arberton se encuentra exactamente a 3.079 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, en realidad está más cerca de los 13.410 km que se interponen entre Inglaterra y la estancia: un hilo invisible ata su pasado de pueblos originarios con los viajeros que llegaron desde aquel país.
El primer extremo de ese cordel imaginario se anudó en 1845, en un viejo puente de la localidad de Bristol, en el suroeste de Inglaterra; allí fue encontrado un huérfano de dos años que no hablaba inglés y tenía una T bordada en su ropa. Lo llamaron Thomas y lo apellidaron Bridges, como el lugar donde apareció. Fue refugiado en un orfanato y luego lo adoptó la familia de un reverendo anglicano que lo llevó a las islas Malvinas cuando tenía 13 años, donde se estaba instalando una misión. Thomas aprendió idioma yagán, la lengua de los canoeros de Tierra del Fuego y, en 1863, pisó por primera vez ese territorio.
Siete años más tarde, después de haber sido ordenado reverendo en la catedral de St. Paul, en Londres, Bridges fundó oficialmente la Misión Anglicana donde surgiría, en 1884, Puerto Ushuaia. Los Bridges fueron los primeros no nativos en vivir de manera permanente en la isla fueguina: en 1871, Thomas se asentó junto con su esposa, Mary Ann Varder, y la primogénita de ambos, Mary.
En 1886, Bridges recibió la ciudadanía argentina y una donación de tierras de parte del Congreso de la Nación, como reconocimiento del presidente Julio A. Roca por su trabajo con los nativos durante 25 años y por la asistencia a los náufragos en la región del Cabo de Hornos. La estancia que estableció a 60 km al este de Ushuaia y a orillas del canal de Beagle se llamó Downeast, pero luego fue renombrada como Harberton, el pueblo inglés donde nació su mujer.
El sitio era, y es, impactante. Hacia el norte, la vista recorre un valle y sus montañas; hacia el sur, detecta la chilena isla Navarino; por el oeste, la Cordillera Darwin; y por el este, el canal que se abre al Océano Atlántico Sur.
A Harberton le cabe haber sido la primera empresa productiva de la isla, donde la actividad, hace un siglo, era mucho más intensa que ahora. También tuvo el primer almacén de ramos generales para los mineros de la época; fue el primer importador, el primer correo y escenario del primer matrimonio no aborigen. Cuenta con la huerta más antigua de la provincia, que se mantiene activa, y además fue el primer emprendimiento local en abastecerse casi exclusivamente de energía solar.
Thomas Goodall, de 87 años, bisnieto del fundador, vive en la casa original y recorre sus tierras a bordo de un cuatriciclo, vestido con camisa escocesa y jardinero de jean. Hoy, la administración de la propiedad está en manos de su hija, Abby Goodall, y su marido, Ricardo Lynch.
Abby cuenta que Harberton fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1999. Tiene edificios de madera cubiertos con chapa acanalada, y muelles y terrazas de piedra. La visita guiada dura 90 minutos y permite conocer grandes tesoros.
En materia de flora, el parque alberga una reserva natural que fue cercada en 1890 con los cinco árboles nativos –lenga, coihue, ñire, leña dura o maitén, y canelo–, y réplicas de dos modelos de chozas como las que montaban los pobladores originales –cónica y redondeada– que fueron construidas por científicos del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC) para estudiar su durabilidad.
El galpón de esquila, la carpintería y la casa de botes son otros espacios que pueden recorrerse y donde, a cada paso, el pasado aflora y asombra. En la carpintería, por ejemplo, hay ventanales muy bajos que hacen pensar en una casa para enanitos; se hizo así para aprovechar mejor las horas de sol en los cortos días del invierno, que inciden directo sobre la mesa de trabajo. También hay un lavarropas histórico: es mecánico, a manivela y de madera.
La estancia incluye 20 islas (algunas grandes, otras muy pequeñas) y para conservar la propiedad sobre ellas había que ser ganadero: Roca dispuso que la familia Bridges debía tener ovejas en cada isla durante al menos siete años para demostrar posesión argentina efectiva. Eso significó un tremendo esfuerzo, ya que solo una de las islas tenía agua dulce.
El restaurante, la casa de té y el secadero de leña son también parte de la recorrida por el casco. “Cuando yo era chica había 7.000 ovejas. Con el pasar de las décadas, esa cantidad fue disminuyendo. En 1995, el invierno fue tan crudo que perdimos cerca del 80% de los animales, y lo poco que quedó fue diezmado después por el cuatrerismo y los perros asilvestrados”, dice Abby.
La estancia incluye las islas Gable y Martillo a las que llegan, entre octubre y abril, unas 3.000 parejas de pingüinos magallánicos y más de 40 de pingüinos papúa. Los otros únicos lugares donde pueden observarse los papúa son la Antártida, las islas Malvinas y las Georgias.
Isla Yécapasela es el nombre nativo de este pedazo de tierra que hasta 1960 tuvo ovejas y ahora es dominio de cormoranes roqueros, algunos skúas y pingüinos. Por un acuerdo entre Harberton, el CADIC y el Gobierno de Tierra del Fuego, cada día se permite el descenso en la isla de un número limitado de personas, con el único fin de realizar caminatas en un tour concesionado con guía, por un sendero y bajo normas específicas. El resto de los visitantes divisa la fauna desde los catamaranes.
Hasta 1978, año del conflicto limítrofe con Chile, no había camino terrestre para acceder a la estancia. A partir de ese suceso, el casco se pudo vincular con Ushuaia gracias a las rutas 3 y J.
“La ruta J hizo que la gente empezara a venir de golpe. Pasaba que salíamos un rato de casa y al volver encontrábamos a desconocidos instalados en nuestro living, tomando café en nuestras tazas, o haciendo picnic en el jardín. Bajaban 80 personas de un catamarán, caminaban por el casco y pretendían usar el baño, o escuchábamos cómo, con un megáfono, les contaban a bordo del barco la historia de nuestra familia. Hasta que un día mi mamá se cansó y organizó un tour guiado por la estancia”, recuerda Abby.
Pero su madre fue mucho más allá. De profesión bióloga, creó el primer herbario de la provincia y armó el museo de mamíferos marinos con la colección de esqueletos de cetáceos más grande de Sudamérica. Lo construyó en Acatushun, como llamaban los yaganes al pedacito de la bahía Harberton donde se levanta ese edificio.
Hay cuatro casas para alojarse, dos originales y dos nuevas. Ahora, la estancia está funcionando casi por completo con paneles solares, más un generador por si toca un mes de lluvia. Una de las casas antiguas guarda una historia hermosa. En ella vivió la familia Nielsen, encabezada por el capitán de un navío que pasó cerca de 11 años abandonado por su dueño en la bahía Harberton; los Bridges invitaron al marino y a su familia a ocupar esa casa, para que no tuvieran que permanecer en el barco, donde nacieron varios de sus hijos. Nielsen fue luego el primer capataz que tuvo Harberton. Desde el deck de madera, a escasos metros de la playa, se puede ver la isla Picton y, en los días despejados, el amanecer sobre la bahía.
La senda original prácticamente desapareció, sobre todo en los valles inundados por las castoreras. Hacia el norte, el sendero tampoco existe debido a las voladuras de roca en el cerro Heuhúpen, cuando se construyó el puerto de Río Grande. Aun así, algunos aventureros todavía caminan por esas tierras, excursión que puede hacerse con y sin guía.