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Lo ‘bio’ está de moda, pero ¿qué son las biosoluciones? Pasado, presente y futuro de la microbiología en agricultura

¿En qué punto están los productos biológicos en la agricultura y hacia dónde van? ¿Qué impacto tienen en la sostenibilidad? ¿Hay una grieta entre la microbiología y la química?

Lo ‘bio’ está de moda, pero ¿qué son las biosoluciones? Pasado, presente y futuro de la microbiología en agricultura

Esas fueron algunas de las cuestiones que se trataron en el panel “La microbiología y los fitoestimulantes al servicio del maíz” en el Congreso Maizar 2022, en el que reflexionaron Martín Díaz Zorita, docente de la Facultad de Agronomía de la UNLPam; Wenceslao Tejerina, CEO de Agroestrategias Consultores; Juan Pablo Brichta, presidente de Agro Advance Technology, donde también se presentó un trabajo de Gustavo González Anta, director científico de INDRASA, en un encuentro moderado por Rodrigo Ramírez, gerente general de UPL Argentina.

“Los bioinsumos se conocen desde al menos 7.000 años antes de Cristo, aunque no se supiera”, dijo Juan Pablo Brichta. “Cuando se inundaban las riberas del Nilo, se generaba un sedimento, limo, que los antiguos egipcios usaban para fertilizar química y microbiológicamente otros suelos”. Más cerca en el tiempo, el especialista mencionó varios ejemplos a partir del siglo XIX, como la Beauveria bassiana (un hongo entomopatógeno que ayuda al control biológico); la Trichoderma (un biofungicida) o los inoculantes de soja, (tras el descubrimiento de las bacterias Rhizobium y su capacidad de captar el nitrógeno del aire).

“Seguramente, hoy hay un interés mayor sobre bioinsumos”, dijo Brichta, y se refirió al CHON (carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno), las “cuatro moléculas que constituyen lo bueno y lo malo de la microbiología”. En el CHON bueno, indicó, hay una paleta de productos, como microbiología, enmiendas y otros. Y citó una frase de la científica canadiense Jill Clapperton: “Cuando nos paramos sobre el suelo, en realidad estamos parados sobre el techo de otro mundo”, para agregar que solo conocemos el 1% de la microbiología del suelo.

Wenceslao Tejerina contó que llegó a trabajar con biológicos, microbiología, fitoestimulantes tratando de entender qué función cumplían los nutrientes en la planta: “Tuvimos que aprender de fisiología, y nos fue tempranamente revelado que lo que podíamos hacer con nutrientes también lo lográbamos con proteínas, aminoácidos, micronutrientes, microbiológicos, una catarata de lo que consideramos hoy biológicos”, contó. Presentó un gráfico que hace 15 años mostraba que un 65% de las pérdidas del potencial productivo de los cultivos se debía a factores de stress abiótico: “Nos pusimos a trabajar en cómo poder empezar a capturar algo de esa rentabilidad potencial, sobre lo que hoy se hace relativamente poco”.

Como para ordenar un poco el tema, Tejerina presentó una clasificación de los biológicos en dos grandes grupos: por un lado, los productos de control biológico, donde se incluyen los biopesticidas (bioquímicos y microbianos) y los macroorganismos; y, por el otro, los productos que mejoran el desarrollo de los cultivos, donde se incluyen los biofertilizantes (que potencian la absorción de nutrientes) y los bioestimulantes (que mitigan el stress abiótico e incrementan la calidad).

“Hoy estamos con un nuevo enfoque agronómico: la raíz es vista como una de las partes más importantes de la planta, la interfaz con el suelo y todo el microbioma del suelo, que repercute en la parte aérea y toda la fisiología de la planta”, dijo. “Hay que tener una lógica diferente de la que traemos: no es la del plaguicida, de ‘nos atacan y nos defendemos’, sino la del sistema: empezamos a pensar en el microbioma”. Para Tejerina, "con el manejo podríamos trabajar en una agricultura más sustentable, que impacte en la salud humana”, completó.

El trabajo de Gustavo González Anta hizo hincapié en que “debajo de las suelas de los zapatos hay un mundo con diversidad y microorganismos, que es la base de las soluciones biológicas con las que convivimos”.

Llevando los números exponenciales a la microflora, planteó que hay 5x1030 de células microbianas en el planeta, que tienen un peso equivalente a 50.000 billones de toneladas, una parte significativa del planeta; y “un solo gramo de tierra puede contener 10.000 millones de microorganismos, viviendo, interactuando y dando soluciones”. Dicho de otro modo, hay miles de millones de soluciones en el suelo: los microorganismos son un factor de articulación de otras especies a los diferentes medios y están presentes en todos lados, tanto en ambientes con déficit como con excesos, preparados frente al cambio climático.

En su presentación, Martín Díaz Zorita señaló que “la microbiología, a través de la condición natural de estar presente adaptándose a distintos ambientes, es la base de muchos procesos mayores, y la introducción de microorganismos o derivados de ellos en cultivos de maíz ha generado cambios”.

Coincidió con Tejerina en que hay microorganismos que, aplicados a la agricultura, mitigan el stress abiótico (generado por agua, radiación, temperatura o nutrientes), que hace que la formación del rendimiento se vea limitada. “Cuando aplicamos productos microbiológicos en el tratamiento de semillas de maíz, hay evidentes mejoras en el crecimiento (biomasa y rendimientos): mayor adaptación ambiental, mayor incorporación de carbono, mayor aprovechamiento de los recursos disponibles y complementariedad con la aplicación de fertilizantes y terápicos)”, señaló.

Para concluir, advirtió que las potenciales contribuciones integrales sobre los sistemas maiceros requieren contemplar dos factores clave: adaptaciones en las formas de aplicación y validaciones cuantitativas locales que tengan en cuenta la interacción microambiental. “Eso va a dar sentido a estas aplicaciones biológicas que estuvieron desde los egipcios hasta ahora”, concluyó.

Para culminar, Rodrigo Ramírez les consultó a los panelistas sobre si los biológicos son el apocalipsis para los químicos y sobre su “erraticidad”. Para Brichta, hay un cambio de paradigma: “Ahora podemos complementar y mirar la inocuidad; estamos entendiendo de qué se trata, hay que aunar esfuerzos”, dijo, y agregó que probablemente los biológicos sean como los probióticos para el consumo humano, que no reemplazan al antibiótico cuando se necesita. Por su parte, Tejerina recordó que la soja es el cultivo que mayor consumo de nitrógeno por tonelada tiene, y está en manos de una bacteria: “Es una tecnología que está incorporada, no hay un químico que reemplace un promotor de desarrollo radicular. En biocontroladores hay más competencia, pero creo que no son excluyentes, es un tema de tiempo”.

Por último, Díaz Zorita se refirió a la erraticidad de los resultados de los biológicos: “Hacemos biología desde que hacemos mejoramiento genético, y ahora queremos ir a microbiología. La erraticidad varía con las expectativas: para mí, los biológicos son muy estables porque sé que tienen 80% de eficacia. Son estables, tienen una consistencia medida, pero no tenemos que ponerlos a competir, porque complementan. Y ahí están las expectativas. Hoy el público pone expectativas sobre el secuestro de carbono, la mejora de porosidad del suelo, factores que acompañan al beneficio y que pueden ser mucho más consistentes”.

En ese sentido, dijo que “la palabra eficiencia va para todos lados: en biológicos, estamos viendo la eficiencia en si tenemos mejor desarrollo de raíces, porque, aunque no cosechemos raíces, el suelo las necesita para sostener los cultivos que siguen. En la Argentina, la sustentabilidad pasa por la física de suelo. En todas las zonas administramos agua: los biológicos nos ayudan a mejorar la capacidad de incorporación de agua, de consolidación del sistema poroso, de transmisión y de producir cualquier cultivo”, concluyó.

 

Maizar



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