Cuando los españoles llegaron por primera vez a la isla de Pascua (Chile) en 1722, se sorprendieron por dos cosas: la presencia de los moais, unas enormes estatuas semejante a los humanos clavadas en la tierra, y la poca presencia tanto de recursos naturales como de habitantes, salvo por algunos pocos agricultores que no parecían tener la capacidad de levantar semejantes construcciones de hasta diez metros de alto y ochenta toneladas. Por este motivo, se apeló, y se sigue apelando, a argumentos esotéricos –como fuerzas extraterrestres– para explicar que esos pocos habitantes las hubieran construido. Sin embargo, hay preguntas sin respuesta: ¿dónde estaban los constructores de estatuas?, ¿por qué casi no había nadie y no quedaba nada de la organización social que las erigió?

No obstante, lejos de naves espaciales, la explicación más sensata es terrenal y humana. Así lo reflejó el biogeógrafo Jared Diamond en su libro “Colapso”. Según él, fue la destrucción ambiental que el homo sapiens generó en Rapa Nui, sobre todo la deforestación y la eliminación de las aves, así como una estructura social que hacía que cada vez se consumiera más y que se compitiera cada vez más por ver quién hacía la estatua más grande. Semejante dinámica exigía más y más madera y sogas, así como alimentar a los constructores; la labor de construir las estatuas incrementó un 25% las necesidades alimenticias de los isleños durante más de tres siglos.
“Los paralelismos entre la isla de Pascua y el mundo moderno en su conjunto son escalofriantemente obvios”, sostuvo Diamond, a la vez que agregó: “Todos somos pascuenses que talamos árboles para construir moais más grandes; de algún modo, exigidos por procesos sociales que parece imposible detener hasta que lleguemos al último árbol y quizá sea demasiado tarde”.
A los hombres y mujeres de Rapa Nui les faltó desarrollo sustentable; no se trataba de dejar de construir sus estatuas, que eran parte de su forma de estar en el mundo, sino de limitarlas a la renovación natural de los recursos naturales: una por año, por ejemplo, para no agotar el crédito natural. Lo que durante algunos siglos los hizo florecer, también los condenó. Tal como dice Diamond, se pueden extraer lecciones de Pascua, es decir, no se puede seguir hasta la extenuación de los recursos porque, efectivamente, en algún momento ya no habrá más.
El desarrollo sostenible “ha sido un concepto ideado hace muchos años y dio lugar a una nueva categoría de pensamiento. Pero ha sido vapuleado y mucho de lo que incluía no se concretó”, opinó Andrés Nápoli, director ejecutivo de la ONG Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN).
“Yo sigo creyendo que se puede mirar el desarrollo de otro modo, no solo desde los indicadores económicos. Debe haber un desarrollo que respete la capacidad de carga de la naturaleza, y que tampoco busque la uniformidad cultural: un desarrollo que no avance sobre otras culturas y formas de vida, como las de los pueblos originarios, sino que busque mejorar la calidad de vida sin arrasar la de los demás. Un desarrollo que tenga equilibro y calidad, y que coincida con la idea de que la naturaleza no va a responder siempre de la misma forma”, considera.
En esa misma dirección va la idea de Gustavo Zarrilli, investigador del Conicet en la Universidad Nacional de Quilmes, quien planteó una fórmula matemática básica, pero que no parece tenerse en cuenta: los recursos no son infinitos.
“El desarrollo sustentable capitalista se fundamenta en el crecimiento sin límites, lo que contradice su propio concepto, porque el crecimiento económico conlleva la explotación por encima de los límites de mantenimiento de los recursos naturales. El mundo es finito; a partir de eso, es imposible pensar en un desarrollo infinito, y suponer que la ciencia todo lo resuelve es un concepto peligroso”, advirtió Zarrilli.
En ese sentido, señaló: “El concepto de sustentabilidad facilita entender que estamos ante un mundo con recursos naturales escasos y necesidades ilimitadas, una población siempre creciente y un desarrollo económico que ha venido dándose sobre la base de tecnologías ya obsoletas. Todo este panorama, que ya está generando efectos climáticos devastadores, nos ha llevado a comprender que existe una capacidad límite de sustentación para el planeta, y que nos estamos acercando rápidamente al colapso del ecosistema”.
Sin embargo, para el investigador argentino, ahí entra el tema de la sustentabilidad, “útil para los diferentes objetivos que se estén considerando; que tiene en cuenta a las diversas generaciones, y retoma la idea de concebir al ser humano como parte integrante de la biósfera”.

Desde la coordinación nacional de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), Rosalía Pellegrini planteó: “Si desarrollamos un modelo agroecológico basado en bioinsumos con materia orgánica, en pesos le sacamos dos o tres ceros a la inversión de los agricultores y no nos perjudicamos nosotros ni perjudicamos a las familias que nos compran”.
Asimismo, manifestó que “hay una experiencia en Jáuregui que contempla la implementación de colonias de abastecimiento urbanas. Los vecinos que viven alrededor y no tenían acceso a alimentos sanos y a precios populares ahora pueden, además, visitar la colonia y conocer cómo se producen y quiénes producen esos alimentos”.
En resumen, más que una solución definitiva, el desarrollo sustentable pone sobre la mesa alternativas –sea la agricultura, la energía eólica o el tratamiento de plásticos–, y cada una de ellas tiene pros y contras. Sin embargo, lo que proponen numerosos académicos e investigadores es que haya una relación entre el cese de las desigualdades, el respeto ecológico y el desarrollo con redistribución, no solo por altruismo, sino por supervivencia a mediano y largo plazo.
“Para recrear ambientes adecuados a las demandas del planeta es necesario generar estrategias que disminuyan las desigualdades existentes, que es lo que necesita, además, gran parte de la población mundial. El desafío es generar las condiciones; aunque las responsabilidades y compromisos deben ser del conjunto de las sociedades, determinados actores institucionales y empresariales tienen mayores deberes que el resto de la sociedad civil”, propone Edgardo González, investigador del INTA y de la Universidad Nacional de La Plata.
“En la actividad agropecuaria en particular es necesario, en primer lugar, concebirse como parte integrante del resto de las actividades y las necesidades de la sociedad civil, para poder entender cuál debe ser el papel protagónico del sector; y, en segundo lugar, cambiar el paradigma en cuanto a criterios de crecimiento de la productividad”, alegó.
