa, esto adquiere particular relevancia por su aporte de proteína y fibra y por el lugar que ocupa en numerosas dietas destinadas a animales de alta producción.
El análisis de las más de 6.000 muestras permitió a Clemente identificar varios puntos sobre los cuales trabajar: el contenido de materia seca, la digestibilidad de la fibra, la presencia de cenizas y la calidad de la fermentación.
Sin embargo, cuando se trata de establecer por dónde debería comenzar un productor que busca mejorar sus reservas de alfalfa, el especialista redujo la recomendación a una acción concreta.
“Medir materia seca”, respondió Clemente cuando fue consultado por Bichos de Campo sobre cuál sería el primer paso.
La recomendación resume el enfoque planteado durante el Congreso de Forrajes: antes de incorporar tecnologías, cambiar maquinaria o recurrir a productos específicos para favorecer la fermentación, es necesario conocer qué características tiene el material que se está intentando conservar.
La materia seca permite determinar cuánto del material corresponde efectivamente a sólidos y cuánto es agua. Ese dato resulta fundamental para decidir el momento adecuado de confección y reducir el riesgo de que un exceso de humedad afecte la conservación.
El desafío, entonces, no termina con producir una alfalfa de buen rendimiento o con alto contenido de proteína. La etapa posterior puede definir cuánto de ese valor nutritivo estará disponible para el animal.
Los resultados presentados por Clemente muestran que existe margen para mejorar esa etapa mediante un manejo más preciso de la cosecha y la conservación. La incorporación de mediciones permite transformar una decisión basada en estimaciones visuales en una decisión respaldada por información.
En un contexto de sistemas ganaderos que buscan elevar la producción por animal, conservar correctamente el forraje se convierte en una parte fundamental de la eficiencia productiva.
La conclusión del especialista es concreta: una buena alfalfa puede perder parte de su valor antes de llegar al comedero si el proceso de conservación no se controla. Por eso, entre el cultivo cosechado y el alimento consumido existe una variable que puede marcar la diferencia: la materia seca.