Los nuevos biocombustibles elaborados a partir de residuos orgánicos, aceites usados y grasas animales están ganando protagonismo en el mercado energético mundial y podrían convertirse en una gran oportunidad para Argentina. Así lo planteó Agustín Torroba, especialista en Biocombustibles y Energías Renovables del IICA, durante su participación en el Congreso Maizar, donde analizó las tendencias globales que están transformando el sector.
Según informó La Nación en una nota del periodista Carlos Marin Moreno, Torroba sostuvo que la demanda internacional de biocombustibles sigue creciendo y que existe un mercado prácticamente ilimitado para estos productos. “En el mundo hay un mercado de consumo infinito para los biocombustibles, lo que representa una oportunidad para la Argentina, si se adapta a las tendencias imperantes”, afirmó.
El especialista destacó que actualmente más de 60 países utilizan mezclas de etanol con nafta y que siete de cada diez litros de combustible consumidos en el mundo contienen algún porcentaje de bioetanol. A la vez, el biodiésel ya se utiliza en alrededor de 50 países y reemplaza una parte creciente del consumo global de gasoil.

Según explicó Torroba, el crecimiento no sólo responde a la necesidad de diversificar las fuentes energéticas, sino también a una mayor valoración ambiental. Cada vez más países incorporan regulaciones vinculadas a la huella de carbono y premian combustibles con menores emisiones de gases de efecto invernadero. En ese contexto, los biocombustibles derivados de materias primas agrícolas y residuos presentan ventajas frente a los combustibles fósiles tradicionales.
Entre las tecnologías que más avanzan aparece el HVO (Aceite Vegetal Hidrogenado), un combustible de segunda generación elaborado a partir de aceites usados y grasas animales. Este producto ya representa cerca del 30% del mercado global del biodiésel y tiene la ventaja de ser prácticamente idéntico al diésel convencional, lo que facilita su incorporación al transporte sin modificaciones tecnológicas significativas.
Otro de los segmentos con mayor potencial es el SAF (Sustainable Aviation Fuel), un combustible sostenible para aviación que puede producirse tanto a partir de materias primas agrícolas como de residuos orgánicos. Según informó La Nación, las proyecciones indican que este mercado podría alcanzar entre 10 y 20 millones de metros cúbicos hacia 2030 y llegar a 43 millones de metros cúbicos en 2050.
Para Torroba, Argentina aún se encuentra rezagada en este segmento. “En nuestro país todavía estamos muy atrasados en la producción de SAF; no hay ninguna planta que lo destile”, advirtió. También consideró necesario avanzar en la certificación de cadenas de valor y participar activamente en los ámbitos internacionales donde se definen los estándares de sostenibilidad para la aviación.

El desarrollo de combustibles renovables para el transporte marítimo también muestra una fuerte expansión. Actualmente crece el uso de mezclas con fuel oil y se multiplica la construcción de embarcaciones duales capaces de operar con metanol o etanol, dependiendo del puerto donde se abastezcan.
Según explicó el especialista, otro frente de crecimiento aparece en la maquinaria agrícola. Brasil ya analiza avanzar hacia el uso de mezclas más elevadas o incluso combustibles puros en tractores y equipos autopropulsados con el objetivo de reducir la huella de carbono de la producción agropecuaria.
De acuerdo con lo publicado por Carlos Marin Moreno en La Nación, durante el Congreso Maizar también se presentó el Movimiento para la Transición Energética y la Movilidad Sustentable, una iniciativa que busca consensuar una agenda de largo plazo para el desarrollo energético argentino. El espacio reúne a terminales automotrices, fabricantes de maquinaria agrícola, productores de biocombustibles y entidades vinculadas a la agroindustria.
La propuesta apunta a impulsar el crecimiento de los biocombustibles tradicionales y de nueva generación, además de explorar alternativas como el hidrógeno verde, el GNC y la electromovilidad. El objetivo es construir una estrategia energética adaptada a las características productivas del país y aprovechar una demanda internacional que continúa en expansión.