La ciudad de San Francisco del Valle de Catamarca actualmente funciona como la capital provincial y alberga algunos de los edificios más modernos de la zona. Sin embargo, este lugar cuenta con una rica historia de acontecimientos, ya que desde sus orígenes fue protegida por el halo místico de la Virgen del Valle, también conocida como La Morenita.

La figura fue descubierta en 1620 y se caracterizó por ser bastante diversa de sus predecesoras traídas de Europa: tenía una fisionomía y un color especial, y medía apenas 45 centímetros. Fue Don Manuel de Zalazar, por entonces administrador español del Valle, quien al descubrir que en las cercanías del pueblo de Choya, un grupo de indígenas la honraba, decidió llevarla para su casa, que por entonces no estaba ubicada en lo que hoy se conoce como la capital de la región.
Según la leyenda, la Virgen salía hacia la ruta en reiteradas oportunidades, por lo que los españoles le construyeron ahí mismo un altar, que es sitio de peregrinación constante y recibe visitas desde todos los puntos del país. De todas maneras, la figura no está aquí, sino en la Catedral Basílica Nuestra Señora del Valle.

Unas seis décadas más tarde, en 1683, Don Manuel Mate de Luna fundó la ciudad, aunque recién en 1695 se terminó la Iglesia Matriz que la acoge. En 1995, con motivo del aniversario número 300 del traslado de la figura, se construyó el famoso Paseo de la Fe, que une la Catedral (Monumento Histórico Nacional), con la Plaza 25 de Mayo.

La fundación de la capital es considerada tardía, ya que previo a la determinación de Mate de Luna –quien por entonces se desempeñaba como gobernador de Tucumán–, los españoles habían elegido a la ciudad de Londres como su asentamiento en la región.
Quienes estén interesados en la historia mencionada y estén de viaje por estas tierras, pueden pasar por el Museo de la Virgen, inaugurado en 2015 (en la sede del ex Arzobispado), donde hay documentos, bibliografía y objetos de la época. Aquí, además, está la escultura Plegaria del artista Bruno Ceballos Porta, que simboliza al Espíritu Santo y consiste en un espiral ascendente de siete metros de largo recubierto por más de treinta mil ofrendas de fieles.

Caminar por San Fernando del Valle, es adentrarse en un pueblo con historia, en el cual prevalecen las casas de estilo colonial. A pocas cuadras de la Catedral, está el convento de San Francisco y la Fábrica de Alfombras del Mercado de Artesanías, que fue fundada hace más de medio siglo y pertenecía a descendientes siriolibaneses. En este lugar, las mujeres trabajan diariamente tejiendo alfombras persas con diseños a pedido, entre los que se distinguen retratos de figuras de la política y el espectáculo.

El camino de cornisa que une el Valle con los departamentos de Ancasti y El Alto nace a 18 kilómetros del centro y llega a unos 1.870 metros de altura. Durante el trayecto, hay varias paradas obligadas, como la del Río Paclin, donde se ve como un hilo de agua se desliza a través del valle, o el cordón del Ambato, que se alza al otro lado del cerro.
A la altura de los 1.100 metros, hay un mirador oficial, donde los turistas se detienen a sacarse fotografías y hay puestos de paso que venden dulces de cayote, vinos pateros o nueces regionales.

La ruta sigue en alza hasta alcanzar la hostería Polo Jiménez, que homenajea al autor de la zamba “Paisajes de Catamarca”, que está inspirada en el trayecto y el ruido de los cóndores que lo sobrevuelan.

A 40 kilómetros de la ciudad, hay un valle verde que se abre, serpenteado entre los cerros, por donde surgen los pueblos de Las Juntas, Los Varela, La Puerta, Las Pirquitas y Rodeo, una villa al pie del cerro Ambato y a la vera del Río Talo, que está custodiada por un Cristo Redentor. Para llegar a la figura, se puede realizar una caminata de veinte minutos relativamente sencilla, en medio de un sendero de amplia vegetación, mientras que para el descenso, hay prestadores de turismo que ofrecen salidas de rappel.

Belén es el nombre del pueblo donde históricamente se trabaja la lana de oveja, llama o alpaca. La ciudad –fundada en 1881 por Bartolomé de Olmos y Aguilera–, se caracteriza por su gran cantidad de artesanos, que realizan ponchos teñidos con fibras naturales, como tintes del monte nativo, frutas, verduras y hierbas.
Para llegar, desde San Francisco del Valle, hay que recorrer 320 kilómetros por la Ruta 38 y la 40.

A solo quince kilómetros, aparece la ciudad de Londres, que a pesar de que la fundó el capitán Juan Pérez de Zurita en 1558, tuvo varios renaceres que la convirtieron en la segunda más antigua del país, por detrás de Santiago del Estero.
En Londres, al igual que en Belén, funcionan varios talleres de tejido que realizan ponchos, cubrecamas y artesanías de estilo, siguiendo la tradición centenaria.

Por la Ruta 40, a 170 kilómetros de Belén, está la ciudad de Santa María –en pleno Valle de Yokavil–, en tanto que diez kilómetros más adelante figura Fuerte Quemado, uno de los enclaves precolombinos más grandes de la región. El sitio está rodeado por las sierras de Quilmes, la sierra del Aconquija y las Cumbres de los Calchaquíes, y cuenta con picos que oscilan entre los 4.300 y 5.200 metros de altura. Parra acceder a estas ruinas, es necesario pasar por el pueblo de Fuerte Quemado, que es una pequeña localidad dentro del Gran Camino del Inca, donde predominan las casas de adobe.
En Fuerte Quemado –uno de los primeros asentamientos españoles en la Argentina– se instaló también la misión jesuítica Santa María de los Ángeles de Yokaville, que sufrió el destierro luego de la tercera guerra calchaquí. En el lugar, se pueden observar corrales de llamas y depósitos para el acopio de granos y morteros que pertenecieron a la cultura Santa María, en tanto que a lo alto del cerro se distingue una construcción de pircas, conocida como La Ventanita. Es una piedra muy parecida a las que se encuentran en Machu Pichu (Perú), que los pobladores usaban como observatorio astronómico.

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