De plaga a factor ecológico: cómo los conejos modificaron millones de hectáreas en Australia

La introducción de solo 24 conejos europeos en el siglo XIX desencadenó uno de los mayores impactos ambientales y productivos de la historia agrícola australiana

De plaga a factor ecológico: cómo los conejos modificaron millones de hectáreas en Australia
lunes 12 de enero de 2026

La liberación de 24 conejos europeos en Australia, a mediados del siglo XIX, desencadenó un proceso de expansión biológica sin precedentes que modificó millones de hectáreas del territorio y dejó una huella profunda en la agricultura, los ecosistemas y las políticas de manejo ambiental. El fenómeno comenzó en 1859, cuando un colono británico introdujo los animales en el estado de Victoria, y se convirtió en uno de los casos más estudiados de especies invasoras por su velocidad de propagación y sus efectos sobre el suelo y la producción agropecuaria.

El hecho ocurrió en Barwon Park, cerca de Winchelsea, en el actual estado de Victoria, cuando Thomas Austin liberó conejos europeos con fines recreativos. En un contexto de abundante alimento, ausencia de depredadores naturales y condiciones climáticas favorables, la población creció de manera exponencial. En apenas unas décadas, los conejos habían colonizado gran parte del continente australiano, alterando paisajes, suelos y sistemas productivos.

Los registros históricos muestran que ya en 1866 se cazaron más de 14.000 conejos en una sola propiedad. Para 1880, la especie había cruzado el río Murray y avanzado hacia Nueva Gales del Sur; pocos años después alcanzó Queensland y, hacia finales del siglo XIX, atravesó el Nullarbor hasta llegar a Australia Occidental. En términos comparativos, la expansión del conejo en Australia fue una de las más rápidas jamás registradas para un mamífero terrestre.

De plaga a factor ecológico: cómo los conejos modificaron millones de hectáreas en Australia

El impacto sobre el suelo fue inmediato y profundo. La intensa actividad de pastoreo y excavación alteró la cobertura vegetal, modificó la estructura superficial y aceleró procesos de erosión en amplias zonas. En algunos casos, la presión sobre pastizales y cultivos degradó tierras productivas; en otros, la remoción constante del suelo generó cambios en la dinámica de nutrientes y en la composición de especies vegetales, transformando el funcionamiento de los ecosistemas.

Durante décadas, los conejos fueron considerados una amenaza directa para la agricultura y la ganadería. Competían con el ganado por el forraje, dañaban cultivos y afectaban la regeneración natural de los montes. Frente a esta situación, productores y autoridades ensayaron múltiples estrategias de control, desde la caza y el trampeo hasta sistemas de recompensas y métodos químicos. Sin embargo, ninguna de estas medidas logró frenar de manera efectiva su avance.

La respuesta más visible fue la construcción de extensos sistemas de vallas a prueba de conejos, que se convirtieron en una obra emblemática de la historia rural australiana. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, se levantaron cientos de miles de kilómetros de cercos para intentar contener la expansión de la especie. La más conocida de estas infraestructuras atravesó Australia Occidental de norte a sur, con más de 3.200 kilómetros de extensión.

A pesar de su escala, estas barreras no lograron erradicar el problema. Los conejos continuaron expandiéndose y adaptándose a distintos ambientes, desde zonas áridas hasta regiones agrícolas intensivas. Con el tiempo, el fenómeno comenzó a ser analizado desde una perspectiva más amplia, que incluyó no solo los daños productivos, sino también los cambios ecológicos de largo plazo.

De plaga a factor ecológico: cómo los conejos modificaron millones de hectáreas en Australia

Investigaciones posteriores señalaron que, en determinados contextos, la actividad de los conejos también contribuyó a modificar suelos compactados, incorporar materia orgánica y alterar la dinámica de regeneración vegetal. Estos efectos, lejos de ser uniformes, variaron según la región, el tipo de suelo y la presión poblacional. El caso australiano se transformó así en un ejemplo complejo de cómo una especie invasora puede generar impactos negativos severos, pero también procesos ecológicos difíciles de revertir.

En la actualidad, el estudio de este fenómeno es clave para comprender los desafíos de la gestión ambiental y la convivencia entre producción y naturaleza. Australia desarrolló programas de control biológico y manejo integrado que redujeron significativamente las poblaciones en algunas regiones, aunque el conejo sigue siendo parte del paisaje rural y un factor a considerar en la planificación productiva.

El caso también dejó enseñanzas para otros países sobre los riesgos de introducir especies exóticas sin evaluaciones previas. La velocidad con la que los conejos colonizaron dos tercios del continente australiano —en apenas 50 años— contrasta con los siglos que demandó su expansión en Europa y subraya la importancia del equilibrio ecológico.

De plaga a factor ecológico: cómo los conejos modificaron millones de hectáreas en Australia

Más de un siglo después, la historia de aquellos 24 conejos continúa siendo analizada por agrónomos, ecólogos y especialistas en suelos. Su impacto demuestra cómo decisiones aparentemente menores pueden desencadenar transformaciones profundas y duraderas en los sistemas productivos y ambientales. En un contexto global marcado por el cambio climático y la degradación de tierras, el caso australiano vuelve a cobrar relevancia como advertencia y como objeto de estudio para pensar modelos de producción más resilientes.



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