En Pehuén-Co, al sur de la provincia de Buenos Aires, el productor Federico Roncoroni decidió reconvertir su sistema productivo en los últimos años y apostar por el cultivo de almendras, una actividad en crecimiento. La decisión responde a la necesidad de diversificar ingresos, reducir riesgos climáticos y salir de los commodities tradicionales.
En una región históricamente vinculada a la ganadería y los cultivos extensivos, comienza a consolidarse una alternativa que gana interés: la producción de almendras. El caso de Federico Roncoroni, productor de cuarta generación, refleja ese cambio de paradigma en el sudoeste bonaerense.
Instalado en Pehuén-Co, Roncoroni decidió dejar atrás parte de la actividad ganadera familiar para avanzar hacia un esquema más diversificado. La transición no fue inmediata. Se apoyó en años de pruebas, errores y aprendizaje en campo. “Prefiero errar por haber hecho a quedarme con la duda”, resume.
El punto de inflexión llegó en un contexto adverso. La combinación de sequías y la volatilidad de los commodities agrícolas impulsó la búsqueda de alternativas más estables. A eso se sumó una experiencia personal durante la pandemia, que terminó de acelerar la decisión de reconversión productiva.

Según explicó, la elección del cultivo no fue azarosa. Buscó una opción que permitiera riego eficiente, mecanización y almacenamiento sin pérdida de calidad. En ese análisis, el almendro apareció como una oportunidad viable para la zona.
Uno de los factores que impulsan el interés por las almendras en Argentina es el desbalance entre oferta y demanda. El país es importador neto, lo que abre una ventana para la producción local. Además, el producto se comercializa con referencia en dólares.
“Estructuralmente la oferta y la demanda están desbalanceadas y se cotiza en dólares”, explicó Roncoroni. Sin embargo, advirtió que no se trata de un negocio inmediato ni exento de riesgos.
El cultivo requiere paciencia: recién a partir del cuarto año comienza a dar rendimientos y alcanza su pico productivo alrededor del séptimo año. A diferencia de los cultivos anuales, no ofrece revancha rápida ante errores.
Los primeros ensayos no fueron exitosos. El productor reconoce que la elección de variedades fue un punto crítico. “Hoy la tengo casi como un monte de recuerdos, más que productivo”, señaló sobre su primera plantación.
Ese proceso dejó en evidencia una de las principales barreras: la falta de experiencia local y la adaptación de tecnología. La maquinaria, por ejemplo, debió ser importada o adaptada ante la escasa oferta nacional.
A pesar de las dificultades, actualmente cuenta con 48 hectáreas implantadas, aunque una parte aún no entró en producción. El desafío ahora es mejorar los rindes y consolidar el manejo agronómico.

El sudoeste bonaerense ofrece condiciones favorables para el almendro. Los suelos arenosos y la cercanía al mar generan un ambiente similar al mediterráneo. Sin embargo, el principal riesgo son las heladas tardías, que pueden afectar la floración.
“Muy pocas zonas en el mundo están libres de ellas, si no sería el cultivo perfecto”, explicó. La cercanía al océano ayuda a amortiguar esos eventos, pero no los elimina.
Con el almendro en proceso de consolidación, Roncoroni ya proyecta el siguiente paso: incorporar olivos bajo un sistema de alta densidad. El objetivo es diversificar riesgos y aprovechar sinergias productivas.
“El potencial está probado. Muchas maquinarias se comparten y es más estable desde lo climático”, señaló. A diferencia del almendro, el olivo permite obtener cosechas comerciales en plazos más cortos.
Además, el productor analiza avanzar en la industrialización y agregado de valor, con foco en el procesamiento y desarrollo de marca. Por ahora, la comercialización se realiza a través de distribuidores.

El caso de Pehuén-Co se inscribe en una tendencia más amplia dentro del agro argentino: la búsqueda de cultivos alternativos que permitan reducir la dependencia de los commodities y mejorar la rentabilidad.
Sin embargo, Roncoroni advierte sobre los riesgos de replicar modelos sin análisis previo. “Hay que ser cuidadoso con la deslocalización de los cultivos”, señaló, y remarcó la importancia de comenzar con escalas pequeñas.
“No es fácil, requiere tomar riesgo, tener espíritu innovador”, sostuvo. En ese sentido, la experiencia acumulada se vuelve clave para evitar errores costosos en un cultivo de largo plazo.

Según informó Clarín, el crecimiento de alternativas como el almendro y el olivo abre nuevas oportunidades en regiones no tradicionales, aunque con desafíos técnicos y climáticos que requieren planificación.