El uso de sustratos como medio de crecimiento se consolida como una herramienta estratégica para mejorar la calidad, la sanidad y la eficiencia productiva en viveros y cultivos intensivos de la Argentina. Investigaciones y experiencias técnicas desarrolladas por el INTA, presentadas en enero de 2026 durante la Exposición Anual de Floricultura, demostraron que el manejo adecuado del sustrato permite resolver limitantes estructurales del suelo, optimizar la nutrición vegetal y avanzar hacia sistemas más sustentables, tanto en producciones comerciales como en escalas menores.
A diferencia del suelo tradicional, el sustrato no es un recurso homogéneo ni universal. Se trata de un medio de crecimiento diseñado a partir de combinaciones específicas de materiales orgánicos e inertes, como turba, fibra de coco o perlita, que cumplen funciones precisas: permitir la correcta aireación de la raíz, retener agua sin provocar anegamientos y brindar sostén físico a la planta. Su composición varía según el cultivo, el tamaño del contenedor, la duración del ciclo productivo y las condiciones climáticas de cada región.
Los técnicos del INTA explicaron que uno de los principales aportes del uso de sustratos es la posibilidad de controlar variables que en el suelo resultan difíciles de manejar, especialmente el exceso de humedad. Muchas especies ornamentales y hortícolas son sensibles al encharcamiento radicular, una condición frecuente en zonas con suelos pesados o lluvias intensas. Al tratarse de un material más liviano y con mejor drenaje, el sustrato permite regular con mayor precisión tanto el riego como la provisión de nutrientes.
Uno de los casos más destacados es el del cultivo de gerbera, una flor de corte que históricamente se produjo en suelo y que presenta altos requerimientos de sanidad y calidad. Desde hace varios años, equipos técnicos del INTA trabajan en la adaptación de este cultivo a sistemas en sustrato, con resultados concretos en rendimiento y durabilidad. En los ensayos presentados se evaluaron seis variedades nuevas implantadas en sustratos formulados a medida, que lograron flores con una vida en florero superior a los 20 días y, en algunos casos, cercana a los 30 días.
Este desempeño responde a un manejo más eficiente de la nutrición y del sistema radicular. Al no existir un sustrato único ideal, las mezclas se ajustan según la región productiva, la calidad del agua disponible y el esquema de fertilización. En zonas cálidas y húmedas, por ejemplo, se priorizan combinaciones que favorecen el drenaje, mientras que en regiones más secas se busca una mayor capacidad de retención hídrica. Esta flexibilidad convierte al sustrato en una herramienta adaptable a diferentes escalas y realidades productivas.
Además del impacto en la calidad de las flores, el uso de sustratos aporta previsibilidad al sistema. Al trabajar con materiales controlados, se reduce la variabilidad asociada al suelo, como la presencia de patógenos, semillas de malezas o deficiencias estructurales. Esto se traduce en lotes más uniformes, menor pérdida de plantas y un producto final más homogéneo, aspectos clave para los mercados que demandan estándares constantes.
En paralelo al manejo productivo, el INTA presentó una innovación orientada a la economía circular: el colector solar para la recuperación y reutilización de sustratos. Esta tecnología permite extender la vida útil del material de descarte, tanto en establecimientos comerciales como en producciones a menor escala. El sistema consiste en la limpieza y homogeneización del sustrato usado, que luego se coloca en tubos metálicos negros dentro de una estructura de madera cubierta con polietileno transparente.
La exposición al sol durante una jornada completa genera un proceso de pasteurización térmica que elimina patógenos y semillas de malezas sin recurrir a productos químicos. A diferencia de métodos tradicionales, este sistema conserva los microorganismos benéficos del sustrato y reduce el impacto ambiental. La tecnología surge de investigaciones conjuntas con instituciones de Brasil y fue adaptada a las condiciones locales por los equipos técnicos argentinos.
El desarrollo de este tipo de soluciones responde a una demanda creciente del sector por prácticas más sustentables y eficientes. El costo de los insumos, la gestión de residuos y la presión ambiental obligan a repensar los esquemas productivos. En ese contexto, la reutilización de sustratos tratados con energía solar se presenta como una alternativa viable para reducir gastos y minimizar la huella ecológica.
Más allá de los resultados puntuales, los especialistas remarcaron que el éxito del sistema no depende de un insumo aislado, sino de una mirada integral. El sustrato funciona como una plataforma sobre la cual se articulan el riego, la fertilización, el manejo sanitario y el ambiente. Un diseño adecuado permite que la planta exprese su potencial genético y que el productor tome decisiones basadas en datos y no en correcciones tardías.
La incorporación de estas tecnologías también tiene impacto en la planificación productiva. Al contar con medios de crecimiento más estables y previsibles, es posible programar ciclos, escalonar cosechas y responder con mayor precisión a la demanda del mercado. En el caso de la floricultura, donde la calidad visual y la vida postcosecha son determinantes, estas mejoras se traducen directamente en valor comercial.
Las experiencias presentadas confirman que el futuro de los cultivos intensivos no se define solo en la parte aérea de la planta, sino en lo que ocurre debajo de la superficie. El manejo del sustrato deja de ser un aspecto secundario para convertirse en un factor estratégico, capaz de mejorar rendimientos, reducir riesgos y avanzar hacia sistemas productivos más sustentables y tecnificados. Mirar hacia abajo, coinciden los técnicos, es el primer paso para construir una producción de mayor calidad y resiliencia.