La implantación de crucíferas como colza, carinata y camelina representa uno de los mayores desafíos para los productores debido al pequeño tamaño de sus semillas y al escaso margen de error durante la siembra. Especialistas de la Red de Crucíferas de Aapresid difundieron una serie de recomendaciones técnicas para mejorar la emergencia, optimizar la implantación y preservar el potencial productivo de estos cultivos. La información fue publicada originalmente por TodoAgro.
La correcta implantación constituye uno de los factores que más influyen sobre el rendimiento final de las crucíferas.
Según explicó José "Peco" Alonso, integrante de la Red de Crucíferas de Aapresid, el éxito del cultivo comienza desde los primeros centímetros del suelo, donde una regulación inadecuada de la sembradora o pequeñas diferencias en la profundidad pueden comprometer la emergencia de las plantas.
"En crucíferas, la siembra define gran parte del éxito del cultivo", afirmó Alonso en declaraciones reproducidas por TodoAgro.
La particularidad de estas especies radica en el reducido tamaño de sus semillas.
En el caso de la colza, el peso de mil semillas apenas alcanza entre 3 y 4 gramos, mientras que en camelina esa cifra ronda apenas 1 gramo.
Esa condición limita significativamente el margen de tolerancia frente a errores que, en otros cultivos extensivos, podrían pasar inadvertidos.
Uno de los aspectos más importantes durante la implantación es la profundidad de siembra.
Según Alonso, cuando la semilla queda ubicada a más de 1,5 centímetros, la capacidad de emergencia disminuye considerablemente.
"Estamos hablando de semillas muy chicas, similares a una alfalfa. Entonces, cualquier error de profundidad o contacto con el suelo impacta muchísimo en la emergencia", explicó el especialista, según publicó TodoAgro.
El objetivo consiste en ubicar la semilla lo más superficialmente posible, garantizando al mismo tiempo un adecuado contacto con el suelo y suficiente disponibilidad de humedad.
Cuando las condiciones superficiales son secas, una alternativa consiste en retirar las ruedas tapadoras y profundizar levemente la línea de siembra hasta alcanzar humedad, procurando que la cobertura de tierra sobre la semilla continúe siendo mínima para no afectar la emergencia.
Los especialistas remarcan que una siembra de calidad no se limita únicamente a distribuir una determinada cantidad de semillas por hectárea.
El verdadero objetivo consiste en lograr un nacimiento homogéneo y uniforme, condición que permitirá un desarrollo parejo del cultivo durante todo su ciclo.
En colza y carinata, la densidad recomendada se ubica generalmente entre 50 y 80 plantas por metro cuadrado.
Sin embargo, Alonso considera que los mejores resultados se obtienen cuando la implantación se aproxima al límite superior de ese rango.
"Con 70 u 80 plantas por metro cuadrado se cubre rápido el entresurco y el cultivo compite mucho mejor contra malezas", señaló en declaraciones reproducidas por TodoAgro.
El especialista agregó que una adecuada cobertura inicial reduce significativamente la necesidad de realizar aplicaciones posteriores para controlar malezas.
Además, una implantación uniforme favorece una cosecha más homogénea y potencia otro de los beneficios agronómicos de las crucíferas: el desarrollo de raíces pivotantes capaces de mejorar la estructura física del suelo.
"Son 80 clavos por metro cuadrado entrando al perfil. Eso mejora infiltración, aireación y estructura", describió Alonso para graficar el efecto de las raíces sobre el perfil del suelo.
En los sistemas de siembra directa, otro aspecto determinante es el manejo de la cobertura superficial.
El rastrojo protege el suelo y aporta beneficios agronómicos, pero también incrementa la complejidad de la implantación.
Según explicó Alonso, uno de los principales objetivos consiste en lograr que los discos de la sembradora corten correctamente el rastrojo sin arrastrarlo hacia el surco.
Cuando eso no ocurre, la semilla pierde contacto con el suelo o queda mal posicionada, reduciendo la probabilidad de una emergencia uniforme.
Para minimizar esos riesgos resulta fundamental ajustar distintos componentes de la sembradora.
Entre ellos se destacan la velocidad de avance, la presión ejercida por los cuerpos de siembra, el correcto funcionamiento de los limitadores de profundidad, la distribución uniforme del rastrojo y la regulación precisa de los cajones alfalferos.
De acuerdo con la experiencia de la Red de Crucíferas, estos ajustes permiten obtener buenas implantaciones incluso sobre rastrojos abundantes, como los provenientes del maíz.
Otro desafío poco visible aparece durante la regulación de la maquinaria.
Las dosis utilizadas para implantar crucíferas son considerablemente inferiores a las habituales en otros cultivos extensivos.
En condiciones ideales, la colza puede sembrarse utilizando apenas 3 kilogramos de semilla por hectárea.
Cuando las condiciones ambientales o la presencia de rastrojos incrementan el riesgo de pérdidas, esa dosis puede aumentar.
No obstante, trabajar con volúmenes tan reducidos exige una regulación extremadamente precisa de la sembradora.
Según explicó Alonso, muchas máquinas requieren modificar relaciones de engranajes o realizar ajustes específicos sobre los sistemas de distribución para lograr una entrega uniforme de semilla y evitar excesos que afecten la implantación.
Los especialistas también destacan que la calidad de la implantación condiciona el comportamiento posterior del cultivo.
En colza, el período crítico comienza durante la floración, etapa en la que se define gran parte del número de granos y, en consecuencia, del rendimiento final.
Para atravesar ese momento con éxito, el cultivo debe llegar con adecuada biomasa, buena cobertura del suelo y suficiente disponibilidad de agua y nutrientes.
Una emergencia lenta o despareja limita la captación de radiación, reduce el crecimiento inicial y afecta la acumulación de biomasa necesaria para sostener altos rendimientos.
Además del manejo de la implantación, la elección del material genético constituye otro factor determinante.
Cada variedad presenta diferentes requerimientos de fotoperíodo y vernalización, aspectos que condicionan el momento de la floración.
Por ese motivo, los especialistas recomiendan analizar en conjunto la elección del genotipo y la fecha de siembra.
En términos generales, las mejores floraciones se obtienen durante agosto.
Para alcanzar ese objetivo, las variedades invernales suelen implantarse desde mediados de marzo, mientras que los materiales primaverales se siembran habitualmente desde mediados de abril.
Las recomendaciones difundidas por la Red de Crucíferas de Aapresid ponen de manifiesto que, en estos cultivos, los primeros centímetros recorridos por una semilla pueden definir buena parte del rendimiento final. Una regulación adecuada de la sembradora, una correcta profundidad de implantación y un manejo preciso del rastrojo constituyen factores decisivos para aprovechar plenamente el potencial productivo de colza, carinata y camelina.