En un rincón poco explorado del sudoeste cordobés, a pocos kilómetros de Lutti y en el límite entre el Valle de Calamuchita y Traslasierra, las hermanas Elisa y Magdalena Gowland decidieron abrir al turismo la estancia familiar Carahuasi Nature Retreat & Lodge. El proyecto, que comenzó hace más de dos décadas como el sueño de sus padres, Julie y Eduardo Gowland, ofrece hoy una combinación de naturaleza, gastronomía y actividades al aire libre en un entorno aislado y de gran valor paisajístico.
El establecimiento se encuentra en una región de difícil acceso, rodeada por las sierras y protegida por el río El Durazno, una geografía que contribuyó a preservar el lugar del turismo masivo. Allí, sobre unas 500 hectáreas, la familia construyó una propuesta orientada a quienes buscan descanso, contacto con la naturaleza y experiencias personalizadas.

La historia de Carahuasi comenzó mucho antes de su apertura al público. Elisa recuerda que ella y su hermana crecieron pasando los veranos en un campo de Ascochinga, en Córdoba, propiedad de un tío y sus socios. Aquella estancia había pertenecido a Dulce Liberal Martínez de Hoz y estaba diseñada para combinar confort y vida al aire libre.
"Mis papás se enamoraron de ese estilo de vida", contó Elisa. Esa experiencia marcó a Julie y Eduardo, quienes comenzaron a buscar una propiedad que les permitiera recrear ese espíritu.
En 2001 encontraron el lugar indicado. La condición era que tuviera río y amplios espacios naturales. Carahuasi fue la primera estancia que visitaron, aunque antes de tomar una decisión recorrieron otras opciones. Sin embargo, distintas dificultades les impidieron avanzar con otras propiedades.
Finalmente regresaron al primer campo y decidieron comprarlo. El predio tenía entonces una infraestructura muy básica. Eduardo priorizó mejorar la vivienda del puestero antes de iniciar la construcción de la casa familiar.
Durante varios meses, la familia vivió en carpas mientras avanzaban las obras. El acceso era complejo y los materiales debían trasladarse por caminos de tierra estrechos. Cada fin de semana, Julie y Eduardo viajaban desde Buenos Aires cargados con muebles, herramientas y objetos para equipar la casa.

El casco principal fue diseñado para integrarse al paisaje serrano. Grandes ventanales orientados hacia las montañas, paredes revestidas con piedra laja extraída de una cantera cercana y amplios espacios comunes caracterizan la construcción.
El sistema constructivo, inspirado en las pircas tradicionales de la región, no solo aporta identidad estética sino también aislamiento térmico. En el interior predominan los materiales naturales, los textiles artesanales y los objetos reunidos por la familia a lo largo de sus viajes.
El gran living, integrado con el comedor y una barra, tiene como punto central una estufa a leña que se convierte en el lugar de encuentro durante las jornadas más frías. La casa principal cuenta además con una habitación de gran tamaño con biblioteca y living privado, mientras que otras cuatro suites fueron pensadas para alojar familias o grupos pequeños.
Con el paso del tiempo, Elisa y Magdalena asumieron un rol activo en el proyecto. Aunque una reside en La Pampa y la otra en Buenos Aires, ambas viajan cada vez que llegan huéspedes y participan personalmente de la experiencia.
La propuesta turística busca reproducir las vivencias que tuvieron durante su infancia: cabalgatas, caminatas por senderos serranos y almuerzos al aire libre en lugares alejados, sin señal telefónica y rodeados de paisajes prácticamente intactos.
Los recorridos atraviesan quebradas, bosques y cursos de agua. Uno de los destinos más visitados es Pueblo Escondido, un antiguo asentamiento minero ubicado en las sierras de Los Comechingones, donde durante gran parte del siglo XX se explotó tungsteno.

Parte del acceso a ese sitio histórico se realiza a través del campo de los Gowland. Las excursiones permiten conocer las antiguas instalaciones y llegar hasta el socavón que permaneció activo hasta fines de la década de 1960.
El clima también juega un papel importante en la experiencia. La niebla, las lluvias finas y las bajas temperaturas del otoño e invierno transforman el paisaje y le dan un aire similar al de las Tierras Altas de Escocia.
Sin embargo, uno de los aspectos más valorados por quienes visitan Carahuasi es la gastronomía. El menú fue diseñado por Eduardo Gowland, escribano de profesión y cocinero por vocación.
Entre las especialidades se destaca el shepherd’s pie, un pastel elaborado con carne de cordero black face criada en el propio establecimiento. También forman parte de la propuesta ensaladas con ingredientes frescos, platos inspirados en recetas familiares y postres artesanales.
Las comidas suelen compartirse junto al hogar a leña o en distintos rincones del campo, dependiendo de las condiciones climáticas y de las actividades programadas.

En los últimos años, el turismo de naturaleza y las experiencias personalizadas ganaron terreno en Argentina. En ese contexto, Carahuasi encontró su lugar como una alternativa para quienes buscan desconectarse de la rutina y explorar regiones menos conocidas del país.
La estancia se mantiene fiel a la idea original de Julie y Eduardo: un espacio para compartir, disfrutar del paisaje y crear recuerdos alrededor de una mesa, una caminata o una cabalgata.
Ese espíritu es el que Elisa y Magdalena intentan transmitir a cada visitante. Más que un emprendimiento turístico, Carahuasi representa la continuidad de una historia familiar que comenzó hace décadas y que hoy se proyecta hacia nuevas generaciones.
Lejos de los circuitos tradicionales y escondida entre ríos y montañas, la estancia se convirtió en un ejemplo de cómo un sueño personal puede transformarse en una propuesta que combina naturaleza, hospitalidad y preservación de la identidad territorial. Tal como reflejó La Nación en su recorrido por el establecimiento, Carahuasi mantiene vivo el espíritu familiar que le dio origen y lo proyecta hacia el futuro como uno de los secretos mejor guardados de las sierras cordobesas.