La reducción de los polinizadores en los sistemas agrícolas se convirtió en una preocupación central para la producción global, según un estudio liderado por la Universidad de Wageningen con participación de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires. La investigación, difundida en marzo de 2026, concluye que especies clave como abejas, abejorros y mariposas necesitan entre un 16% y un 37% de hábitat natural dentro de los paisajes productivos para sobrevivir, lo que resulta relevante porque su desaparición impacta directamente en los rendimientos agrícolas.
El trabajo, basado en el análisis de 1.250 paisajes agrícolas en 19 países y con la participación de más de 80 investigadores, identifica umbrales mínimos de conservación por especie. Las mariposas requieren hasta un 37% de hábitat natural, los abejorros un 18% y las abejas un 16%. Por debajo de estos niveles, advierten los especialistas, se produce una extinción local de las poblaciones, con consecuencias directas sobre los cultivos.

En Argentina, el escenario se encuentra por debajo de esos valores. Las áreas con vegetación natural conservada dentro de los sistemas productivos oscilan entre el 5% y el 15%, lo que ubica al país en una situación de riesgo para la sustentabilidad del servicio de polinización.

La caída de los polinizadores dejó de ser un tema exclusivamente ecológico para convertirse en un factor productivo clave. Según explicó el docente de FAUBA Mariano Devoto, la transformación del paisaje agrícola y el avance de la urbanización redujeron de manera sostenida los espacios necesarios para estas especies.
“La agricultura y la urbanización avanzan sobre áreas silvestres, reduciendo los espacios que los polinizadores necesitan para alimentarse, nidificar o refugiarse”, señaló.
Este proceso se intensificó desde la llamada “revolución verde”, a partir de la década del 60, con la expansión del uso de agroquímicos y la homogeneización de los sistemas productivos. Como resultado, se eliminaron ambientes naturales clave que funcionaban como refugio y fuente de alimento para los insectos polinizadores.
La consecuencia más visible es la disminución en los rendimientos de los cultivos, especialmente en aquellos que dependen de la polinización biológica. Esto genera un impacto económico directo sobre los productores, que deben recurrir a alternativas más costosas para compensar la falta de estos servicios ecosistémicos.
Uno de los principales aportes del estudio es el cambio de enfoque respecto al rol de la biodiversidad. Los especialistas sostienen que los polinizadores deben ser considerados como un “insumo productivo”, al igual que el agua o los fertilizantes.
Devoto explicó que la ausencia de estos insectos puede traducirse en pérdidas de entre el 10% y el 20% en los rendimientos, lo que obliga a los productores a alquilar colmenas para garantizar la polinización. “Ese costo es evitable manteniendo refugios silvestres”, afirmó.

En este sentido, la conservación de áreas naturales dentro de los campos no solo tiene un valor ambiental, sino también económico y estratégico. Los refugios silvestres permiten sostener poblaciones de polinizadores de manera natural, reduciendo costos y mejorando la estabilidad productiva.
Además, estos espacios no requieren grandes inversiones ni manejo intensivo, lo que los convierte en una herramienta accesible para los productores. El desafío, según los especialistas, es incorporar esta lógica en la planificación agrícola.
A pesar de la evidencia científica, la implementación de estas prácticas aún enfrenta obstáculos. En regiones como la Pampa Húmeda, los niveles de conservación recomendados se ubican entre el 5% y el 8%, mientras que en otras zonas del país pueden alcanzar el 15%.
Sin embargo, incluso estos valores están por debajo de los umbrales identificados por el estudio internacional, lo que evidencia una brecha entre la ciencia y la práctica productiva.
Los especialistas señalan que uno de los principales desafíos es el cambio de mentalidad dentro del sector agropecuario. La biodiversidad aún es percibida en muchos casos como un obstáculo para la producción, en lugar de un aliado.
“Quizás implique complicarse un poco en el día a día, pero es la agricultura que se viene”, sostuvo Devoto, al referirse a la necesidad de adaptar los sistemas productivos.
La caída de los polinizadores es un fenómeno global que afecta tanto a países desarrollados como en desarrollo. Sin embargo, su impacto es especialmente relevante en regiones con fuerte dependencia de la producción agrícola, como Argentina.
El estudio refuerza la necesidad de avanzar hacia modelos de agricultura más diversificados, que integren la producción con la conservación de los ecosistemas. Esto implica rediseñar los paisajes productivos, incorporando corredores biológicos, bordes vegetados y áreas naturales protegidas.
En este contexto, la articulación entre el sistema científico, el sector productivo y las políticas públicas aparece como un factor clave para impulsar cambios estructurales.
El futuro de la agricultura enfrenta un desafío central: aumentar la producción sin comprometer los recursos naturales. En este escenario, los polinizadores cumplen un rol estratégico que trasciende lo ambiental.
La evidencia científica muestra que conservar biodiversidad no implica resignar productividad, sino todo lo contrario. La integración de áreas naturales dentro de los sistemas agrícolas puede mejorar la resiliencia, la estabilidad y la eficiencia de los cultivos.
En definitiva, el estudio plantea un cambio de paradigma: dejar espacio para la naturaleza dentro del campo no es una pérdida de superficie, sino una inversión en el futuro productivo.
La advertencia es clara: sin polinizadores, no hay producción sostenible. Y sin decisiones que integren la biodiversidad, el sistema agrícola enfrenta riesgos crecientes.