n la Tierra, por ahora, hay mucha agua, pero la mayor parte de ella es salada y de momento inutilizable, ya que la desalinización es muy cara. Por lo tanto, menos del 3% es potable; como el 2% está atrapada en los glaciares, queda menos del 1%.
Sin embargo, ese porcentaje mínimo de agua dulce, que debería alcanzar incluso para un mundo superpoblado en el que pronto habitarán 9.000 millones de seres humanos, es maltratado y, a la vez, atacado por los desbalances que provoca el cambio climático y otros problemas adyacentes.
La gravedad del asunto se resume en: reportes de complicaciones en el funcionamiento del canal de Panamá por la baja del 20% en las lluvias de 2019 y el aumento de la evaporación de las reservas de las que se nutre; el Nilo, el río más largo del mundo, que abastece a unas 250 millones de personas, sufre por la escasez de agua, que puede empeorar por el cambio climático hacia 2040 y complicar al 35% de quienes lo utilizan, según indicó un trabajo del Darmouth College de Estados Unidos; y en Tailandia, la baja de los ríos es tan grande tras la peor sequía en cuarenta años que el agua de las canillas de Bangkok viene salada y hace peligrar el trabajo de once millones de granjeros.
De hecho, el sitio de consultoría ISciences muestra un mapa con las anomalías respecto del agua, con datos de los últimos tres meses y prospectivas de los siguientes nueve. Marca, por ejemplo, los déficits para Brasil y Chile, el sudoeste de Estados Unidos, Quebec y Alberta (Canadá), Veracruz (México), Finlandia y los países bálticos, balcánicos e Italia, además de zonas de África, Medio Oriente y resto de Asia.
Más allá de las proyecciones sobre lo que pasará hacia mitad y fines de siglo, la emergencia climática y sus efectos sobre el aprovisionamiento de agua es cosa del presente. La organización ecologista World Wildlife Fund (WWF), con sede en Suiza, afirma que más de mil millones de personas carecen de acceso al agua y 2.700 millones tienen problemas para hallarla al menos durante un mes al año.
“Muchos de los sistemas de agua que hacen que los ecosistemas florezcan y alimenten a una creciente población humana están bajo estrés. Ríos, lagos y acuíferos se secan o están demasiado contaminados para ser usados. Más de la mitad de los humedales del mundo han desaparecido. La agricultura consume más agua que cualquier otra causa y desperdicia mucho por ineficiencias. El cambio climático altera los patrones del clima y el agua en todo el mundo, lo que causa desabastecimiento y sequía en algunas áreas e inundaciones en otras. A las actuales tasas de consumo, la situación solo podrá empeorar. Hacia 2025, dos tercios de la población del mundo puede sufrir falta de agua. Los ecosistemas sufrirán aún más”, advierte la WWF.

“La escasez del agua (sequía), así como el exceso de agua (inundaciones), son los componentes de los desastres hídricos; cuando es duradera, la crisis provoca pérdidas humanas y económicas perjudiciales para el balance político y social de los países víctimas. La escasez del agua es un freno tanto para el desarrollo humano como para el mantenimiento de la biodiversidad”, explicó Loïc Fauchon, presidente del Consejo Mundial del Agua (WWC).
De acuerdo con Fauchon, el desafío es garantizar el acceso al agua y asegurar el saneamiento para todos, en todo lugar y en cada momento, lo que implica producir más agua y, al mismo tiempo, consumir menos. “Por un lado, se trata de apoyarse en la tecnología y utilizar la digitalización para desarrollar bombeos, transferencias, almacenamiento, desalinización o reutilización de aguas usadas; por otro lado, se trata de saber reducir los desperdicios colectivos e individuales, y cambiar nuestros comportamientos para disminuir los consumos en nuestras cocinas, baños y jardines, así como en la agricultura y la industria”.

A finales del 2019, el tema ambiental se convirtió en uno de los principales de la agenda nacional: el Gobierno de Mendoza manifestó la intención de modificar una ley de 2007, que protegía las aguas, para fomentar la minería. La intensa movilización social en defensa del agua hizo que la nueva norma –que permitía el uso, entre otras sustancias, de cianuro, mercurio y ácido sulfúrico– durara apenas una semana.
Mendoza vive desde hace diez años la peor sequía de su historia y las expectativas no son buenas. “Las previsiones del cambio climático para la zona central del país auguran más lluvias y humedad, y para el lado de la cordillera, donde estamos, todavía menos agua que ahora”, indicó Mariano Masiokas, investigador del Instituto Argentino de Nivología, Glaciología y Ciencias Ambientales (Ianigla/Conicet), quien emitió un comunicado en medio de la crisis por la derogación de la ley de aguas en el que llamaba a ser muy cuidadosos con el recurso.
“Los mendocinos no estamos exentos de los desafíos que impone la crisis ambiental planetaria. Por la falta de nieve en la cordillera, Mendoza vive la sequía más extendida de los últimos diez años. Desde el invierno del año 2010, nuestra provincia se encuentra en emergencia hídrica. El espejo de agua del Embalse Potrerillos atraviesa su momento más crítico desde que comenzó a operar hace casi dos décadas. Entre el nivel del agua y el límite de cota máximo, cabe un edificio de cinco pisos. Los glaciares provinciales han perdido, en promedio, más de 8 metros de espesor de hielo (es decir, casi la altura de un edificio de tres pisos) durante el período 2009-2017, lo que impacta seriamente en las reservas hídricas estratégicas de nuestra cordillera”, fueron las palabras de Masiokas en aquel escrito.
Del otro lado de los Andes también el tema agua es crucial. Chile vive una megasequía en la zona central del país. Que se hayan privatizado los derechos del agua tampoco ayuda y fue uno de los reclamos más fuertes de las manifestaciones populares que jaquearon al gobierno de Sebastián Piñera.

La contaminación también es un factor clave. Basta mirar lo que pasa y sigue pasando con el Riachuelo, producto sobre todo de las industrias de cuero situadas en el Gran Buenos Aires, o las consecuencias sobre los flujos de agua de la agroganadería extensiva en términos de desechos de pesticidas y fertilizantes. El tema es que no será homogénea la falta de agua, como no lo son el cambio climático y sus consecuencias, desigualmente repartidas.
Hacia mediados de la década pasada, Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, tuvo una sequía extraordinaria de tres años. Ante la alarma, el municipio generó un comité de crisis en vista de que llegaría un día en que ya no saldría nada de las canillas. En tiempo récord, la comunidad redujo a la mitad su consumo promedio de agua. Las lluvias volvieron y de momento pasó lo peor, pero el comité quedó constituido para el futuro.
Una iniciativa de este tipo parece algo lejano para los habitantes de la Ciudad de Buenos Aires, que gastan 550 litros de agua por día por persona, cuando la ONU dice que con 100 debería alcanzar. El Río de la Plata parece un proveedor eterno, pero eso podría cambiar.
