La tendencia global actual para proteger el planeta es el consumo local, lo que además genera trabajo para los agricultores. La comercialización de alimentos nacionales que se cultivan y procesan en zonas con suelos aptos para diversas frutas y hortalizas, merma el uso de energía que ocasiona el transporte y la emisión de gases de efecto invernadero.
A partir de ese punto, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) pidió aprovechar las áreas aptas para cultivar diferentes especies. De hecho, el INTA otorga un premio a quienes recuperan las potencialidades productivas de cada zona. Un ejemplo de ello es la santiagueña Elsa Bustamante, que fue reconocida en 2018 en la categoría Valorización de Especies y Productos Típicos Locales por elaborar alfajores de harina de algarroba, ya que aprovechó la riqueza vegetal del monte autóctono.
Además, en Santiago de Estero también impulsan la producción de tunas y alcaparras. Al respecto, Juan Pablo Arakelian, ingeniero agrónomo y principal promotor del empleo de las eco-regiones nacionales con producciones orgánicas y alternativas, comentó: “En Patquía, La Rioja, existe una plantación de dátiles antigua. Sería ideal promover el cultivo, así como el del pistacho en el área del Cuyo, e intentar con la nuez macadamia de gran valor mundial”.
La chirimoya tiene futuro si se produce en mayor cantidad en el norte, así como el lichi, tan preciado por las comunidades orientales. En el NOA, aparte de los papines multicolores y la quinoa, falta agregarle valor en más productos de la zona.
En cuanto al mango, en el Mercado Central de Buenos Aires observan que hay un aumento de la demanda; son pocas las hectáreas cultivadas –se importa de Brasil y Ecuador–, pero el futuro es prometedor. Algo similar sucede, según datos de la Asociación de productores de Frutas y Hortalizas del NOA, con la papaya, componente de postres y tragos en restaurantes y bares.