En apenas unos años, la remolacha forrajera pasó de ser un cultivo prácticamente desconocido para la ganadería argentina a convertirse en una alternativa que despierta creciente interés entre productores de distintas regiones del país. Impulsada por elevados rendimientos, una alta capacidad para producir carne por hectárea y una mayor eficiencia en el uso de los recursos, la superficie implantada podría crecer de las actuales 2.500 hectáreas a unas 6.000 durante la próxima campaña, según estimaciones de especialistas que trabajan en su desarrollo.
El crecimiento del cultivo encuentra su principal motor en los resultados productivos obtenidos en establecimientos de la Norpatagonia, donde la remolacha forrajera comenzó a ganar terreno como una herramienta para intensificar los sistemas ganaderos y mejorar la rentabilidad en contextos de aumento de costos y restricciones productivas.
La expansión está respaldada por investigaciones y experiencias impulsadas por el INTA, junto con productores pioneros que comenzaron a evaluar el potencial del cultivo hace menos de una década. Entre ellos se destaca el trabajo realizado por la ingeniera agrónoma Verónica Favere, especialista del INTA Valle Medio, quien participó activamente en la introducción y adaptación de la tecnología al país, indico el medio especializado LMNeuquen.
Según relató Favere en una entrevista concedida a la revista +Producción, el punto de partida se produjo en 2017 durante una gira técnica realizada en Nueva Zelanda. Allí observó sistemas ganaderos que utilizaban remolacha forrajera para sostener elevadas ganancias de peso durante el invierno y acelerar los ciclos de terminación de los animales.
Aquella experiencia derivó en la puesta en marcha de los primeros ensayos en Argentina. Los resultados iniciales estuvieron lejos de ser ideales. Las primeras siembras enfrentaron problemas técnicos derivados del desconocimiento del cultivo y de la falta de experiencia local. Sin embargo, los productores involucrados decidieron continuar apostando por la innovación debido al potencial observado.
Con el paso de los años, el aprendizaje acumulado permitió ajustar manejos, mejorar los resultados y consolidar una alternativa que hoy comienza a despertar interés en distintas regiones ganaderas.
Uno de los principales atributos de la remolacha forrajera es su extraordinaria capacidad para producir biomasa. Mientras que en muchas zonas de la Norpatagonia un maíz destinado a silo puede generar entre 15 y 17 toneladas de materia seca por hectárea, la remolacha alcanza esos valores como piso productivo y puede superar ampliamente las 40 toneladas de materia seca por hectárea en planteos bien manejados.

Ese volumen de producción se traduce en una disponibilidad forrajera que permite sostener altas cargas animales durante los meses más críticos del invierno.
La calidad nutricional constituye otro de los factores que explican su crecimiento. El cultivo presenta aproximadamente 3 megacalorías de energía metabolizable por kilogramo de materia seca, un valor comparable al del maíz, junto con niveles de proteína cercanos al 10%.
Esta combinación permite obtener elevadas ganancias de peso y mejorar significativamente la eficiencia de conversión en sistemas de producción de carne.
De acuerdo con experiencias realizadas en establecimientos productivos, existen casos donde se superaron los 2.000 kilogramos de carne por hectárea en sistemas bajo riego. Incluso en condiciones de secano se registraron producciones cercanas a los 1.000 kilogramos de carne por hectárea durante el período invernal.
Para muchos productores, estos números representan una alternativa concreta frente al incremento de costos registrado en otros cultivos forrajeros tradicionales.
El avance de la remolacha forrajera en Argentina estuvo estrechamente ligado al compromiso de productores que decidieron asumir riesgos e incorporar una tecnología prácticamente inexistente en el país.
Desde los primeros ensayos realizados en Río Negro, la superficie comenzó a expandirse hacia otras regiones ganaderas. Actualmente existen experiencias en el sudoeste bonaerense, distintas zonas de la Patagonia y nuevas pruebas en provincias con condiciones climáticas muy diferentes.
La adaptación del cultivo a diversos ambientes constituye uno de los aspectos que más entusiasma a los investigadores.
Según los técnicos involucrados en el proyecto, la remolacha presenta una importante capacidad para tolerar situaciones adversas y aprovechar recursos disponibles en ambientes donde otros cultivos muestran limitaciones productivas.
En regiones bajo riego, por ejemplo, permite maximizar el uso del agua y obtener altos niveles de producción en superficies relativamente reducidas. Al mismo tiempo, su potencial para generar grandes volúmenes de forraje libera tierras que pueden destinarse a otras actividades agrícolas.
A pesar de los avances logrados, el cultivo todavía enfrenta desafíos importantes para alcanzar una adopción masiva.
Uno de los principales obstáculos durante los primeros años fue la ausencia de herbicidas registrados específicamente para remolacha forrajera en Argentina. Esa limitación obligó a realizar gestiones ante organismos sanitarios para habilitar productos utilizados en otros países.
Con el tiempo, el sector logró avanzar en la aprobación de herramientas fitosanitarias específicas, facilitando el manejo del cultivo y reduciendo riesgos para los productores.
Otro aspecto clave continúa siendo el desarrollo genético. Los especialistas destacan la necesidad de contar con variedades adaptadas a las distintas condiciones ambientales del país y de seguir mejorando aspectos relacionados con la implantación y la eficiencia productiva.
También persisten desafíos vinculados a la mecanización y a la disponibilidad de equipamiento específico, un factor habitual en tecnologías emergentes que todavía atraviesan etapas de consolidación.
El interés creciente por la remolacha forrajera coincide con un contexto en el que los productores buscan alternativas capaces de aumentar la productividad sin expandir significativamente la superficie utilizada.
La posibilidad de producir más carne por hectárea, sostener altas cargas animales durante el invierno y mejorar los márgenes económicos aparece como una combinación difícil de ignorar.
Por ese motivo, especialistas y productores consideran que la superficie implantada podría experimentar un fuerte crecimiento durante los próximos años.
La expectativa de alcanzar unas 6.000 hectáreas en la próxima campaña representa un salto significativo respecto de la situación actual y refleja la confianza que comienza a generar un cultivo que, hasta hace pocos años, era prácticamente desconocido para gran parte del sector ganadero argentino.
Si las experiencias continúan mostrando resultados positivos y se consolidan las herramientas técnicas necesarias para acompañar la expansión, la remolacha forrajera podría transformarse en una de las innovaciones más relevantes para la intensificación de la producción de carne en diversas regiones del país.
Fuente: Información elaborada a partir de una entrevista publicada por la revista +Producción a la ingeniera agrónoma Verónica Favere, especialista del INTA Valle Medio.