En el barrio de Barracas, en la Ciudad de Buenos Aires, la Iglesia Santa Felicitas guarda uno de los secretos arquitectónicos más singulares del país: un templo construido a fines del siglo XIX que no tiene acceso directo desde la calle y al que se llega a través de túneles subterráneos. El complejo, que también incluye un museo y una escuela, forma parte del patrimonio histórico porteño y suma visitantes interesados en conocer un espacio religioso distinto al resto.
El edificio principal fue inaugurado en 1875 como homenaje a Felicitas Guerrero, joven de la alta sociedad asesinada en 1872 por un pretendiente rechazado. Sus padres impulsaron la construcción del templo frente a la actual Plaza Colombia, en la calle Isabel La Católica al 520. Con su arquitectura ecléctica y rasgos de inspiración gótica, la iglesia se convirtió en una referencia del sur porteño.
En su interior se conservan esculturas de mármol de Carrara que representan a Felicitas y a miembros de su familia, una particularidad que la distingue dentro de los templos católicos del país. Sin embargo, el rasgo más llamativo no se percibe desde la fachada sino dentro del predio.

En 1893 se levantó un segundo espacio religioso dentro del complejo, hoy integrado al colegio Santa Felicitas de San Vicente de Paul. Ese templo, de aproximadamente 500 metros cuadrados, está ubicado en el primer piso y carece de entrada propia desde la vía pública. Para acceder, es necesario atravesar sectores internos y pasadizos que conectan distintas áreas del edificio.
El santuario nunca fue reconocido como iglesia oficial, por lo que no se celebran misas regulares. Actualmente se utiliza para ceremonias puntuales, como casamientos y bautismos, además de encuentros culturales, conciertos corales y exhibiciones.
Su diseño guarda similitudes, en menor escala, con el santuario de Lourdes en Francia. Entre sus principales valores patrimoniales se destacan 28 vitrales elaborados por el francés Gustave Pierre Dagrant, cuyo taller también realizó piezas instaladas en la Basílica de Luján.

El acceso al templo se vincula con otro de los atractivos del complejo: los túneles construidos también en 1893. Lejos de responder a leyendas o historias secretas, estos pasajes cumplían funciones prácticas. Permitían trasladar alimentos y materiales entre los distintos sectores sin atravesar patios abiertos ni salir a la superficie.
En los primeros años del siglo XX, uno de los espacios conectados por esos túneles funcionó como comedor obrero, donde almorzaban trabajadores del puerto y de la zona industrial de Barracas. Los corredores comunicaban claustros, dependencias educativas y el santuario interno, configurando una red subterránea que hoy forma parte de los recorridos históricos.

El predio incluye además el Museo de los Túneles, ubicado en Pinzón 1480. Creado por ex alumnos del instituto con aportes de vecinos, el espacio reúne objetos vinculados con la vida cotidiana del barrio, la inmigración y el desarrollo industrial de la zona. Cuenta con 11 salas temáticas donde se exhiben herramientas, fotografías antiguas, vestimenta y equipaje de inmigrantes.
Según informó TN, la combinación de templo oculto, pasajes subterráneos y museo convierte a la Iglesia Santa Felicitas en uno de los puntos patrimoniales más particulares de la Ciudad de Buenos Aires. Más allá de su origen ligado a una historia trágica, el complejo se consolidó como un espacio cultural que recupera parte de la identidad histórica de Barracas y del sur porteño.