Una pareja de emprendedores logró transformar un proyecto casero en una fábrica alimenticia con alcance regional. Mariana Correa y Matías Ferreyra venden hoy entre 12 mil y 13 mil pizzas por mes, tras haber iniciado su negocio en 2023 en Bigand, Santa Fe, con producción artesanal. Su crecimiento se explica por la expansión al canal mayorista, la llegada a supermercados y un modelo que también abastece a instituciones educativas.
El emprendimiento nació cuando ambos decidieron dejar Rosario en busca de una vida más tranquila. En ese contexto, Mariana comenzó a elaborar pizzas en su casa y a venderlas puerta a puerta. Con el tiempo, la demanda creció y el proyecto sumó a Matías, quien hasta entonces trabajaba en una distribuidora de quesos.
El punto de inflexión llegó con un pedido inesperado: una escuela encargó 2000 pizzas en una semana. “Hasta ese momento hacíamos todo de forma manual”, recordó Mariana. Ese volumen los obligó a invertir en maquinaria y marcar el inicio de la profesionalización del negocio.
A partir de ese momento, la marca Pizza Lista Mar comenzó a estructurar su crecimiento. Incorporaron equipamiento, avanzaron en procesos de conservación —como el envasado al vacío y termosellado— y montaron una planta propia, adaptada a las exigencias bromatológicas.
Hoy, el emprendimiento ofrece seis variedades de pizzas —mozzarella, especial, roquefort, napolitana, cheddar y doble mozzarella— y distintos formatos, incluyendo versiones XL, de molde, a la piedra y pizzetas. La propuesta apunta a un producto listo para cocinar, con mayor valor agregado frente a las prepizzas tradicionales.
Uno de los pilares del crecimiento fue el desarrollo del canal mayorista. La empresa construyó una red de distribuidores que compran en volumen para abastecer comercios en distintas localidades. Además de Santa Fe, las pizzas llegan a ciudades de Buenos Aires y Córdoba, ampliando el alcance territorial.
La logística propia también resultó clave. La firma realiza repartos con transporte equipado con frío, lo que les permite llegar a puntos ubicados a más de 200 kilómetros de la planta.
El salto al retail marcó otro avance significativo. La marca logró ingresar a cadenas de supermercados como Carrefour, además de otras de escala local. Para eso, los propios emprendedores se encargaron de contactar a los responsables de compras y presentar el producto.
En paralelo, desarrollaron un canal institucional que les permitió diversificar ingresos y generar impacto social. Escuelas, clubes e iglesias adquieren las pizzas a precios accesibles —alrededor de $4.500 por unidad— y las revenden para recaudar fondos. Este esquema se convirtió en una herramienta para financiar actividades, viajes o mejoras edilicias.
“Vendemos un producto con toda la trazabilidad completa, que tiene un costo bajo y ofrece una buena ganancia”, explicó la pareja, que ahora busca consolidar su presencia en Rosario y seguir sumando distribuidores.
El crecimiento del emprendimiento refleja una combinación de factores: valor agregado en el producto, inversión progresiva en tecnología, control de costos y diversificación de canales de venta. En un contexto donde el consumo masivo presenta desafíos, el modelo logra sostener volumen a partir de precios competitivos y eficiencia operativa.
A corto plazo, el objetivo es ampliar la participación en supermercados y fortalecer el canal institucional, apostando a una mayor cobertura geográfica. La historia muestra cómo un proyecto que comenzó de forma artesanal puede escalar hacia una estructura productiva más compleja, sin perder el foco en la accesibilidad y la distribución.