Un equipo de investigadores logró desarrollar un cerezo perenne, capaz de crecer activamente durante todo el año sin entrar en la dormancia invernal habitual de los frutales de carozo. El avance, alcanzado recientemente en centros de investigación españoles, representa un hito científico porque permite estudiar en detalle cómo se regulan los procesos biológicos vinculados al frío, un conocimiento clave para enfrentar los efectos del cambio climático sobre la producción frutícola a nivel global.
El hallazgo es relevante porque la mayoría de los frutales —como cerezos, durazneros y damascos— necesitan acumular determinadas horas de frío durante el invierno para lograr una floración regular en primavera. Sin ese proceso, conocido como latencia invernal, los árboles presentan floraciones desparejas, menor productividad y caída en la calidad del fruto. El aumento sostenido de las temperaturas en numerosas regiones productivas ya está reduciendo esas horas de frío, lo que genera preocupación en productores y técnicos.
El nuevo cultivar rompe con ese patrón biológico. Al mantenerse activo durante todo el año, ofrece una oportunidad inédita para observar procesos que, en condiciones normales, solo pueden analizarse durante ventanas muy breves del ciclo vegetativo. Para la comunidad científica, esto convierte al cerezo perenne en una verdadera plataforma experimental para comprender qué genes, hormonas y mecanismos fisiológicos intervienen en la regulación del crecimiento estacional.

Las investigadoras que lideran el proyecto, Ana Wünsch y Afif Hedhly, destacan que el valor principal de este desarrollo no está en su uso productivo inmediato, sino en su potencial como herramienta de conocimiento. Según explican, disponer de un cerezo que no entra en dormancia permite estudiar de manera continua cómo responde el árbol a distintos estímulos ambientales, desde variaciones de temperatura hasta cambios en la luz o en la disponibilidad hídrica.
Uno de los aspectos más relevantes es que este cultivar fue obtenido mediante mejoramiento vegetal tradicional, a partir de cruzamientos, selección y evaluación prolongada en el tiempo. No se trata de un organismo genéticamente modificado, sino del resultado de años de trabajo con métodos clásicos de genética aplicada, lo que refuerza su valor científico y su potencial aceptación dentro de distintos marcos regulatorios.
La importancia del avance se entiende mejor al observar el contexto productivo global. En regiones tradicionalmente frutícolas de Europa, América y Asia, el aumento de las temperaturas invernales ya está generando impactos concretos: retrasos o adelantos en la floración, menor cuaje de frutos y pérdidas económicas significativas. Contar con información precisa sobre cómo se inicia y se controla la dormancia puede ser decisivo para desarrollar en el futuro nuevas variedades más adaptadas a climas templados y cálidos.
Actualmente, una parte central del trabajo científico está enfocada en caracterizar qué ocurre dentro del árbol perenne a nivel fisiológico y molecular. La investigadora Nerea Martínez-Romera avanza en estudios que buscan identificar qué genes están activos de forma permanente, cuáles se inhiben y cómo se comporta el metabolismo del cerezo en ausencia de reposo invernal. Estos datos permitirán comparar el comportamiento del cultivar perenne con el de los cerezos tradicionales y extraer conclusiones aplicables a programas de mejora genética.
Los primeros resultados del proyecto ya fueron presentados en una revista científica internacional especializada en biología vegetal, lo que consolidó el interés de la comunidad académica. Para los especialistas, el desarrollo aporta evidencia sólida de que es posible repensar algunos paradigmas clásicos de la fruticultura y abre nuevas líneas de investigación sobre la plasticidad de los árboles frente al estrés climático.

Desde el punto de vista productivo, los propios investigadores aclaran que este cerezo no está pensado para reemplazar a las variedades comerciales actuales. Su función principal es científica: ayudar a comprender procesos complejos que hoy limitan la capacidad de adaptación de muchos cultivos. Sin embargo, el conocimiento que se genere podría traducirse, a mediano y largo plazo, en programas de mejoramiento más eficientes y en la creación de cultivares que requieran menos horas de frío para producir.
El impacto potencial de este tipo de avances excede al sector cerecero. Otros frutales de carozo, como el durazno, el damasco o el ciruelo, comparten mecanismos biológicos similares. Por eso, comprender en profundidad cómo se regula la dormancia en una especie modelo puede aportar herramientas para toda la fruticultura de clima templado, un sector estratégico para la seguridad alimentaria en numerosos países.
En un escenario global marcado por la incertidumbre climática, la investigación aplicada a la agricultura adquiere un valor estratégico. La capacidad de anticipar problemas, generar conocimiento y desarrollar soluciones sostenibles será determinante para sostener la producción de alimentos en las próximas décadas. El cerezo perenne representa, en ese sentido, mucho más que una curiosidad botánica: es una puerta abierta hacia una fruticultura más resiliente.

Los especialistas coinciden en que comprender cómo los árboles regulan su crecimiento, cómo responden al estrés térmico y cómo pueden adaptarse a nuevas condiciones ambientales será uno de los grandes desafíos científicos del siglo XXI. Y en ese camino, este “cerezo que no duerme” ya se perfila como una herramienta clave para descifrar los límites y las oportunidades de la naturaleza frente al cambio climático.