El sorgo vuelve al centro del mapa agrícola como respuesta a la presión climática y la demanda industrial

La estabilidad productiva, los avances genéticos y el interés global por biomasa renovable impulsan al sorgo en sistemas agrícolas cada vez más exigidos

El sorgo vuelve al centro del mapa agrícola como respuesta a la presión climática y la demanda industrial
viernes 23 de enero de 2026

El sorgo vuelve a ganar protagonismo en la agricultura global en 2026, impulsado por productores, industrias y gobiernos que buscan estabilidad productiva, resiliencia climática y biomasa confiable para una economía en proceso de descarbonización. El fenómeno se observa en regiones tan diversas como Sudamérica, Australia y Asia, y resulta relevante porque redefine los criterios con los que hoy se evalúan los cultivos: ya no solo por su techo de rendimiento, sino por su capacidad de sostener oferta en contextos de alta incertidumbre climática y económica. El análisis forma parte de un trabajo publicado por un medio especializado del sector agroindustrial, que pone el foco en el cambio estructural que atraviesa la producción de granos, se expresa Bioeconomia.info

La agricultura ingresó en una etapa marcada por mayor variabilidad climática, eventos extremos más frecuentes y márgenes productivos más ajustados. Si bien la genética, la biotecnología y el manejo agronómico permitieron alcanzar rindes impensados décadas atrás, el sistema económico empezó a exigir algo más que volumen: sostenibilidad verificable, menor huella de carbono y capacidad de aportar insumos a industrias que buscan reemplazar componentes fósiles sin frenar su actividad. En ese cruce de demandas, la confiabilidad de los sistemas productivos pasó a ocupar un lugar central.

En escenarios más previsibles, la discusión agronómica solía girar alrededor del rendimiento máximo. Hoy, en cambio, gana peso otra pregunta: qué tan estable es un cultivo cuando el año se complica. En la Argentina, esa lógica explica en parte la expansión del maíz tardío, que pasó de ocupar cerca del 20% del área a más de la mitad en las últimas campañas. En ese mismo marco conceptual, el sorgo reaparece como una alternativa estratégica para reducir riesgos y amortiguar la variabilidad.

Un cultivo ancestral con ventajas actuales

Domesticado en África hace más de cinco mil años, el sorgo se desarrolló históricamente en ambientes restrictivos, con déficit hídrico, altas temperaturas y suelos de baja fertilidad. Esa adaptación le otorgó una tolerancia natural al estrés hídrico y térmico, que hoy se traduce en rendimientos más estables allí donde otros cultivos fallan. Durante siglos fue el sustento de comunidades que no podían permitirse el fracaso productivo, una característica que vuelve a cobrar valor en la agricultura contemporánea.

A esa base agronómica se sumaron en los últimos años mejoras genéticas significativas, como mayor tolerancia a plagas, avances en sanidad y un manejo técnico más ajustado. El resultado es un cultivo que conserva su rusticidad, pero con un desempeño más predecible y adaptable a sistemas intensivos. Esa combinación es la que algunos especialistas definen como “rusticidad inteligente”, una cualidad que despierta interés más allá del ámbito agrícola.

Brasil: etanol y contratos industriales

El avance del sorgo no es un fenómeno aislado ni local. En Brasil, la fuerte expansión de la producción de etanol a partir de granos empujó la búsqueda de materias primas capaces de sostener oferta en regiones con restricciones hídricas, especialmente durante el invierno. En ese contexto, el sorgo se consolidó como complemento del maíz, respaldado por un incentivo clave: contratos industriales de compra firme.

Según datos del sector, la producción brasileña alcanzó 6 millones de toneladas en la campaña 2024/25, el doble que apenas tres años antes. El crecimiento responde tanto a su desempeño agronómico como a la previsibilidad comercial que ofrece a los productores, en un esquema donde la industria energética necesita volumen constante para operar de manera eficiente.

Australia: seguridad energética y resiliencia

En Australia, el interés por el sorgo surge desde otro ángulo: la seguridad energética. El país depende de importaciones para más del 90% de su consumo de combustibles, con rutas de abastecimiento que atraviesan zonas geopolíticamente sensibles del sudeste asiático. Frente a ese escenario, el gobierno comenzó a mirar al agro como parte de una estrategia de abastecimiento interno.

En los últimos años se abrió una consulta nacional para diseñar una estrategia de materias primas para bioenergía, acompañada por inversiones en programas de combustibles más limpios. Allí, el sorgo aparece como una opción lógica: es un cultivo ya instalado en el país, adaptado a condiciones restrictivas y compatible con rutas industriales basadas en alcoholes, que requieren una oferta estable de biomasa.

Japón: simbolismo y biocombustibles

El caso de Japón aporta una dimensión simbólica al fenómeno. En Okuma, una de las localidades afectadas por el desastre nuclear de Fukushima en 2011, la automotriz Toyota impulsa un proyecto basado en sorgo para la producción de biocombustibles de bajo costo. Desde 2022, la compañía trabaja con 88 variedades del cultivo, con el objetivo de maximizar biomasa y azúcares destinados a la elaboración de bioetanol.

La imagen es potente: un cultivo capaz de prosperar en suelos degradados, en zonas marcadas por la contaminación y la evacuación, convertido en insumo para una estrategia energética más eficiente. Más allá del simbolismo, el proyecto refleja un interés concreto por materias primas que puedan sostener producción en contextos adversos.

Un patrón común en distintos sistemas

Aunque los casos de Brasil, Australia y Japón responden a realidades productivas y geopolíticas distintas, comparten una estructura común. Por un lado, una agricultura sometida a mayor presión climática y económica. Por otro, una economía global que demanda descarbonización acelerada, con sustitución progresiva de insumos fósiles en energía, transporte y procesos industriales.

En ese cruce, la estabilidad productiva se convierte en un activo estratégico. Los cultivos capaces de ofrecer biomasa de manera confiable, aun bajo estrés, ganan espacio frente a aquellos que maximizan rindes solo en escenarios ideales. El sorgo encaja en ese nuevo paradigma con una consistencia que explica su revalorización.

Cambio de criterios en la agricultura

El renovado interés por el sorgo no responde a una moda pasajera, sino a un cambio de criterios en la toma de decisiones productivas. Cuando el margen de error se achica y la variabilidad se vuelve la norma, la confiabilidad del sistema pesa tanto como el potencial productivo. Al mismo tiempo, la industria busca insumos agrícolas que le permitan cumplir objetivos ambientales sin comprometer costos ni continuidad operativa.

En ese contexto, el crecimiento del sorgo funciona como un indicador del momento que atraviesa el sistema agroindustrial. La demanda de descarbonización no se detiene, y los cultivos capaces de sostener oferta bajo condiciones exigentes tienden a ganar protagonismo. El sorgo, con su combinación de adaptación histórica, mejoras tecnológicas y demanda industrial, ocupa hoy ese lugar en el tablero global.

 



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