El lago Eyre, también conocido como Kati Thanda, sorprendió al mundo científico y al público general a comienzos de enero de 2026, cuando una imagen captada por satélites reveló que su superficie había quedado dividida en dos colores opuestos tras un episodio de lluvias excepcionales en el sur de Australia. El fenómeno, registrado desde el espacio, resulta relevante por su impacto visual, pero también por lo que revela sobre la interacción entre clima extremo, química del agua y vida microscópica en uno de los ecosistemas más singulares del planeta, según informó Infobae.
La postal aérea mostró una frontera cromática nítida: de un lado, extensas franjas verde-azuladas; del otro, un bloque rojo intenso que varía entre rosado y naranja según la luz. La división no responde a una línea artificial ni a un accidente geográfico visible, sino a procesos naturales que se activan solo en circunstancias excepcionales, cuando el lago —habitualmente seco— recupera agua tras años de aridez.
Ubicado en el punto natural más bajo de Australia, el lago Eyre es el mayor lago temporal del país y uno de los sistemas endorreicos más extremos del mundo. En su máxima expansión puede superar los 9.000 kilómetros cuadrados, pero la mayor parte del tiempo permanece como una planicie salina. Solo cuando lluvias extraordinarias alimentan su vasta cuenca, el lago vuelve a llenarse y a exhibir una actividad ecológica que permanece latente durante largos períodos.

Ese fue el escenario que se activó a partir de mayo de 2025, cuando lluvias torrenciales en el estado de Queensland desbordaron ríos que comenzaron a fluir hacia Kati Thanda. El aporte hídrico se extendió durante varios meses y permitió que el lago alcanzara niveles poco frecuentes, reactivando ciclos biológicos y químicos que rara vez pueden observarse en tiempo real.
Con el avance de la primavera austral, el aumento de las temperaturas aceleró la evaporación. Ese proceso, combinado con la elevada salinidad del suelo, fue determinante para explicar el contraste de colores que hoy asombra desde el espacio. A medida que el agua se reduce, los minerales se concentran y crean condiciones ideales para la proliferación de microorganismos halófilos, capaces de sobrevivir —y prosperar— en ambientes extremos.
En las zonas donde el agua mantiene mayor profundidad y menor concentración salina, predominan comunidades microbianas distintas, que reflejan la luz en tonos verdes y azulados. En cambio, en sectores más someros, donde la evaporación es más intensa, la salinidad alcanza niveles críticos y favorece el crecimiento de microalgas y arqueas que producen pigmentos carotenoides. Estos compuestos tiñen el agua de rojo, rosa o naranja, dando origen a la llamativa división cromática.
Entre las especies asociadas a este fenómeno se destacan organismos similares a Dunaliella salina, conocidos por su capacidad para generar betacarotenos en ambientes hipersalinos. La acumulación masiva de estos microorganismos actúa como un filtro natural que altera el color del agua y produce paisajes que, aunque efímeros, resultan de gran valor científico.
La nitidez de la frontera entre ambos colores llamó especialmente la atención de los investigadores. No se trata de una transición gradual, sino de una separación casi geométrica, visible incluso en imágenes satelitales de resolución media. Esa definición responde a pequeñas diferencias de profundidad, circulación del agua y composición química, que se amplifican en un sistema tan sensible a las variaciones climáticas.
Fenómenos similares se han registrado en otros lagos hipersalinos del mundo. El Great Salt Lake, en el estado de Utah, exhibe desde hace años una división cromática producto de diques y diferencias de salinidad, mientras que los estanques salineros de San Francisco son conocidos por sus tonos rosados y anaranjados. Sin embargo, el caso del lago Eyre resulta singular por su carácter temporal y por la escala del contraste, que aparece y desaparece en función de eventos climáticos extremos.
El episodio australiano también se inscribe en una serie de transformaciones recientes observadas en ecosistemas cerrados. En 2023, por ejemplo, el lago Van, en Turquía, mostró cambios drásticos al descender su nivel y dejar expuestas formaciones rocosas y estructuras microbianas poco conocidas. Estos eventos, aunque visualmente impactantes, funcionan como indicadores sensibles de variabilidad climática y permiten estudiar cómo responde la vida a condiciones límite.
En el caso del lago Eyre, la presencia de agua activa no solo procesos microscópicos, sino también cadenas ecológicas más amplias. Históricamente, los períodos de llenado han atraído aves, peces y otros organismos que permanecen ausentes durante las fases secas. Cuando el lago vuelve a evaporarse, gran parte de esa vida desaparece o entra en estado latente, a la espera de un nuevo ciclo de abundancia.
La duración del actual espectáculo cromático es incierta. Las condiciones del interior australiano, caracterizadas por altas temperaturas y escasas precipitaciones, aceleran el retroceso del agua. Datos históricos indican que, incluso tras llenados excepcionales, el proceso de secado puede extenderse durante meses o más de un año, aunque el contraste de colores suele ser transitorio y puede desvanecerse en pocas semanas.
Desde el punto de vista científico, la imagen registrada desde el espacio constituye un documento valioso. Permite observar en simultáneo procesos de evaporación, concentración salina y actividad biológica, y ofrece información clave para comprender la dinámica de los ecosistemas extremos. Además, refuerza el rol de la observación satelital como herramienta central para el monitoreo ambiental en regiones de difícil acceso.
Más allá de su valor científico, el fenómeno capturó la atención del público por su impacto estético. La división perfecta entre colores opuestos transformó al lago Eyre en un símbolo de la capacidad de la naturaleza para generar paisajes que parecen irreales, pero que responden a leyes físicas y biológicas precisas.

Mientras el nivel del agua continúa descendiendo, el lago vuelve lentamente a su estado habitual de quietud y sal. Sin embargo, la huella de este episodio permanece registrada y confirma el carácter del Eyre como un laboratorio natural único, donde clima, química y biología se combinan para crear escenas que solo existen por breves instantes en la escala del tiempo geológico.
Así, el lago Eyre reafirma su condición de gigante dormido: un espacio que pasa años en silencio y, de forma inesperada, despierta para mostrar uno de los espectáculos naturales más sorprendentes del planeta.