A 160 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires, sobre la Ruta Provincial 36, Pipinas se transformó en un caso emblemático de reconversión productiva en el interior bonaerense: pasó de depender casi exclusivamente de una fábrica de cemento a convertirse en un polo de desarrollo científico vinculado a la actividad espacial y, en paralelo, en un destino de turismo alternativo que combina naturaleza, historia y propuestas culturales. El pequeño pueblo, que hoy tiene entre 1.100 y 1.200 habitantes, ganó proyección nacional cuando fue bautizado como “la NASA argentina”, un apodo que sintetiza una etapa clave de su historia reciente y explica su singularidad dentro del mapa turístico de la provincia.
El origen de Pipinas está estrechamente ligado a la actividad industrial. La localidad nació y creció alrededor de Corcemar, una fábrica de cemento inaugurada en 1938 que durante décadas fue una de las plantas más modernas de Sudamérica y el principal motor económico y social del pueblo. La empresa no solo generaba empleo directo, sino que estructuraba la vida cotidiana de la comunidad. Ese modelo se quebró con la crisis de 2001, cuando la cementera cerró sus puertas y dejó a la localidad sumida en una profunda incertidumbre económica y demográfica.

Lejos de desaparecer, Pipinas inició un proceso de resiliencia y transformación. Tras algunos años de declive, vecinos y actores locales comenzaron a impulsar una reconversión basada en el turismo provincial, aprovechando el entorno natural y el patrimonio histórico e industrial. Calles de tierra, arboledas que forman túneles de sombra y una notable diversidad de aves se convirtieron en parte del atractivo para quienes buscan escapadas tranquilas, lejos de los grandes centros urbanos.
Uno de los ejes de esa propuesta es el sendero “Cenizas del Recuerdo”, un recorrido educativo y cultural que reconstruye la historia productiva y social del pueblo a través del paisaje y el arte. El circuito incluye restos emblemáticos del pasado industrial, como la chimenea de la ex Corcemar, que funciona como símbolo del origen fabril y del posterior proceso de reconversión. La iniciativa permite a los visitantes comprender cómo la identidad local se fue adaptando a los cambios económicos.
La oferta cultural se amplía con el Museo a Cielo Abierto Pipinas (MAPI), integrado por 17 murales que narran distintas etapas de la vida del pueblo. Las obras retratan desde la ruralidad inicial hasta la llegada del polo espacial, e incluyen referencias a figuras históricas de la región, como el cacique Cangapol, quien en el siglo XVIII lideró resistencias indígenas en la zona. Este museo urbano se convirtió en uno de los principales puntos de interés para el turismo cultural.

El alojamiento también forma parte de la experiencia. Los visitantes pueden hospedarse en el antiguo edificio de la fábrica, hoy reconvertido en hotel y gestionado por una cooperativa local. El espacio recibe desde grupos de jubilados hasta participantes de retiros de escritura, yoga y actividades recreativas. Su comedor ofrece una carta sencilla y tradicional, con platos caseros que refuerzan la identidad comunitaria del lugar.
La denominación de Pipinas como “la NASA argentina” se explica por un proyecto que marcó un antes y un después en la historia reciente del pueblo. Desde 2014, en el predio de la ex Corcemar se instaló el Centro Espacial Punta Indio, un complejo destinado a ensayos técnicos y pruebas del programa espacial nacional. Allí se desarrolló el proyecto Tronador II, orientado a la creación de un vehículo lanzador de satélites, con la participación de ingenieros y técnicos de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE).
Durante esos años se realizaron pruebas suborbitales, ensayos de motores, integración de prototipos y controles de lanzamiento, actividades inusuales para una localidad rural de estas características. En total se concretaron dos lanzamientos, uno de los cuales resultó exitoso. La presencia de científicos, técnicos especializados y equipamiento de alta complejidad transformó la dinámica cotidiana del pueblo y despertó la curiosidad del país, dando origen al apodo que todavía identifica a Pipinas.
Si bien el proyecto espacial ya no tiene la intensidad de sus primeros años, su legado permanece visible. En la entrada del pueblo se exhibe una réplica del cohete Tronador II, que funciona como atractivo turístico y recordatorio de una etapa en la que Pipinas ocupó un lugar estratégico dentro de la ciencia y la tecnología argentinas. Durante un tiempo, incluso, se ofrecieron recorridos guiados para explicar el funcionamiento del centro y los objetivos del programa espacial.
Hoy, Pipinas articula su identidad entre ese pasado industrial, la experiencia científica y una propuesta turística enfocada en la naturaleza, la historia y la cultura local. El pueblo recibe visitantes durante todo el año, especialmente fines de semana y feriados, atraídos por la tranquilidad del entorno, la posibilidad de realizar caminatas, recorridos culturales y escapadas de corta distancia desde el Área Metropolitana de Buenos Aires.

La cercanía con la capital —apenas 160 kilómetros— convierte a Pipinas en una opción accesible para quienes buscan una experiencia diferente sin realizar largos viajes. En ese sentido, la localidad se suma a un conjunto de pueblos bonaerenses que encontraron en el turismo de cercanía una vía de desarrollo económico y social.
El caso de Pipinas ilustra cómo una comunidad pequeña puede redefinir su perfil productivo tras la pérdida de su principal fuente de empleo, combinando memoria industrial, innovación científica y turismo alternativo. De la fábrica de cemento al centro espacial, y de allí a un destino que invita a recorrer su historia a cielo abierto, el pueblo logró construir un relato propio que hoy despierta interés más allá de la región.
Según informó TN, Pipinas se consolidó como un ejemplo de reconversión local en la provincia de Buenos Aires, donde el pasado industrial y el desarrollo científico se integran a una propuesta turística que pone en valor el patrimonio y la identidad comunitaria.