Rodrigo Pontiggia dejó una carrera de 16 años en Benito Roggio Ambiental y, junto con Melisa Altina y Joaquín Guillot, fundó CycleF, una startup argentina que aplica nanotecnología al agro y desarrolló un bioestimulante para mejorar la respuesta de los cultivos ante situaciones de estrés. El proyecto comenzó con una inversión superior a US$100.000 y apunta a facturar más de US$900.000 durante 2026, según informó LA NACION en una nota de Belkis Martínez.
Pontiggia, doctor en Química Biológica, estuvo durante 16 años al frente del área de Desarrollo e Innovación de Benito Roggio Ambiental, empresa propietaria de Cliba. Allí trabajó, entre otras áreas, en reciclado de nutrientes y materia orgánica para suelos antes de dejar su posición para concentrarse en el nuevo emprendimiento.
“Renunciamos a nuestro trabajo y montamos CycleF: una empresa basada en ciencia”, explicó Pontiggia a LA NACION.
La compañía nació con el objetivo de buscar respuestas tecnológicas para algunos de los desafíos de la producción agropecuaria. Pontiggia y Altina ya tenían experiencia en nanotecnología y biotecnología ambiental, conocimientos que luego trasladaron específicamente al agro.
El primer desarrollo comercial de CycleF es un bioestimulante nanotecnológico diseñado para mejorar la respuesta de los cultivos frente a condiciones adversas, como sequías o heladas.
“Es parecido a una vacuna: prepara al cultivo para poder recibir los vaivenes del clima y el estrés. Ya sea la sequía, la helada, la planta está mejor parada y preparada”, explicó Pontiggia.

Antes de llegar a los campos comerciales, la tecnología atravesó distintas instancias de evaluación. La empresa realizó ensayos en condiciones controladas mediante convenios con la UBA y la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA). Luego avanzó hacia microparcelas y lotes evaluados por terceros.
Las primeras pruebas comenzaron en 2024 y alcanzaron distintas regiones productivas, entre ellas el sur bonaerense, la zona núcleo, Chaco, Córdoba y Entre Ríos. Los ensayos incluyeron trigo, cebada, soja, maíz, girasol y también experiencias sobre naranjas.
De acuerdo con los resultados informados por la propia compañía, los ensayos acumularon aumentos promedio de rendimiento del 10,3% en cultivos de cosecha fina, del 8% en maíz y del 5,3% en soja. Los resultados pueden variar según el cultivo, las condiciones ambientales y las características de cada evaluación.

Pontiggia afirmó que el impacto puede ser superior en escenarios climáticos más adversos. “Incrementamos el rinde por más del 10%; en casos de clima extremo llegamos a tener hasta un 30%, 32% de aumento”, sostuvo. Se trata de cifras reportadas por CycleF y no de resultados uniformes garantizados para todos los cultivos o ambientes.
El uso de nanotecnología en el agro también cuenta con antecedentes de investigación pública. Según consignó LA NACION, trabajos del INTA, Conicet y la Universidad Nacional del Litoral (UNL) analizaron aplicaciones de escala nanométrica para mejorar la eficiencia productiva.
En ensayos preliminares realizados en Entre Ríos con nanofertilizantes nitrogenados, investigadores consiguieron reducir hasta un 35% la dosis de nitrógeno sin perder rendimiento. A igual dosis, las evaluaciones registraron incrementos promedio del 10% en la productividad de trigo y maíz.
CycleF también busca reducir el volumen de insumos necesario para los tratamientos. Según Pontiggia, un litro de su producto puede utilizarse en unas 40 hectáreas, frente a otros productos que, de acuerdo con su comparación, pueden requerir entre dos y tres litros por hectárea.
La startup ya registra alrededor de 10.000 hectáreas aplicadas y se propuso alcanzar 52.000 dosis durante su primer año. Al mismo tiempo, logró ampliar la escala de producción: el proceso actual permitiría elaborar en una semana suficiente producto para cubrir entre 5000 y 6000 hectáreas.
El crecimiento, sin embargo, estará acompañado por nuevas etapas de experimentación. CycleF comenzó por cultivos extensivos y ahora busca ampliar las regiones y especies donde prueba su tecnología.
“No existen soluciones mágicas. En general, en el agro, todos los productos hay que probarlos a campo y se pasa por distintas instancias”, remarcó Pontiggia.
Los desarrollos nanotecnológicos también deben cumplir con requisitos regulatorios ante el Senasa. Entre otras exigencias, las empresas tienen que acreditar la escala nanométrica de las partículas, informar su composición química y presentar evidencia que respalde los efectos declarados para cada modalidad de aplicación.

Con una inversión inicial superior a US$100.000 y una proyección de facturación por encima de los US$900.000 en 2026, CycleF busca avanzar desde la etapa inicial de desarrollo hacia una mayor adopción comercial, con la nanotecnología como herramienta para mejorar la respuesta de los cultivos ante condiciones productivas adversas.