Casa de Piedra, La Pampa. En una región históricamente asociada a la ganadería y a los cultivos extensivos, una familia decidió hace cuatro años apostar por un fruto poco habitual en la Argentina: el pistacho. El proyecto, liderado por los Gutiérrez a través de la empresa PampaPist, comenzó en 2021 en el sur pampeano y hoy muestra resultados concretos, con plantas que ya florecieron y semillaron. La iniciativa resulta relevante porque no solo valida la viabilidad del cultivo en la zona, sino que además impulsa la conformación de un nuevo polo productivo en un contexto de fuerte demanda mundial.
Según informó La Nación, en una nota publicada y firmada por Mariana Reinke, el emprendimiento se desarrolla en Casa de Piedra, sobre una chacra de 28 hectáreas bajo riego, donde el pistacho encontró condiciones de suelo, clima y agua adecuadas para su crecimiento. A cuatro años de la implantación inicial, los resultados alentaron a otros productores y generaron un efecto multiplicador en la región.

El origen del proyecto no estuvo vinculado inicialmente a La Pampa, sino a una experiencia familiar en Europa. La historia comenzó cuando Agustina Gutiérrez, tras un viaje, decidió radicarse en Francia, donde conoció a su pareja, proveniente de una familia española pionera en la reconversión de olivares a pistachos en la región de Guadalajara, en España. Ese modelo productivo, que en su momento parecía atípico, terminó transformando a esa zona en una de las principales áreas pistacheras de la Unión Europea.
Ese antecedente despertó el interés de la familia en la Argentina. “Hace como una década cuando mi hermana vino con su pareja a conocer, trajeron bolsas de pistachos en sus valijas; nosotros no habíamos comido nunca, y la realidad es que se enloqueció la familia”, recordó Santiago Gutiérrez, socio y gerente de PampaPist, en declaraciones a La Nación, en la entrevista firmada por Mariana Reinke.
A partir de esas visitas y charlas familiares, la idea de producir pistachos pasó de ser una curiosidad a un proyecto concreto. Los Gutiérrez comenzaron a recorrer distintas regiones productivas del país, con especial atención en San Juan, la provincia con mayor desarrollo del cultivo, y también en Mendoza. Sin embargo, la decisión final fue mantener el proyecto en su provincia de origen. “Como somos oriundos de La Pampa y vivimos en Santa Rosa, para nosotros la idea siempre fue que el proyecto sea en alguna zona de la provincia”, explicó Santiago Gutiérrez a La Nación.

La elección de Casa de Piedra no fue casual. El desarrollo del sistema de riego, que utiliza agua del río Colorado, resultó un factor clave. El esquema incluye infraestructura de bombeo y purificación que permite llevar agua limpia y con presión directamente a cada lote, lo que reduce costos y mejora la eficiencia productiva. Esta ventaja comparativa fue determinante para avanzar con la inversión.
La familia adquirió una parcela de 28 hectáreas e inició la implantación de manera escalonada. Primero cuatro hectáreas, luego ocho, hasta completar la superficie actual. Con el tiempo, no solo consolidaron su propia finca, sino que también impulsaron el crecimiento del cultivo en la zona. “Fuimos los pioneros en implantar pistachos en la región, pero enseguida se generó un efecto de bola de nieve”, señaló Gutiérrez a La Nación. Según detalló, actualmente ya hay más de 300 hectáreas implantadas en Casa de Piedra y existen solicitudes para sumar otras 300 hectáreas adicionales.
El crecimiento proyectado refuerza la idea de un polo productivo en formación. “Esto va a crecer exponencialmente hasta convertirse en un polo de pistachos. Ahora solo se ve la punta del iceberg”, afirmó el socio de PampaPist, en referencia al boom global que atraviesa el cultivo y a la brecha existente entre oferta y demanda.

La empresa tiene un marcado perfil familiar. Está integrada por Fernando Gutiérrez, abogado y padre de la familia, junto a sus seis hijos, cada uno con distintas formaciones profesionales. Además de Santiago y Agustina, participan Lucas Gutiérrez, anestesista, y Juan Manuel, Felipe e Ignacio Gutiérrez, estudiantes. “Es un emprendimiento totalmente familiar”, resumió Santiago en la entrevista con La Nación.
El aprendizaje fue en gran medida autodidacta. La familia se apoyó en bibliografía técnica, videos especializados, artículos académicos y, especialmente, en el seguimiento del modelo español. El objetivo siempre fue replicar un esquema asociativo. “Nuestra idea es armar una cooperativa, donde las máquinas se asignen por turnos y después trabajar de manera conjunta para la comercialización”, explicó Gutiérrez.
Actualmente, PampaPist produce sus propios portainjertos, realiza injertos, podas y brinda asesoramiento a nuevos productores. En total implantaron alrededor de 8000 plantas, con una tasa de supervivencia que superó las expectativas. “No registramos ninguna planta muerta”, destacó.
Aunque las plantas ya dieron frutos, la familia decidió retirarlos para priorizar la formación de los árboles. La producción comercial comenzará en los próximos años, con una clara orientación a la exportación. Según indicaron, el mercado interno absorbe solo una pequeña parte del volumen, mientras que la mayor demanda proviene del exterior.

En términos económicos, el cultivo presenta números atractivos. El costo de implantación en Casa de Piedra ronda los US$18.000 por hectárea, incluida la tierra, un valor sensiblemente inferior al de otras regiones como San Juan. La recuperación de la inversión se estima a partir del séptimo año, con rindes proyectados de 3000 kilos por hectárea y precios internacionales que se mantienen estables.
En un contexto global donde el pistacho se consolida como un producto en auge, la experiencia de los Gutiérrez en el sur de La Pampa muestra que la diversificación productiva también puede ser una estrategia de desarrollo regional. En Casa de Piedra, una apuesta que parecía improbable empieza a consolidarse como una nueva alternativa para el agro argentino.