Rusia anunció este martes la suspensión por un mes de las exportaciones de nitrato de amonio, un fertilizante clave para la agricultura, con el objetivo de garantizar el suministro interno durante la siembra de primavera boreal. La decisión, que estará vigente hasta el 21 de abril, se produce en un contexto de escasez global y afecta a uno de los insumos más importantes del sector agropecuario mundial.
El Ministerio de Agricultura ruso informó que se suspendieron todas las licencias de exportación vigentes y no se emitirán nuevas, salvo para contratos gubernamentales. Según explicó el organismo, la medida apunta a priorizar el mercado interno ante el aumento de la demanda internacional de fertilizantes nitrogenados. “La suspensión permitirá dar prioridad a las necesidades del mercado nacional”, indicaron fuentes oficiales.
Rusia concentra cerca del 40% del comercio mundial de nitrato de amonio y produce aproximadamente una cuarta parte del total global. Su decisión tiene impacto directo en países importadores como Brasil, India, Perú, Marruecos y Mozambique, además de envíos menores registrados hacia Estados Unidos en 2024.

El escenario se agrava por una crisis de suministro internacional vinculada, entre otros factores, al cierre del estrecho de Ormuz, una vía clave por donde circula cerca del 24% del comercio mundial de amoníaco, componente esencial del fertilizante. A esto se suma la limitada capacidad de producción de Rusia para aumentar su oferta en el corto plazo.
En paralelo, la industria local también enfrenta dificultades. En febrero, drones ucranianos atacaron la planta de Dorogobuzh, principal activo de producción de la empresa Acron, responsable de cerca del 11% del nitrato de amonio ruso. Se estima que la instalación no retomará su capacidad plena hasta mayo.
El nitrato de amonio es ampliamente utilizado en la agricultura para mejorar los rendimientos de los cultivos, aunque también tiene aplicaciones en la industria de explosivos, lo que refuerza su carácter estratégico.
La decisión de Moscú se suma a restricciones previas vigentes desde 2021 y refuerza la tendencia hacia un mercado global más volátil, con posibles consecuencias en los precios de los alimentos y en la planificación de campañas agrícolas, según consignó El Economista.