La Quebrada de Humahuaca, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, además de tener cerros de colores mágicos, es una nueva región que quiere meterse en el mapa vitivinícola argentino.
En 2001, Fernando Dupont se enamoró de un terreno en Maimará y dejó su trabajo en una multinacional. Seis años después, con su mujer Amelia, emprendieron un proyecto: producir vinos a 2.400 metros de altura. Hoy, se ruboriza cuando todos le dicen que es el pionero.
En otoño recolectan los granos de Cabernet Sauvignon, que luego se transformarán en los vinos de Bodegas Dupont, que en Buenos Aires se consiguen en vinotecas como Aldo’s, Enogarage y Siete Spirits.
A esos vinos alguien les dio un empujón imprescindible: el crítico Jay Miller le otorgó 93 puntos Parker al Punta Corral (un blend de Cabernet, Malbec y Syrah) y 92 al Pasacana, dos de los vinos emblemáticos de la bodega. “Los productos no serían nada sin esos puntos Parker. Podés tener un gran vino, pero si no lo vendés, no sirve de nada”, remarcó Dupont.
Casi 300 metros más arriba y a unos 20 kilómetros, en Huacalera, está la finca de Raúl Noceti. Se modifica el paisaje y cambian los colores, pero no la belleza de la Quebrada. En la entrada, se crían las cabras con las que producen un queso extraordinario. Un poco más lejos, protegidos de las heladas por un cerrito, están los viñedos donde se cultiva Sauvignon Blanc y Malbec, cepas que la bodega salteña Tukma produce con la etiqueta 2.670, en referencia a la altura donde se cosecharon las uvas. Las máximas de un vino exitoso podrían ser: materia prima, calidad en la producción y marketing. A esto, Noceti añadió: “Si no tenés una buena uva, no vas a tener un buen vino”.
Ezequiel Bellone, un ingeniero agrónomo que realizó una tesis sobre la factibilidad técnica del vino en la Quebrada de Humahuaca, es director del Consejo Consultivo del Vino, el órgano público-privado que se gestó en la provincia para impulsar la vitivinicultura, al que también se sumaron bodegas que aún no comenzaron a producir, como Sol de Mañana en Yacaraite, y que ya tiene 130 pequeños productores inscriptos. “En vinos, la Argentina llega hasta Jujuy”, sostuvo.
En este punto, la apuesta de los productores es que no sea el vino quien vaya a los consumidores, sino los consumidores al vino, y que ese consumidor sea un turista que disfrute la experiencia completa de la Quebrada: sus paisajes, su gastronomía, sus artesanías.
“Los días frescos hacen más lenta la maduración. Al crecer en amplitud térmica, los vinos ganan en aroma; y al crecer en altura, ganan en color”, explicó Luis Borsani, ex presidente del Instituto Nacional de Vitivinicultura. “Los nuestros no son vinos elegantes, sino con cuerpo y personalidad. Los vinos quebradeños son francos, con texturas”, describió Marcos Etchart, enólogo de Dupont y de otros proyectos. Su familia hizo historia en Salta y él la está haciendo en Jujuy. “Cafayate es el 1% del país, el 5% de la exportación y el 18% de los premios internacionales”, enumeró Etchart, pensando en el futuro de la Quebrada de Humahuaca, que ya se está empezando a escribir entre cerros, heladas y soles.