Ícono de un polo vitivinícola reconocido a nivel mundial, la Bodega del Fin del Mundo fue una iniciativa del empresario Julio Viola, quien compró un campo de 3.200 hectáreas en San Patricio del Chañar –Neuquén– en 1995, cuando todavía se dedicaba al negocio inmobiliario.
Viola explicó que la adquisición del campo, para lo cual invirtieron alrededor de tres millones de dólares, “coincidió con la época de los incentivos a la incorporación de tecnología en las economías regionales para mejorar su competitividad, por lo que decidimos cambiar de foco y generar una zona frutícola”.
El primer inconveniente fue que esas hectáreas eran desérticas, por lo que la prioridad era el suministro de agua. Como no podía encarar el proyecto solo, Viola firmó un joint venture con una empresa israelí. Gracias a ello, lograron “implementar uno de los sistemas de riego presurizado más grande de Sudamérica”, señaló.
Con respecto al sistema, dijo que “se instalaron seis plantas que bombean el agua equivalente a la demanda de una ciudad de 200.000 habitantes a través de una red de 400 kilómetros de acueductos subterráneos y un total de 9.000 kilómetros de mangueras de goteo”.
Actualmente, la empresa tiene una facturación de $400 millones anuales y cuenta con 1.000 hectáreas bajo riego. El 40,7% de sus varietales implantados pertenece a malbec, el 18,6% a cabernet sauvignon, el 10,9% a pinot noir, el 4,8% a chardonnay y el 2,8% a cabernet franc.
Desde un principio, se focalizaron en la nueva generación de profesionales y emprendedores. “Lanzamos un modelo de unidades productivas frutícolas de última generación, con plantaciones de variedades modernas y de alta densidad, con tractores y maquinaria, más la casa para el encargado e incluso un programa de capacitación, todo en formato llave en mano”, explicó. Y agregó: “Desarrollamos casi 500 hectáreas, vendiéndolas en parcelas de entre cinco y diez hectáreas”.
Tres años después de la compra del campo, en 1998, se dispusieron a estudiar el suelo, el clima y las condiciones agroecológicas para encontrar opciones distintas a la pera y la manzana. “Así surgieron las primeras plantaciones de frutas finas, con cerezas, frambuesas y grosellas, más tres hectáreas de uva para vinificar”, indicó.
En paralelo al desarrollo frutícola, Viola comenzó a viajar para identificar cuáles eran las posibilidades que tenían a nivel internacional, sobre todo para aprovechar el auge del vino en nuestro país; ahí se dio cuenta que eran muchos los interesados en invertir en la actividad.
De esa manera, empezaron a estudiar los suelos focalizándose en la vitivinicultura. Gracias a la incorporación de José Antonio Barría, ingeniero agrónomo estrella de la zona, al proyecto lograron crear “un vivero-laboratorio donde se trabaja con material absolutamente estéril para, de cada madre, hacer la reproducción y la selección de las mejores. Terminamos sembrando seis millones de plantas, un trabajo brutal para una zona prácticamente nueva para la vitivinicultura”, sostuvo.
Más tarde también se sumó al proyecto el flying winemaker Michel Rolland. Viola contó que en 2004 viajó a Vinexpo Nueva York y que le llamó la atención que Rolland “habló de la Argentina como el lugar que sorprendería mucho a la industria con grandes vinos gracias a sus condiciones agroecológicas”. Desde ese momento trató de convencerlo para que trabajara con él hasta que, luego de dos años y tras haber recorrido el emprendimiento, aceptó y se convirtió en el asesor enológico de la bodega.
Sin embargo, hubo otro sostén fundamental para que el empresario pudiera llevar adelante su negocio: su mujer, Graciela Palenzuela. Tras cumplir 43 años juntos, Palenzuela remarcó que la clave es que nunca compitieron. “Las áreas de responsabilidad siempre estuvieron bien repartidas, así que se dio una dinámica de mucho compañerismo”, manifestó.
Por último, a la hora de brindar un consejo dirigido a mujeres que son líderes de compañías familiares, Palenzuela señaló que “lo más importante es mantenerse firmes en no llevar los temas de trabajo a los momentos de encuentro personal”, a la vez que afirmó que cuando piensa en el legado que están dejando, en el sentido de haber creado una nueva zona para los vinos argentinos premium, se siente orgullosa de su familia.