En San Martín de las Escobas, Santa Fe, Marcelo González lleva más de dos décadas desarrollando una experiencia poco común en la Argentina. Lo que comenzó como una apuesta personal para criar y amansar búfalos terminó convirtiéndose en un espacio donde cientos de niños con discapacidad y desafíos neurológicos encuentran momentos de calma, conexión y bienestar junto a estos animales.
La iniciativa nació cuando González decidió incorporar búfalos a un paisaje dominado por la agricultura y la ganadería tradicional. Mientras la mayor parte de la producción bubalina argentina se concentra en provincias del noreste, el productor santafesino eligió explorar otra faceta de estos animales: su capacidad para establecer vínculos con las personas.
Según relata, todo comenzó tras observar a un niño que guiaba con naturalidad a un búfalo manso durante un viaje al litoral argentino. Aquella imagen despertó una inquietud que con el tiempo se transformó en un proyecto de vida. Convencido de que los búfalos podían desarrollar una relación cercana con los seres humanos, comenzó a criarlos desde pequeños y a construir con ellos un vínculo basado en la confianza.
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Con los años descubrió características que, a su entender, diferencian a estos animales. “Le dicen bicho, pero no es un bicho. Es un animal cariñoso, tierno, inteligente”, afirma Marcelo González.
La experiencia dio un giro inesperado cuando un niño con discapacidad visitó el establecimiento para conocer a los búfalos. La interacción despertó interés en otras familias y el boca a boca hizo crecer la iniciativa. Lo que empezó como una visita aislada se transformó en una actividad que recibe personas de distintas provincias.
Los encuentros se desarrollan de manera simple. Los chicos observan a los animales, los acarician, se acercan a ellos o permanecen apoyados sobre sus cuerpos. Según describen las familias, muchos encuentran en esos momentos una sensación de tranquilidad difícil de alcanzar en otros contextos.
Uno de los casos que más impactó al productor fue el de un niño con trastornos neurológicos y tics involuntarios. Durante una visita, el chico permaneció recostado sobre uno de los búfalos durante varios minutos. Con el paso del tiempo, los episodios de movimientos involuntarios comenzaron a disminuir durante esos encuentros.
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“En un momento la mamá me mira, me pone la mano en el hombro y me dice: 'Mi hijo por cuatro minutos estuvo tranquilo'”, recuerda González.
La experiencia despertó interés entre profesionales de la salud y familias que buscan nuevas herramientas de acompañamiento. Aunque no reemplaza tratamientos médicos ni terapias especializadas, el contacto con los animales se convirtió en un complemento valorado por quienes participan de las actividades.
La historia también contribuye a modificar la imagen tradicional del búfalo. Habitualmente asociado a la producción de carne y leche, el animal aparece aquí en un rol completamente distinto. Su tamaño imponente, que suele generar temor en quienes no lo conocen, contrasta con la serenidad que transmiten durante las actividades.
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Mientras la producción bubalina continúa creciendo lentamente en la Argentina, el proyecto desarrollado en Santa Fe muestra una faceta poco explorada de esta especie. La iniciativa combina producción agropecuaria, contacto con la naturaleza e inclusión social en una propuesta que logró trascender las fronteras de la actividad ganadera.
Más allá de los resultados concretos, el valor de la experiencia parece estar en la posibilidad de crear un espacio de encuentro. Allí, en medio del campo santafesino, los búfalos dejaron de ser solamente animales de producción para convertirse en protagonistas de una historia que une sensibilidad, compromiso y comunidad.