La creciente resistencia de las malezas a los herbicidas y la necesidad de preservar la salud de los suelos agrícolas impulsan la búsqueda de nuevas estrategias de manejo en todo el mundo. En ese contexto, un estudio realizado por investigadores de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires (FAUBA) concluyó que los cultivos de cobertura pueden reducir en promedio un 83% la biomasa de malezas y aumentar un 48% el carbono orgánico del suelo, dos indicadores clave para la sustentabilidad productiva. La investigación, basada en el análisis de 55 trabajos científicos publicados entre 2000 y 2024, aporta evidencia sobre una práctica que gana terreno en los sistemas agrícolas argentinos y globales, informo TodoAgro.
Los resultados cobran relevancia en un escenario donde el manejo tradicional de malezas, apoyado principalmente en el uso de herbicidas, enfrenta crecientes limitaciones debido a la aparición de especies resistentes y al aumento de los costos de control.
La investigación fue liderada por Cristian Malavert, docente de la cátedra de Cultivos Industriales de la FAUBA, y sus conclusiones fueron publicadas en la revista científica Weed Science. El trabajo recopiló experiencias desarrolladas en las principales regiones agrícolas del mundo, incluida la Argentina, con el objetivo de evaluar los efectos de las coberturas vegetales sobre el control de malezas y la calidad de los suelos.
Durante las últimas décadas, la agricultura moderna incrementó significativamente el uso de fertilizantes sintéticos y productos fitosanitarios para sostener altos niveles de productividad. Sin embargo, ese modelo también generó desafíos agronómicos cada vez más complejos.
Uno de ellos es la proliferación de malezas resistentes a distintos principios activos, una problemática que obliga a los productores a realizar más aplicaciones, utilizar mezclas químicas más costosas y aumentar los gastos de manejo.
Frente a este escenario, los cultivos de cobertura comenzaron a consolidarse como una alternativa complementaria dentro de los esquemas de manejo integrado.
Se trata de especies sembradas entre campañas productivas cuya función principal no es la cosecha, sino la protección del suelo y la mejora de las condiciones agronómicas del sistema.
Según explicó Malavert, citado en la información difundida por TodoAgro, "Evaluamos 55 trabajos publicados entre el 2000 —cuando aparecieron los primeros casos de resistencia a herbicidas en malezas— y el 2024. Abarcan las principales áreas agrícolas del mundo, incluyendo a la Argentina".
Los resultados mostraron un efecto contundente sobre el desarrollo de malezas.
"Encontré que los cultivos de cobertura redujeron un 83% la biomasa de malezas. Esto se debe a que modifican el ambiente que las semillas de malezas necesitan para germinar. Por ejemplo, bloquean la luz y estabilizan las temperaturas del suelo", señaló el investigador según publicó TodoAgro.
De acuerdo con el estudio, estos efectos pueden observarse incluso durante el primer año de implementación.
Además de su impacto sobre las malezas, la investigación identificó beneficios significativos sobre la calidad del suelo.
El trabajo determinó que la incorporación de cultivos de cobertura incrementa en promedio un 48% el contenido de carbono orgánico, un componente esencial para la fertilidad y la estabilidad física de los lotes.
"También hallé que esta práctica aumenta el carbono orgánico del suelo un 48%. Es un dato clave porque los suelos con más carbono resisten mejor la degradación, retienen más agua y son más fértiles", afirmó Malavert, según la publicación de TodoAgro.
A diferencia del control de malezas, los beneficios sobre el suelo requieren más tiempo para manifestarse.
El investigador explicó que los resultados comienzan a observarse generalmente a partir del tercer año de implementación continua, ya que los procesos biológicos involucrados dependen de la descomposición gradual de residuos vegetales por parte de microorganismos presentes en el suelo.
La acumulación de materia orgánica contribuye además a mejorar la estructura física, aumentar la capacidad de infiltración y favorecer una mayor resiliencia frente a eventos climáticos extremos.
Uno de los aspectos centrales del trabajo fue la evaluación económica de la práctica.
Según los cálculos realizados por el equipo de investigación, el costo promedio global de implantar cultivos de cobertura ronda los 150 dólares por hectárea, considerando semillas, labores de siembra y terminación del cultivo.
Sin embargo, los beneficios económicos compensan buena parte de esa inversión.
"Por otro lado, el productor ahorra unos US$90 por hectárea en herbicidas y fertilizantes, otros US$60 en aplicaciones y manejo de malezas, y US$25 por la mejora progresiva del suelo", sostuvo Malavert en declaraciones reproducidas por TodoAgro.
De acuerdo con el análisis, el balance general arroja márgenes positivos desde las primeras campañas.
El investigador aclaró que los resultados pueden variar según las condiciones productivas de cada región y el nivel de infestación de malezas presentes en los lotes.
En campos donde predominan especies resistentes, el uso de coberturas verdes adquiere una ventaja económica aún mayor debido al elevado costo que implica sostener programas de control exclusivamente químicos.
En Argentina, los costos de implantación dependen de la especie utilizada y de las características de cada establecimiento.
El estudio menciona que sembrar centeno puede demandar entre 70 y 120 dólares por hectárea, mientras que la implantación de vicia oscila entre 120 y 180 dólares.
Las mezclas de ambas especies suelen requerir inversiones superiores, aunque también ofrecen mayores beneficios agronómicos.
Según explicó Malavert, la combinación de centeno y vicia genera más biomasa, aporta una mayor cantidad de materia orgánica y contribuye a la fijación biológica de nitrógeno.
Este último aspecto permite reducir el uso de fertilizantes sintéticos, uno de los insumos más relevantes dentro de la estructura de costos de los cultivos extensivos.
De acuerdo con los datos analizados, los retornos económicos de estas mezclas pueden superar los 150 dólares por hectárea, permitiendo recuperar la inversión inicial.
Más allá de los números productivos y económicos, el trabajo plantea una mirada diferente sobre el control de malezas.
En lugar de depender exclusivamente de herramientas químicas, propone modificar las condiciones ecológicas que favorecen el desarrollo de especies problemáticas.
"Las coberturas verdes cambian las reglas del juego ecológico: el sistema se vuelve mucho menos favorable para que las malezas expresen todo su potencial", resumió Malavert según la publicación de TodoAgro.
Este enfoque se alinea con los principios del manejo integrado de malezas, una estrategia que combina distintas prácticas agronómicas para reducir la presión de selección que favorece la aparición de resistencias.
En los últimos años, numerosos productores argentinos comenzaron a incorporar coberturas vegetales como parte de este esquema, especialmente en regiones donde las malezas resistentes representan una amenaza creciente para la rentabilidad.
A pesar de los resultados positivos observados a nivel global, los especialistas consideran que aún es necesario ampliar la generación de información local.
Según Malavert, el crecimiento de esta práctica dependerá en gran medida del trabajo conjunto entre instituciones científicas, organismos técnicos y productores.
"Tiene que darse una integración entre universidades, empresas, el INTA y asociaciones como AAPRESID, y hay que armar redes de experimentos que muestren resultados concretos en distintas zonas y sistemas productivos", afirmó el investigador, de acuerdo con TodoAgro.
La consolidación de estas experiencias permitiría adaptar las recomendaciones a las particularidades de cada región agrícola y acelerar la adopción de estrategias más sustentables.
Mientras las malezas resistentes continúan expandiéndose y los costos de producción mantienen una tendencia ascendente, los cultivos de cobertura aparecen cada vez más como una herramienta capaz de combinar beneficios agronómicos, económicos y ambientales. Los resultados de esta revisión científica refuerzan la idea de que el futuro del manejo agrícola podría depender menos de sumar insumos y más de aprovechar los procesos biológicos que ofrece el propio sistema productivo.