Santa Cruz dio un paso inédito en la Argentina al poner en marcha el primer cultivo experimental de macroalgas marinas del país, una iniciativa impulsada por la Fundación Por el Mar que apunta a proteger el ecosistema patagónico, generar conocimiento científico y sentar las bases de una nueva actividad productiva vinculada a la economía azul. El proyecto se desarrolla en Puerto San Julián, cuenta con respaldo del Estado provincial y resulta relevante porque propone producir sin depredar los llamados bosques submarinos, claves para la biodiversidad del Atlántico Sur.
La experiencia, según se informó en LMNeuquen, es la primera en su tipo en territorio nacional y se centra en el cultivo del huiro gigante o cachiyuyo (Macrocystis pyrifera), una macroalga parda que forma extensas estructuras submarinas y cumple un rol central en el equilibrio ecológico del mar patagónico. A diferencia de la recolección directa, el esquema se basa en un sistema controlado de siembra, crecimiento y cosecha parcial, lo que permite sumar valor sin presionar el ambiente natural.
La iniciativa es impulsada por la Fundación Por el Mar (PEM) y cuenta con el acompañamiento de la Secretaría de Estado de Pesca y Acuicultura y el Consejo Agrario Provincial. En las últimas semanas, representantes de la ONG mantuvieron reuniones de trabajo con autoridades provinciales para consolidar líneas de acción y fortalecer el cultivo de macroalgas como uno de los ejes estratégicos de la llamada economía azul, un concepto que promueve el uso sostenible de los recursos marinos.

La bióloga Milagros Schiebelbein y Jonathan Behm se ocupa del desarrollo de la infraestructura en el mar.
El proyecto se desarrolla en una zona donde el mar históricamente estuvo asociado a la pesca y al paisaje, pero que ahora empieza a pensarse también como un espacio de innovación productiva y científica. En ese marco, la granja de algas aparece como una alternativa concreta para diversificar la matriz económica local y generar oportunidades de empleo vinculadas al conocimiento y la conservación.
El cachiyuyo es una de las especies más importantes del ecosistema marino patagónico. Forma verdaderos bosques submarinos que funcionan como refugio, área de alimentación y espacio de reproducción para numerosas especies de peces, invertebrados y mamíferos marinos. En condiciones favorables, puede alcanzar entre 40 y 70 metros de longitud y registrar crecimientos de hasta 50 centímetros por día, lo que lo convierte en uno de los organismos de mayor desarrollo del océano.
Desde el Gobierno provincial remarcan que el eje del proyecto es producir sin “deforestar” el bosque natural. El cultivo controlado permite reducir la presión sobre las poblaciones silvestres, al tiempo que abre la posibilidad de generar insumos para distintas industrias sin comprometer el equilibrio ambiental.
La granja piloto se instaló en mayo y, en pocos meses, las algas cultivadas ya superaron los 3,5 metros de altura. De acuerdo con los registros iniciales, se observaron tasas de crecimiento cercanas a los 40 centímetros por semana, lo que confirma el potencial productivo de la especie en aguas santacruceñas.

Detrás del avance hay un esquema técnico que combina laboratorio, criadero y mar abierto. El proceso comienza con la germinación de esporas en bateas con agua de mar filtrada y temperatura controlada. Una vez que las algas alcanzan unos pocos centímetros, se trasladan al mar, donde se instalan mediante un sistema de cuerdas y boyas tipo “longline”, ancladas a determinada profundidad.
La bióloga Milagros Schiebelbein está a cargo del laboratorio y del seguimiento científico del cultivo, mientras que Jonathan Behm coordina el desarrollo de la infraestructura marina junto a un equipo de voluntarios. El trabajo en conjunto permite evaluar el crecimiento, la resistencia de las algas y su adaptación a las condiciones locales.
La próxima etapa del proyecto contempla una cosecha parcial: una parte de las algas será recolectada, mientras que otra quedará en el agua para observar hasta dónde se extiende el crecimiento y en qué momento comienza a disminuir. Esta información será clave para definir futuros protocolos productivos y ambientales.
Además del componente productivo, la iniciativa tiene un fuerte perfil educativo. Desde la Fundación adelantaron que los aprendizajes y resultados del proyecto se compartirán con escuelas y universidades, como parte de una estrategia de concientización sobre conservación marina y uso sostenible del mar.
El interés por el cultivo de macroalgas no es exclusivo de Santa Cruz. A nivel global, esta actividad registró un crecimiento exponencial en las últimas décadas. Especialistas citados por Agrolink señalan que la producción mundial se multiplicó más de 60 veces desde mediados del siglo XX, y que el mercado alcanzó un valor estimado de 17.000 millones de dólares en 2021.
Las algas marinas se utilizan en alimentos, farmacéutica, cosmética, bioplásticos y otros desarrollos industriales. Sin embargo, ese crecimiento también encendió alertas: en distintas regiones del mundo se registró una reducción significativa de los bosques de macroalgas, producto del cambio climático y de prácticas extractivas intensivas.
En ese contexto, el modelo que se ensaya en Puerto San Julián busca diferenciarse: producir desde el cultivo y no desde la extracción, con una lógica de equilibrio entre economía y ambiente.
Para Santa Cruz, el proyecto representa algo más que una experiencia científica. El objetivo de fondo es que el mar vuelva a ser una fuente de trabajo y arraigo para las comunidades costeras, sumando una cadena productiva nueva sin poner en riesgo el ecosistema.
La primera cosecha piloto, prevista para febrero, será una instancia clave para evaluar resultados y definir los próximos pasos. Si la experiencia se consolida, Puerto San Julián podría transformarse en el punto de partida de un modelo replicable en otros sectores del litoral patagónico.
En un escenario donde la sostenibilidad gana peso en las agendas productivas, la granja de algas de Santa Cruz se posiciona como un caso testigo de economía azul aplicada, con potencial para combinar ciencia, conservación y desarrollo local en el mar argentino.