El debate por el futuro de la producción de garbanzo en Argentina sumó un nuevo capítulo luego de que el Instituto Nacional de Semillas (Inase) profundizara las medidas para limitar el uso de semillas propias de variedades antiguas, mientras los productores continúan apostando de manera masiva a Norteño, un cultivar desarrollado hace casi tres décadas que volvió a liderar ampliamente la superficie implantada en la campaña 2025/26. La controversia involucra aspectos sanitarios, regulatorios y económicos, y adquiere relevancia porque impacta sobre una actividad exportadora concentrada principalmente en el norte y centro del país.
Según datos oficiales elaborados por el Inase a partir de las declaraciones realizadas por productores ante el Sistema de Información Simplificado Agrícola (SISA), el cultivar Norteño, inscripto en 1998 y sin derechos de propiedad intelectual vigentes, representó el 59% de la superficie nacional sembrada con garbanzo durante la campaña 2025/26,informo Bichos de Campo.
Aunque la participación de esta variedad se redujo respecto del ciclo anterior, cuando alcanzó el 69% del área implantada, continúa siendo ampliamente dominante dentro del esquema productivo argentino. Para las autoridades del organismo, esta disminución representa un avance parcial en la estrategia destinada a promover una mayor diversificación genética. Sin embargo, los productores mantienen su preferencia por un material que consideran probado, adaptado a las condiciones locales y económicamente conveniente.
La discusión se remonta a fines de 2024, cuando el Inase adoptó medidas que, en los hechos, restringieron el uso de semilla de uso propio en el cultivo de garbanzo. La iniciativa fue presentada como parte de una política orientada a fomentar la incorporación de nuevas variedades y fortalecer los estándares sanitarios de la actividad.
No obstante, la decisión generó resistencia en distintos sectores productivos, especialmente entre quienes continúan utilizando materiales de dominio público y consideran que la normativa vigente los habilita a multiplicar semilla propia siempre que la adquisición original haya sido realizada de manera legal.
El conflicto escaló durante 2025, cuando numerosos productores comenzaron a recibir intimaciones del organismo solicitando documentación que acreditara la compra de las variedades sembradas. Si bien este tipo de controles es habitual en cultivos extensivos como trigo o soja, en el caso del garbanzo la situación adquirió características particulares debido a la antigüedad del cultivar más utilizado.
Muchos productores señalaron que resulta extremadamente difícil conservar o localizar comprobantes de compras realizadas hace más de dos décadas, en una época en la que la digitalización documental era prácticamente inexistente en el sector agropecuario. La controversia se profundizó cuando, según trascendió desde entidades rurales, algunas de esas intimaciones derivaron posteriormente en la aplicación de sanciones económicas.
La situación motivó gestiones de dirigentes de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) ante las autoridades del organismo para intentar descomprimir el conflicto y encontrar mecanismos de resolución que contemplaran las particularidades del cultivo.
Desde el Inase sostienen que la estrategia de promover el recambio varietal no responde únicamente a cuestiones vinculadas con la innovación tecnológica o la propiedad intelectual. El organismo argumenta que existe además una preocupación sanitaria relacionada con la prevención de enfermedades que afectan al cultivo.
Entre ellas sobresale la denominada rabia del garbanzo, causada por el hongo Ascochyta rabiei, considerada una de las principales amenazas para la producción mundial de esta legumbre. La enfermedad puede provocar pérdidas significativas de rendimiento y afectar seriamente la calidad comercial del grano.
Bajo esta premisa, desde 2025 la comercialización de semillas de garbanzo quedó limitada a materiales fiscalizados, con el objetivo de garantizar estándares sanitarios y reducir riesgos de dispersión de patógenos.
Sin embargo, numerosos productores consideran que el problema sanitario no debería traducirse en restricciones que terminen afectando el derecho al uso propio de variedades que ya forman parte del dominio público y cuyos derechos de obtentor han expirado.
Más allá de la polémica, los datos oficiales muestran que la estructura varietal del garbanzo argentino comienza lentamente a diversificarse.
Detrás de Norteño se ubicó Felipe UNC INTA, con una participación del 19% de la superficie sembrada. Más atrás aparecieron Kiara UNC-INTA con 8,3%, Gran 213 con 7,2% y Chañarito UNC con 3,3%.
Estas variedades cuentan con programas de mejoramiento más recientes y, en algunos casos, con protección intelectual vigente. Desde los organismos de investigación y las empresas vinculadas al desarrollo genético destacan que estos materiales incorporan mejoras vinculadas al rendimiento, la adaptación ambiental y la tolerancia a enfermedades.
La coexistencia entre cultivares históricos y nuevas variedades refleja una transición que avanza de manera gradual y que todavía encuentra resistencia en una parte importante de los productores, quienes continúan privilegiando materiales ampliamente conocidos y con comportamiento comprobado en distintas regiones productivas.
Durante la campaña 2025/26 se sembraron 88.893 hectáreas de garbanzo kabuli en Argentina. Aunque la cifra representa una caída significativa respecto de las 142.000 hectáreas registradas en 2024/25 y también se ubica por debajo de las 122.392 hectáreas implantadas en 2023/24, el área continúa alineada con los niveles observados en campañas anteriores.
La producción se concentra principalmente en Salta, que aporta el 38% de la superficie nacional, seguida por Córdoba con el 30%, Santiago del Estero con el 15% y Tucumán con el 10%.
Se trata de una economía regional con fuerte perfil exportador, ya que gran parte de la producción tiene como destino mercados externos donde la calidad, la uniformidad y la sanidad del producto son factores determinantes para sostener la competitividad.
En ese contexto, el desafío pasa por encontrar un equilibrio entre la necesidad de incorporar innovación genética, garantizar la sanidad de los cultivos y respetar los derechos de los productores. La discusión sobre el uso de Norteño expone precisamente esa tensión: mientras el Inase busca acelerar la modernización varietal, una porción mayoritaria del sector continúa respaldando un material que, pese a sus casi 30 años de historia, sigue siendo el preferido en los lotes argentinos.
Fuente: Información basada en datos oficiales del Instituto Nacional de Semillas (Inase) y en un informe periodístico publicado por el medio especializado Bichos de Campo.