El faro del Cabo San Pío, uno de los puntos más australes de la Argentina y del continente americano, se alza en un entorno extremo de la Patagonia fueguina, dentro de la península Mitre, a unos 40 kilómetros al este de Ushuaia. Inaugurado en 1919 y activo desde hace más de un siglo, este faro centenario cumple un rol clave para la navegación en una de las zonas marítimas más complejas del Atlántico Sur. Su relevancia no solo radica en su ubicación estratégica, sino también en el desafío que implica llegar hasta allí: el acceso es exclusivamente a pie, a través de un trekking de alta exigencia que atraviesa territorios prácticamente vírgenes.
Según informó TN, el Cabo San Pío se encuentra en una de las regiones más aisladas del país, sin caminos, rutas ni servicios turísticos formales. La única manera de alcanzar el faro es mediante una caminata de más de 50 kilómetros por terrenos irregulares, que incluyen turberas, ríos de cauce variable, playas solitarias y acantilados expuestos a vientos constantes. El recorrido demanda varios días y una planificación rigurosa, lo que lo convierte en una experiencia reservada a excursionistas con preparación física, conocimiento técnico y acompañamiento especializado.

El faro fue durante décadas uno de los últimos del país en contar con personal residente. Torreros y sus familias vivieron allí en condiciones de aislamiento extremo, enfrentando inviernos prolongados, clima impredecible y una geografía hostil. Esa historia le otorga un valor patrimonial singular, además de su función marítima. Hoy, aunque gran parte de los faros argentinos se encuentran automatizados, el de Cabo San Pío sigue siendo un símbolo de presencia humana en el límite sur del territorio continental.
El paisaje que rodea al faro refuerza su carácter inhóspito. El mar suele presentarse agitado, con corrientes intensas y oleaje constante, mientras que el cielo cambia de aspecto varias veces al día. La vegetación es baja y resistente, adaptada a suelos saturados de agua y a condiciones climáticas severas. A lo largo del trayecto, no es raro avistar fauna marina y aves propias del extremo sur, como cormoranes, cóndores, delfines y, en ciertas épocas, ballenas que acompañan el recorrido desde el mar.

La caminata atraviesa campos privados y zonas de difícil orientación, por lo que las autoridades y operadores especializados recomiendan realizarla con guías habilitados. La combinación de clima cambiante, largas distancias sin refugios y ausencia total de infraestructura convierte a este trekking en uno de los más exigentes de la Argentina. No se trata de una excursión recreativa convencional, sino de una travesía que pone a prueba la resistencia física y la capacidad de adaptación de quienes se internan en estas tierras del fin del mundo.
La existencia de lugares como el Cabo San Pío se vincula con otros enclaves extremos del planeta, donde la presencia humana es mínima o transitoria. Regiones como la Antártida, ciertos desiertos o islas aisladas comparten esa condición de frontera natural, donde la naturaleza impone límites claros. En el caso del extremo sur argentino, el faro funciona como un recordatorio de esa geografía indómita y de la relación histórica entre el país y su litoral marítimo más austral.

En un contexto de creciente interés por el turismo de naturaleza y las experiencias fuera de los circuitos tradicionales, el faro del Cabo San Pío se consolida como un destino emblemático para quienes buscan explorar paisajes intactos y comprender la dimensión real del territorio patagónico. Sin comodidades ni accesos simples, su atractivo reside justamente en la dificultad: llegar hasta allí implica aceptar las reglas de un entorno donde la naturaleza domina cada aspecto del viaje.