Japón y Estados Unidos lanzaron una inversión inicial de US$36.000 millones en territorio estadounidense destinada a energía, gas natural, minerales críticos y manufactura avanzada, en el marco de un acuerdo estratégico más amplio que podría alcanzar los US$550.000 millones. El anuncio, que impacta en proyectos ubicados en Ohio, Texas y Georgia, es relevante porque apunta a reforzar la seguridad económica y reducir la dependencia industrial frente al peso de China en sectores clave.
La iniciativa marca un cambio en la lógica de las alianzas económicas. En un escenario global donde el poder se mide por el control de recursos estratégicos y capacidad tecnológica, ambos países buscan consolidar cadenas de suministro más seguras en áreas sensibles como energía, inteligencia artificial y materiales críticos.
La primera etapa contempla tres desarrollos centrales. El proyecto de mayor envergadura es la construcción de una planta de generación eléctrica a gas natural en Portsmouth, Ohio, con una inversión cercana a los US$33.000 millones y una capacidad estimada de 9,2 gigavatios. La instalación se proyecta como una de las más grandes del mundo en su tipo y tendrá como objetivo fortalecer el abastecimiento energético y respaldar el crecimiento industrial.

A ello se suma una nueva terminal de exportación de petróleo en el Golfo de México, orientada a ampliar la capacidad exportadora estadounidense y consolidar su rol como proveedor global de energía. El tercer proyecto incluye una planta de producción de diamantes industriales sintéticos en Georgia, insumos esenciales para la industria tecnológica, los semiconductores y la manufactura avanzada.
El acuerdo forma parte de un compromiso de inversión de mayor escala por parte de Japón en Estados Unidos. Más allá del impacto económico inmediato, la decisión tiene una dimensión geopolítica. China concentra una porción significativa del procesamiento mundial de minerales críticos y tierras raras, componentes fundamentales para baterías, vehículos eléctricos, dispositivos electrónicos y sistemas vinculados a la transición energética y digital.
Frente a ese escenario, Washington y Tokio buscan fortalecer una red industrial apoyada en aliados estratégicos. La estrategia apunta a asegurar el origen de insumos clave, diversificar proveedores y reducir riesgos ante eventuales interrupciones del comercio internacional.

Los sectores priorizados en esta primera fase —energía, recursos naturales y manufactura de alta tecnología— reflejan el objetivo de garantizar autonomía productiva en áreas consideradas esenciales para la competitividad y la seguridad económica de largo plazo.
La inversión también se inscribe en una tendencia más amplia de relocalización industrial en Estados Unidos, impulsada por políticas que promueven producción doméstica y cooperación con socios confiables. En ese marco, Japón consolida su papel como uno de los principales inversores extranjeros en la economía estadounidense.

Con esta movida, ambos países envían una señal clara sobre el rumbo de su alianza: la seguridad ya no se limita a lo militar, sino que se extiende al control de energía, tecnología y recursos estratégicos. El eje pasa por garantizar cadenas de suministro resilientes en un entorno global marcado por la competencia industrial.