El azafrán, la especia más costosa del planeta y uno de los símbolos agrícolas del valle de Cachemira, atraviesa una de las peores crisis productivas de su historia debido al cambio climático, la sequía prolongada, el aumento de temperaturas y la presión de plagas y fauna silvestre. La situación afecta a miles de agricultores, compromete la continuidad de un cultivo central para la economía local y pone en duda la supervivencia de una tradición que se remonta a siglos, según informó National Geographic.
La alarma se encendió tras las cosechas de 2024 y 2025, consideradas las más bajas desde que existen registros modernos. En ese período, la producción regional alcanzó mínimos históricos y acumuló una caída del 68% en los últimos 20 años, de acuerdo con estimaciones de productores y especialistas. El epicentro del problema se localiza en Cachemira, una región del Himalaya occidental donde el azafrán no es solo un cultivo: es identidad, cultura y sustento.

En localidades como Pampore, conocida como la “capital del azafrán”, los campos que durante generaciones se cubrían de flores púrpuras en otoño hoy muestran parcelas casi vacías. Agricultores veteranos describen jornadas de cosecha reducidas a apenas un par de horas, cuando históricamente se extendían desde el amanecer hasta el anochecer. La sequía excepcional registrada entre fines de octubre y comienzos de noviembre fue determinante para el derrumbe productivo.
“El azafrán es un regalo de Dios, y su éxito depende de cómo interactúan las personas entre sí, consigo mismas y con la naturaleza”, explicó Noor Mohd Bhat, agricultor octogenario y referente local, al describir un escenario que muchos en la comunidad califican como sin precedentes. Para productores como él, el colapso de la cosecha es una señal de desequilibrios profundos entre la actividad humana y el entorno natural.

El azafrán se obtiene de los estigmas rojos de la flor Crocus sativus, que florece solo durante unas 36 horas al año. No existe mecanización posible: la recolección es manual, intensiva y requiere de mano de obra familiar. Se necesitan alrededor de 50 flores para producir una sola cucharadita, y una onza de azafrán de Cachemira puede alcanzar valores cercanos a los USD 1.000 en el mercado internacional. Esa ecuación de alto valor y baja escala hace que cualquier variación climática tenga efectos devastadores.
Los científicos locales señalan que los patrones de lluvia y temperatura en el Himalaya occidental cambiaron de forma sostenida. Estudios recientes muestran incrementos significativos de temperatura y una mayor irregularidad en las precipitaciones: menos lluvias suaves y más eventos extremos, como inundaciones repentinas seguidas de períodos prolongados de sequía. Estas condiciones afectan directamente el desarrollo de los bulbos de azafrán, que requieren climas frescos y secos con lluvias intermitentes.

A ese escenario se suma el avance de plagas y animales herbívoros, como los puercoespines, que encuentran menos alimento en su hábitat natural debido a la deforestación y a los cambios climáticos. Empujados hacia las áreas cultivadas, estos animales dañan los bulbos y reducen aún más la superficie productiva. “El clima errático y la pérdida de bosques están alterando todo el equilibrio ecológico”, explican investigadores que trabajan en la zona.
La dimensión científica del problema es clave. Shubli Bashir, cultivadora de cuarta generación y estudiante de doctorado en la Universidad Sher e Kashmir, investiga los compuestos fitoquímicos que hacen único al azafrán de Cachemira. “La crocina define el color, el picroceno el sabor y el safranal el aroma. Cuando se cultiva y procesa correctamente, el azafrán de Cachemira concentra niveles excepcionales de los tres”, explicó. Esa combinación explica por qué la especia local es considerada una de las más codiciadas del mundo.

La importancia del cultivo excede lo económico. El azafrán forma parte de la historia cultural de la región desde hace al menos 800 años. Es un ingrediente central del Wazwan, el tradicional banquete de decenas de platos asociado a celebraciones y rituales, y del kawha, un té aromático que se difundió por Asia Central. Leyendas locales atribuyen su llegada a santos sufíes en el siglo XIII, aunque estudios paleobotánicos sitúan su domesticación original hace unos 3.500 años, probablemente en Grecia o Persia, desde donde se expandió por rutas comerciales.
Hoy, aunque Irán concentra la mayor parte de la producción global, Cachemira mantiene un prestigio singular por la calidad y el perfil sensorial de su azafrán. Agricultores de Grecia y Marruecos reconocen a la región como una de las fuentes históricas más finas de la especia. Esa reputación, sin embargo, está hoy en riesgo.
Frente a la crisis, agricultores y autoridades ensayan estrategias de adaptación. Algunas iniciativas exploran el cultivo en interiores o en entornos controlados, con tecnologías que permiten regular temperatura y humedad. Otras apuestan a métodos tradicionales: rotación de cultivos, clasificación manual de bulbos, reducción del uso de fertilizantes químicos y pesticidas, y prácticas que buscan preservar la fertilidad del suelo. “Son soluciones parciales; necesitaremos varias temporadas para saber si funcionan”, advierten los expertos.

El impacto social es evidente. Muchos productores complementan la agricultura con otras profesiones para sostener a sus familias, pero regresan cada otoño para intentar salvar la cosecha. “No es rentable hoy, pero seguimos viniendo por tradición”, explicó un agricultor local. Esa persistencia refleja el vínculo identitario con el azafrán, incluso en medio de la incertidumbre.
La crisis del “oro rojo” de Cachemira es un caso testigo de cómo el cambio climático afecta a cultivos de alto valor y baja resiliencia. A diferencia de los granos extensivos, el azafrán no admite desplazamientos rápidos de zona ni escalas industriales. Su futuro depende de microclimas específicos que hoy están cambiando con rapidez.
Para los investigadores, la lección es clara: sin políticas de adaptación, inversión en ciencia aplicada y una gestión ambiental integral, la continuidad del cultivo está en peligro. El desafío no es solo preservar un producto de lujo, sino proteger una economía local y una tradición cultural que ha sobrevivido a conflictos, cambios políticos y transformaciones históricas.
Mientras tanto, en los campos de Pampore, las familias siguen reuniéndose cada otoño, aun cuando las flores escasean. Para ellas, el azafrán sigue siendo un símbolo de renacimiento: florece cuando todo parece marchitarse. Que ese símbolo sobreviva dependerá de la capacidad de adaptarse a un clima que ya no es el de antes.