o todas son malas noticias. Toda crisis trae aparejadas situaciones límites que pueden conducir a los aprendizajes colectivos menos esperados. El productor y presidente de Aapresid, José Luis Tedesco, reflexiona sobre los desafíos medioambientales que nos plantea la pandemia.
La aparición del virus COVID-19 dejó al desnudo las vulnerabilidades en los sistemas de salud a nivel mundial, a la vez que reveló la importancia y necesidad del rol del Estado en todas las esferas de la sociedad.
En este contexto de parate social y económico, nos vemos obligados a repensar el origen de la contaminación ambiental y su relación con el cambio climático. Las imágenes obtenidas desde los satélites de la NASA y de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés), dejaron en evidencia una drástica reducción de las emisiones de dióxido de nitrógeno (NO2) y de dióxido de carbono (CO2), los principales gases de efecto invernadero que son causantes de la degradación de la capa de ozono.
Los mapas troposféricos de Italia y China también aportaron evidencias empíricas sobre la errónea presión que se venía imponiendo sobre la producción agropecuaria que, dada su raíz biológica, durante todo este período no ha dejado de funcionar. “La cuarentena y el COVID-19 inducen a reflexionar sobre los modos y hábitos de consumo de la vida urbana. Cada ciudadano global, a la luz del conocimiento de base científica, junto a la transparencia que aporta la trazabilidad, y con alcance a todos los procesos productivos industriales, agroindustriales y de servicios, tiene el poder de hacer la diferencia”, destaca Tedesco.
El momento actual parece valorizar la producción proponiendo una reconfiguración responsable de la demanda por parte de cada uno de nosotros.