La ganadería ovina de Río Negro atraviesa el momento más crítico de las últimas décadas. De acuerdo con datos oficiales del Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (SENASA), la provincia cerró 2025 con 958.000 cabezas ovinas, el registro más bajo de al menos los últimos 50 años. La caída responde a una combinación de factores climáticos, económicos, ambientales y sociales que redujeron el stock en más de 900.000 animales desde 2010 y ponen en riesgo la continuidad de una de las actividades productivas más representativas de la Patagonia, segun publico Mas P de LMNeuquen a partir de estadísticas oficiales.
Las cifras reflejan un proceso de deterioro que se profundizó durante la última década y que afecta tanto a la producción de lana como de carne ovina. Aunque el mercado lanero mostró una recuperación de precios durante la última campaña, el repunte no alcanzó para revertir una tendencia de largo plazo marcada por la pérdida de rentabilidad y el abandono progresivo de establecimientos.
En conjunto, Río Negro y Neuquén contabilizaron durante 2025 un stock de 1.132.000 ovinos, lo que representa una disminución interanual del 4% y un descenso similar respecto del promedio registrado entre 2020 y 2024.
Según los registros del SENASA citados por Más Producción, durante el último año desaparecieron aproximadamente 50.000 cabezas en la región. Sin embargo, la dimensión del fenómeno se observa con mayor claridad al comparar la situación actual con la existente hace quince años: desde 2010, el norte de la Patagonia perdió cerca de 920.000 ovejas, uno de los retrocesos más importantes registrados por la actividad en tiempos recientes.
Dentro del escenario regional, Río Negro continúa siendo la principal provincia productora de ovinos, aunque también es la que evidencia el mayor deterioro.
Al cierre de 2025, el stock provincial se ubicó en 958.000 animales, una disminución del 5% respecto del año anterior y un retroceso del 11% frente al promedio de las últimas cinco campañas.
Más allá de la caída reciente, el dato que genera mayor preocupación es el carácter histórico de la cifra. Nunca antes, al menos en las últimas cinco décadas, la provincia había registrado un rodeo ovino tan reducido.
El contraste con los años de mayor expansión resulta contundente. En 2010, Río Negro alcanzó un máximo cercano a 1.860.000 ovejas, prácticamente el doble del stock actual. En apenas quince años desaparecieron más de 900.000 cabezas, lo que representa una reducción cercana al 50% del rodeo provincial.
La retracción no solo afecta los niveles de producción. También repercute sobre la economía de numerosas localidades de la Región Sur, donde la actividad ovina constituye uno de los principales motores económicos y una fuente de empleo para cientos de familias rurales.
El panorama presenta algunas diferencias en Neuquén.
Los registros del SENASA muestran que durante 2025 el stock provincial alcanzó algo más de 174.000 ovinos, lo que representa un crecimiento interanual del 2% y una mejora del 4% respecto del promedio registrado entre 2020 y 2024.
En términos absolutos, la provincia incorporó alrededor de 2.000 animales respecto del año anterior, configurando uno de los pocos indicadores positivos dentro del contexto regional.
Sin embargo, esa recuperación todavía no logra compensar las pérdidas acumuladas durante los últimos años.
El máximo reciente se registró en 2019, cuando el rodeo superaba las 224.000 cabezas. Comparado con ese período, Neuquén todavía mantiene una reducción cercana a las 50.000 ovejas.
No obstante, el nivel actual representa una mejora significativa respecto del piso alcanzado en 2012, cuando las existencias descendieron hasta aproximadamente 137.000 animales.
Especialistas y productores consultados por Más Producción coinciden en que el retroceso responde a múltiples factores que fueron acumulándose durante los últimos años.
Entre ellos sobresale la prolongada sequía que afectó gran parte de la Patagonia y redujo considerablemente la disponibilidad de pastizales naturales, principal fuente de alimentación de las majadas.
La menor oferta forrajera obligó a numerosos establecimientos a disminuir la carga animal para preservar los campos y evitar un deterioro aún mayor de los recursos naturales.
A ese escenario se suman las consecuencias de fenómenos extraordinarios, como la erupción del complejo volcánico Puyehue-Cordón Caulle, cuyas cenizas provocaron importantes pérdidas productivas, especialmente entre pequeños y medianos productores que nunca lograron recomponer completamente sus rodeos.
Otro de los factores señalados por el sector es el incremento de los ataques de predadores silvestres.
Según recoge la publicación, productores de distintas zonas advierten desde hace varios años un aumento en las poblaciones de pumas, zorros colorados y jabalíes, especies que ocasionan pérdidas significativas durante la época de parición.

La región atraviesa el peor momento de las últimas décadas: a la falta de lluvias y los problemas económicos se suma el avance del puma sobre zonas donde antes no estaba presente.
Especial preocupación genera el avance del puma hacia áreas donde históricamente no se registraba su presencia, fenómeno que incrementó la presión sobre establecimientos ubicados en zonas de secano.
Al mismo tiempo, el crecimiento de las poblaciones de guanacos intensificó la competencia por recursos naturales como el agua y el forraje, especialmente en períodos de escasas precipitaciones.
Las dificultades ambientales se combinaron con un escenario económico complejo.
Durante buena parte de las últimas dos décadas, los precios internacionales de la lana permanecieron en niveles reducidos, mientras que los costos de producción continuaron aumentando.
Esa combinación deterioró la rentabilidad de los establecimientos y llevó a numerosos productores a reconvertir sus sistemas hacia la ganadería bovina, considerada actualmente una alternativa con mejores perspectivas económicas y menor exposición a los ataques de predadores.
La crisis también tiene un fuerte componente social.
La migración de jóvenes hacia centros urbanos y la falta de recambio generacional provocan un progresivo envejecimiento de los productores y un creciente despoblamiento de las zonas rurales.
A esto se suma otro problema estructural: la baja escala de producción.
En buena parte de la Región Sur, los establecimientos manejan actualmente rodeos promedio cercanos a 500 ovejas, muy por debajo de las aproximadamente 4.000 cabezas que distintos organismos técnicos consideran necesarias para alcanzar niveles mínimos de rentabilidad.
Ese desequilibrio dificulta las inversiones, limita la incorporación de tecnología y reduce las posibilidades de sostener la actividad en el largo plazo.
Más allá del impacto económico, la disminución del stock ovino también compromete una tradición productiva profundamente arraigada en la Patagonia y amenaza la continuidad de numerosas comunidades rurales cuya identidad y desarrollo estuvieron históricamente vinculados a la producción de lana y carne ovina.
Las estadísticas del SENASA muestran que, sin cambios estructurales que mejoren la competitividad del sector y permitan enfrentar los desafíos ambientales, la actividad podría continuar perdiendo protagonismo en una de las regiones donde la oveja fue durante décadas el eje del desarrollo agropecuario.